Es prácticamente indiscutible que si el gallego hubiese enumerado, de la A a la Z, del cero al infinito, todas y cada una de las leyes que se dispone inmediatamente a derribar (no a modificar ni a alterar: a derribar), sus expectativas rozarían la mayoría absoluta y, correlativamente, habrían llevado claramente a la baja las de Vox. Pero no ha sido así. No porque no sea el estilo del gallego sino porque no cree en eso.
Serán más o menos asientos cuando concluya el conteo, pero el PP comparece en el día de hoy a las urnas conformándose con 155 diputados en el Congreso, válidos para -a su atrevido juicio y entender- gobernar en solitario, sin presiones ni lastres del partido de Abascal, con el que no sólo se siente profundamente incómodo sino al que considera -dicho sin ambages- un socio poco fiable.
Es una conclusión probablemente manida pero no deja de ser la más certera en los segundos actuales: España se la juega. No cabe sino la alternativa. No hay sitio para la alternancia o el turnismo. El cambio de rumbo es un imperativo para los que creen aún (quizá la mayoría) en el verdadero progreso y en la creación de riqueza y prosperidad que merece este país, en las posibilidades de andar esa senda.
Es una verdadera lástima que, aún en estas circunstancias, centenares de miles (si no millones) de españoles liberales y conservadores guarden para sí un serio interrogante sobre lo que el partido ganador hará con su sufragio. Génova pierde la ocasión de una victoria dulce, a placer, consistente y apertura de un tiempo nuevo.
Pero no es momento de lamentos o resignaciones, aunque pueda parecerlo: con estos bueyes habrá que arar a partir de mañana. Y hay mucha tierra yerma por delante.