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Desigualdad

Desigualdad

· Por Julio Bonmatí, Observador de masas

domingo 26 de mayo de 2024, 19:26h
En estos tiempos que tanto se oye hablar de una igualdad, o sería más exacto decir de una nueva igualdad, a la que no consigo acostumbrarme, y sin dejar de ser ni por asomo un absoluto defensor del Estado social [sin sufijos] y democrático de Derecho sin matices ni poner el más mínimo “pero” al mismo, reivindico mi derecho a la desigualdad, que tan útil ha sido toda la vida para tener la opción de rebelarte y de elegir. No acepto ni acato, obviamente hasta dónde alcanza mi posibilidad de pensamiento y acción y siempre totalmente convencido y conforme con su mandato, más igualdad que la que se establece en el artículo 14 de la Constitución Española de 1978, donde obsérvese que en dicho artículo literalmente se dice “Los españoles son iguales ante la ley, sin que pueda prevalecer discriminación alguna por razón de nacimiento, raza, sexo, religión, opinión, o cualquier otra condición o circunstancia personal o social”.

No entraré a profundizar en el no menor detalle de que en el artículo 14 literal y expresamente se dice “los españoles”, y los Padres de la Constitución insignes juristas sabían lo que decían y su porqué, y no dice “todos” como por ejemplo hace en el artículo 31 cuando se estable la obligación de contribuir al sostenimiento de los gastos públicos. Lo que en román paladino significa que nadie está libre de pagar impuestos, y nadie es rotundamente nadie para de esta manera no dejar de respetar las dos certezas de la vida. De su actuar luego cada cual que asuma sus responsabilidades.

Sin menoscabar ni discriminar el interés del mundo tributario, retomo la idea inicial de la igualdad y en definitiva constitucionalmente hay que distinguir por un lado que la igualdad se establece solo ante la ley, y no ante nada ni nadie más; las opiniones de cada cual valen lo que valen y por tanto, al no ser todas iguales, algunas por cierto muy poco; y luego por otro lado que no se admite que pueda prevalecer bajo el amparo del derecho discriminación alguna. ¡Cómo no puede ser de otra manera!

Y precisamente por establecer la Constitución la no discriminación es cuando realmente lo que se está reivindicando es que haya una real posibilidad para la existencia de las diferencias, que considero que en muchos casos pueden ser muy enriquecedoras, y por ende con la no discriminación se abre la puerta a la desigualdad. Compartir infinidad de similitudes no es lo mismo que ser iguales; Como dijo el viejo sacristán al joven cura recién llegado al lugar, en esta parroquia me temo que hay por igual “caines” y “abeles”; y lo que es peor para complicarte el ministerio querubín, los papeles se intercambian de manera arbitraria.

Y ello, lo de la desigualdad es así porque lo contrario es antinatural y sería absurdo pretenderlo, dado que es obvio que si es cierto que todos los mastines son perros, no lo es ni mucho menos que todos los perros sean mastines; y no se discrimina al pequinés cuando lo que se busca es un can que sea válido para guardar el rebaño. Igual que no discriminas al gran danés cuando de la perrera adoptas un chihuahua por perseguir la etiqueta de ciudadano estándar al juntar patrimonialmente micro piso con macro hipoteca.

Y si se entiende injusto tratar desigual a los iguales, debe entenderse sin problema por extensión del mismo silogismo, que es igual de injusto tratar igual a los desiguales.

Además la igualdad, como bien sabe quién ganó el mismo pan habiendo sudado más, favorece la degeneración en más de una ocasión, entendida como el devenir a una peor situación, para igualar al alto y al bajo solo cabe: bien, cortar las piernas al primero (cortar la cabeza no es mejor opción); o bien, animar a la pareja del segundo para que no deje de ponerle mucho los cuernos.

Grandísimo error para igualar a todos en su nivel de frustración que el resultado final obtenido no dependa para nada y en absoluto del esfuerzo realizado. Reivindico tratar de forma diferente a la persona que aprende y crece, de la que se limita a sobrevivir, de la que se envilece o embrutece y ya no te digo del perturbador que solo todo lo rompe, cuando no lo corrompe.

Uno tiene un cero y otro un diez, la nota es la nota y a cada uno la suya, pero para que estén los dos igual de estúpidamente felices con la nueva igualdad ambos pasan de curso. Y claro nuestra posición en el informe Pisa de la OCDE sobre la educación académica está tan recta como la Torre del mismo nombre.

Si se continúa avanzando en esta dirección, como suele ser frecuente oír y defender a algunos mayormente los cursis del “buenismo”, se llega a la pregunta ¿Por qué no “podemos” todos hacer lo mismo? Planteada sobre una base falsa, la de para así ser todos iguales, o en su defecto para agregar o “sumar” más igualdad en nuestra sociedad; y la respuesta es fácil porque se pueden crear situaciones surrealistas como aquella en que llamaron al orden a uno por miccionar en la piscina, a lo que el susodicho respondió a mí no me diga nada que aquí todo el mundo lo hace; y le contestaron seguramente es así señor, pero no lo hacen desde el trampolín.

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