Desde luego, en tanto que presidente del gobierno siempre dispondrá de una protección legal superior a la de un ciudadano raso, o un triste militante socialista. Por añadidura, permanecer aferrado en la poltrona aún le puede permitir un cierto control del sistema judicial, por lo que lleva peleando con ahínco y malamente, vilmente, durante toda la inicua legislatura: el control de fiscales, de jueces o instituciones que puedan enjuiciar a su entorno o a él mismo.
Pero hay más. No se debe perder de vista que hoy apenas la voz de Page clama, siquiera farisaicamente, porque es imposible ser más hipócrita, en el ‘desierto sociata’. Pero no cabe la menor duda de que si Sánchez enloqueciese y dimitiera llegarían las represalias instantáneas y desbocadas de sus enemigos políticos y antiguos aliados que es evidente que no tienen lo que hay que tener para elevar esas denuncias ahora y no en ese escenario hipotético futuro, casi de ciencia ficción.
Y hay algo, casi más relevante, que le hará al autócrata aguantar carros y carretas para llegar aunque sea a rastras al verano de 2027, fecha presumible de las próximas elecciones generales. Cuando uno está rodeado de corrupción y ésta puede terminar consumiéndolo, haciéndolo caer, siempre queda la sombra de una red de complicidades (altos funcionarios, altos cargos partidistas) en la que impera un pacto de silencio o protección mutua. Si Sánchez dimitiese, esto saltaría por los aires ‘en cero coma’.
Y hay -podríamos seguir ‘ad infinitum’- mil razones más. El PSOE está concentrado en respaldar al autócrata para evitar un colapso mayor, y por su propia involucración sistémica en la corrupción. Pero es que además el autócrata espera y espera hasta que los escándalos se diluyan, aunque eso no vaya a suceder con facilidad. Pero es que, por si fuera poco, el autócrata carece de sucesor, de un hombre de confianza que pudiese dar continuidad a sus delirios y servirle, de paso, de miserable burladero.
En efecto, puede soñar y bramar el Partido Popular, un día tras otro, envuelto en vanas esperanzas. Sánchez aguantará hasta dentro de dos veranos aunque por el camino sea condenada su mujer o su hermano o sus ministros. Es un personaje sin escrúpulos. Sólo si se le señalase a él mismo el camino del banquillo, procesado penalmente, podría quedar la duda de si ello provocaría, por fin, su tan anhelada dimisión y el fin de su negra era.