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Admiración

Admiración
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· Por nuestros actos nos conocerán

domingo 06 de julio de 2025, 08:40h
En el campo del arrobo, la admiración, el entusiasmo, el encandilamiento o el éxtasis y sus antónimos tengo diferentes niveles jerárquicos, y para ilustrar a lo que me refiero procedo a exponer unas pocas muestras.

Entre los que juegan en la primera división se encuentran:

La renuncia voluntaria realizada por alguien dedicando esfuerzo y tiempo con la finalidad de obtener para él un beneficio futuro merecen todo mi reconocimiento pero solo eso, no considero que un intercambio de prestación y contraprestación hecho de forma no simultánea en el tiempo motivado por un legítimo interés propio sea meritorio de admiración, me refiero por ejemplo al que se dedica a realizar los correspondientes estudios con la finalidad de obtener una titulación o un puesto, o al que entrena mucho para alcanzar el dominio de una habilidad que lo distingue. Este insisto por sus méritos de perseverancia y dedicación tiene mi sincero aplauso.

Quien voluntariamente pone en peligro su bienestar o su beneficio, asumiendo la probabilidad del acontecer de una pérdida en sede particular a cambio de proporcionar un bienestar, por pequeño que este sea, a otra persona bajo mi punto de vista está realizando de verdad un sacrificio y merece toda mi admiración, me refiero al que decide poner en riesgo o peligro su vida para mejorar la de otro, como por ejemplo sería el caso de quien dedica su tiempo al cuidado de un enfermo al que le han diagnosticado una patología muy grave y altamente contagiosa, o al que en vida dona a otro un órgano, en este caso mi admiración se incrementa porque en su persona se aúna una gran generosidad y una mayor valentía. Si todos recibimos de la vida, solo de estos recibe la vida, por eso son los únicos que merecen un profundo agradecimiento.

Después está aquel, sin haber hecho ni por activa ni por pasiva nada para hacerse merecedor de su suerte, al que de repente por sorpresa los hados malvados de manera canalla lo golpean muy fuerte y cruelmente, sin piedad y, contra todo pronóstico, sobreponiéndose al sufrimiento se crece y haciendo de tripas corazón, con disciplina de hierro se forja a sí mismo y alcanza metas que la mayoría ni siquiera con los vientos favorables rozaría ni por casualidad, me refiero por ejemplo al paralímpico que compite sin plantearse ni por asomo la rendición. A este también lo admiro, pero de modo distinto al anterior, cuando al observarlo en su lucha diaria, sin quejarse casi nunca en voz alta, de su boca con los dientes apretados me llega un estridente sonido silente que se desprende de la dolorida mueca de su cara con la determinante manifestación: “me parten, pero no me doblan”.

En el primero hay voluntad con rédito propio, en el segundo también hay voluntad pero en este caso con fruto para otros, y en el tercero nadie cuestiona que es donde más autodisciplina hace falta pues paradójicamente se parte de una contraria causa previa totalmente involuntaria y aunque sin duda hay provecho tras vencer en la batalla para el titular del infortunio, al incrementar la mejora de su autonomía e independencia termina también beneficiando a los demás, sobre todo a los de su entorno inmediato e incluso a veces también a los del no tan inmediato.

En cambio a lo que no le otorgó el mínimo reconocimiento y es lo que menos admiro, es más lo que más me repugna es el que se viste de “reverendo” para predicar la virtud los domingos cuando él es el primero que no deja de pecar ni uno solo del resto de los días de la semana. Este para mí es un mal nacido que no me genera ni un átomo de compresión ni piedad. Precisamente ello me pasa por saber que nadie está libre de caer en la tentación, lo que lo hace muy vulgar.

Entre los que participan en la segunda división están:

Los que me generan rechazo por patéticos, por ejemplo aquellos que se atreven a explicar con todo lujo de detalles por qué finalmente no ha sucedido lo que con anterioridad llenó de seguridad predijo que iba a suceder. Me produce una malvada risa ese memo que se olvida del aforismo que reza: Después de quedar por completo los hechos vistos, todos somos muy listos.

Y no capta mi mejor atención el que por inveterada costumbre entre el acontecer del estímulo y su respuesta es incapaz de poner un mínimo espacio temporal, por ello por ejemplo suelo dejar de escuchar para limitarme a oír al que no espera que termine su discurso el de enfrente e interrumpe a los otros al hablar.

Y tienen mi apoyo los que con sus logros conseguidos vuelven a comenzar la ejecución de sueños nuevos y no disfrutan de mi consideración aquellos otros que con sus remuneraciones constantemente prefieren alimentar viejas adicciones.

Y relegados a la tercera división tengo:

Al que agradezco que no ande atento solo al móvil por el centro de la acera, al que no se detiene justo debajo del dintel de la puerta al entrar o salir de un sitio público y al que miro con buenos ojos porque al despedirse procura, si no mejor, dejar al menos las cosas tal como estaban al llegar.

Y me parecen penosos el bromista permanente y el que repite hasta la saciedad la misma paupérrima gracia, consiguiendo que esta finalmente deje por completo de agradar. Ese patoso que no conoce la originalidad ni la mesura, y con cara de bobo hace continuamente la misma rima fácil y simplona, como la estúpida famosa del cinco, en cada mínima oportunidad. A los que para desgracia de los demás la naturaleza colocó el gracejo y el donaire en la misma parte anatómica que a las avispas, esa sobre la que se sientan para descansar.

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