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La Azotea: teatro con mayúscula

· Por J. Nicolás Ferrando, director de Artelibro Editorial

La Azotea : teatro con mayúscula
A veces, cuando acudimos a una sala pensamos —de manera equivocada— que un montaje sostenido únicamente por dos intérpretes y un escenario inalterable desde el primer minuto hasta el último jamás podrá compararse con las grandes producciones repletas de decorados, efectos y un elenco multitudinario de primeras figuras. Es un prejuicio arraigado, consecuencia de una época en la que lo espectacular parece imponerse sobre lo esencial. Sin embargo, La Azotea, protagonizada por Javier Naya y Susana Cerro, lo desmiente con una rotundidad conmovedora. En cuanto se alza el telón —o, en este caso, en cuanto se establece ese espacio suspendido sobre la ciudad—, comprendemos que estamos ante un tipo de teatro que no compite con lo grandioso, sino que reivindica la grandeza de lo íntimo.

La obra, escrita y dirigida por Juan Carlos Martín, confirma que el verdadero teatro no necesita artificios cuando existe una maestría interpretativa capaz de sostenerlo todo. La Azotea se apoya en un texto afilado, preciso, lleno de humanidad, y en dos interpretaciones que funcionan como un mecanismo perfecto de relojería emocional. En apenas una hora, el espectador se ve arrastrado por un auténtico carrusel de sensaciones: de la ternura al desgarro, del humor a la reflexión profunda, de la carcajada inesperada al silencio que retumba dentro. Los silencios, de hecho, son quizá uno de los grandes aciertos de la obra: silencios que dicen tanto —o más— que las palabras, silencios que permiten respirar, entender y, al mismo tiempo, sentir el vértigo.

Naya y Cerro construyen un espacio íntimo, casi confidencial, donde cada gesto y cada pausa adquieren un peso extraordinario. La obra se abre con un diálogo sobre la vida y la muerte, una conversación que interpela directamente al espectador y que aborda sin titubeos un tema tan delicado como el suicidio. Se trata de una cuestión que atraviesa la sociedad contemporánea de manera silenciosa, a menudo incomprendida o minimizada, y que en 2023, según datos del INE, se cobró 4.116 vidas en España. Esta cifra duplica las muertes por accidentes de tráfico, y sin embargo continúa sin ocupar el espacio central que merecería en la agenda pública. Que La Azotea integre esta reflexión no desde el morbo, sino desde la sensibilidad y la responsabilidad artística, es uno de sus mayores aciertos.

El montaje captura también a quienes aman Madrid, porque la ciudad no es solo un escenario, sino una presencia constante. La acción se sitúa en lo alto de la Plaza de Castilla, entre las emblemáticas Torres KIO, un enclave icónico donde la arquitectura parece desafiar al cielo. Hay referencias al bullicio de Atocha, al histórico Puente de Segovia, y la pieza invita incluso a recordar —aunque no se mencione explícitamente— el Viaducto de Segovia, que durante décadas fue un lugar marcado por el dolor colectivo. Lo relata con precisión Alfonso J. Ussía en El puente de los suicidas (Círculo de Tiza), una novela basada en hechos reales. El Viaducto de Segovia fue también lugar recurrente de rodaje del cine de Pedro Almodóvar. No fue hasta 1998 cuando el Ayuntamiento de Madrid decidió instalar paneles de seguridad para poner fin a una tragedia sostenida en el tiempo. Estas resonancias madrileñas enriquecen aún más la función, que dialoga con la identidad de la ciudad sin perder su foco emocional.

Más allá de su trasfondo social y urbano, La Azotea entretiene, conmueve y hace reír. Cumple con esa maravillosa tarea que solo el buen teatro puede lograr: ayudarnos a olvidar, durante un instante, el peso de nuestras propias preocupaciones, mientras nos invita a pensar en aquello que realmente importa. Porque, como escribió Federico García Lorca, “el teatro es poesía que se sale del libro para hacerse humana”. Y en La Azotea, esa humanidad se hace presente, se hace palpable, se hace necesaria.

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