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Borrón

· Con el tiempo a fuerza de echar borrones, unos por impaciencia, otros por ignorancia y el resto por muchas otras razones, y por suerte algo aprender de ellos he conseguido por fin alcanzar el objetivo de ganar los galones de escribiente, obviamente con rango de suboficial

domingo 25 de enero de 2026, 10:52h
Borrón

Por eso elijo intensión sobre extensión. Tengo por costumbre solo vivir un día a la vez porque no me gusta acaparar, solo por acumular sin aprovechar, más de lo que puedo disfrutar. Del pasado es complicado desprenderse. Nunca de algo que me pasa por nimio que sea hago borrón total y cuenta nueva, sería traicionar mi memoria y despreciar la lección que tal acontecimiento me proporciona, lo que no es incompatible con reservarme en esa incómoda ocasión de hacer muestra pública de alguna reacción y cuidarme a conveniencia de guardar o no silencio.

Si la norma no funciona en mi cabeza, mentalmente la derogo. Procuro que no me pase por alto el intento por parte de cualquier otra persona de cortocircuitar por el medio que sea el sistema de señales de información natural y espontánea al que tengo privado derecho, a mayores si lo hace por la vía de la coacción regulatoria para así en su espurio interés con base en un viciado derecho público coartar de hecho mi libertad.

Mejor buscar referentes válidos. Para discutir sobre verdades no contrastadas por el método científico, antes de iniciar la discrepancia y para evitar que los participantes se líen a disparar a diestro y siniestro en la oscuridad y todo acabe en conflicto, se necesita fijar por consenso una unidad de medida que sea válida para comparar valores subjetivos.

Nunca se puede dejar de correr. El principio de que es preferible que te persigan a que te pillen, no solamente es aplicable para el delincuente, puede aplicarse a cualquier situación donde a otros les satisface que tú estés pero en cambio a ti permanecer en ella por generarte incomodidad nada te gusta.

La curiosidad mató al gato pero la satisfacción lo trajo de vuelta. Preguntar y querer saber no siempre es lo mismo, mucho menos si de antemano y con total seguridad se conoce la respuesta. La primera regla para dominar el arte de conocer cuándo conviene no preguntar establece que la misma pregunta no vale para todo el mundo.

Hay que procurar siempre nadar bajo la superficie. La alegría no tiene por qué ser ruidosa, celebrar no es señalar con alharacas un tiempo concreto en un calendario, es preservar lo máximo posible en el tiempo con mimo la serenidad que proporciona la calma.

Importa el aquí y el ahora, porque si lo extrapolas todo, todo acaba dando igual. Tu atención es un tesoro, mide muy bien a qué la dedicas. Cuando en la cosa que nos ocupa por ser ya imposible hacerlo no cabe realizar arreglo alguno, el óptimo se encuentra en ese imperfecto punto que facilita sobrellevar a cuestas sin un excesivo desgaste esas defectuosas cosas.

Aceptar moverse dentro de los límites que el destino, al que tú en cierto modo sin duda has ayudado, te ha preparado y nunca te atreves a traspasarlos se llama confort y no debes quejarte si en algún momento te sobrepasa el aburrimiento o lo que es peor la inseguridad, que no se vence ni con la motivación ni con el pensamiento, pues ambos, aburrimiento e inseguridad, se eliminan exclusivamente con la acción.

De todo no hay que convencer. Tu única verdad ineluctable es lo que sabes hacer bien, las acciones que dominas sin fisuras; y esto vale para todo el mundo. En la alusión a cualquier asunto que no conlleve a continuación su correspondiente acción y manufactura, cuando te propongan solo verbalmente descubrirte la verdad, recházala con amabilidad y solicita con educación que en su lugar, si solo van a contarte un relato, para aumentar tu diversión mejor que te expongan en su totalidad la mentira asociada más verosímil.

Y no te engañes, mejor nunca intentes convencer a nadie de que no puede tener la sensación de que hace frío, considerando únicamente que es una prueba suficiente e irrefutable mostrarle un termómetro que marca unos cálidos veintiocho grados centígrados.

Aprende a interpretar, por la cuenta que te trae, el verdadero sentido del maullido de tus “gatos”. ¿Nunca has sido testigo de la siguiente situación? En el salón de la casa la dueña sentada en el sofá tranquilamente disfrutando de un libro y su gato a su lado tumbado en un apacible duermevela, de pronto y sin razón aparente el felino de un ágil salto baja al suelo, se acerca a la puerta cerrada y de manera insistente junto a ella se pone a maullar. Finalmente la dueña cede, se levanta y sin esperar respuesta tras preguntarle ¿Se puede saber qué quiere mi minino? Le abre la puerta. El gato saca medio cuerpo y después de limitarse a mirar primero fuera y luego dentro, gira y se vuelve al sofá. La cara de “tolai” que se le queda a la dueña no es difícil de imaginar. Obviamente el animalito no quería salir, simplemente deseaba saber que la puerta todavía se puede abrir.

Si vas a desilusionar aprovecha para desconcertar. Antes de acudir sus allegados le aconsejaron que por encima de todo fuera sincero y práctico, y ya en mitad de la entrevista de trabajo, el seleccionador le preguntó ¿Por qué, si había que traer un currículum, había venido sin él? A lo que respondió, porque todo lo que he hecho en mi vida está publicado y por tanto es más que conocido. El entrevistador replicó, pero si al respecto le hemos investigado y que nosotros sepamos no hay nada publicado. Y el candidato sentenció, exactamente por eso, porque hasta ahora no he hecho absolutamente nada ¿Para qué hubiera servido traer el currículum?

Procura dotarte de diversos modelos y estructuras mentales, no te aferres a uno solo porque te limitarás las posibilidades de la razón. Para clavar clavos hace falta un martillo, pero si crees que la única herramienta que existe en el mundo es el martillo puedes terminar creyendo que todo lo que te rodea debe ser tratado como si fuesen clavos.

Observa antes de echar el ancla. Para incrementar la probabilidad de disfrutar una tranquila convivencia no conviene poner hogar en el barrio donde unos pecadores condenan a otros pecadores porque no cometen los mismos pecados.

Solo con el pasar de los años y emborronar más folios de los que me hubiera gustado he aprendido que aunque el león, el tigre y el oso sean más fuertes, el único que no trabaja en el circo es el lobo; y que si inteligente es quien solo cree la mitad de lo que oye, brillante es aquel que sabe de las dos mitades cuál hay que creer.

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