Pero si tal resultado al ignorante consuela, no debería emocionarlo, dado que no todos los infinitos son iguales, y así están los infinitos numerables que se representan con una función discreta y los infinitos no numerables para cuya representación se precisa una función continua.
Por otro lado no es lo mismo ignorar datos que junto con estos ignorar sus vínculos y relaciones y los criterios que definen a estas, es decir no es lo mismo ignorar el valor de los datos concretos que se precisan para realizar su suma, que además de lo anterior se ignore también la regla básica para hacer bien una suma.
Los primeros [los datos] para conocerlos solo precisan de la memoria, las segundas [las relaciones] requieren también de una cierta memoria pero por encima de todo necesitan de la razón, concretamente del análisis racional en su máxima expresión. Si no vale para definición, es historia.
Por ejemplo imaginemos que dos personas se ven obligadas a desplazarse de un lugar a otro, nada impide que ambas puedan ignorar la distancia que hay entre el origen y el destino a la vez que también desconocen la velocidad del vehículo que les va a transportar entre esos dos puntos, pero tampoco nada impide que solamente una de ellas desconozca la relación entre velocidad y distancia, de forma y manera que únicamente la otra, por estar a salvo de ese desconocimiento, sabrá el tiempo que les va a llevar recorrer el trayecto, lo que le permitirá un mayor acierto en la planificación de la logística que se precisa para realizar con mayor comodidad el viaje.
La primera es ejemplo del que sufre una ignorancia infinita no numerable, lo que denomino ignorancia continua porque difícilmente te vas a poder desprender de ella; mientras la segunda lo es del que padece una ignorancia infinita numerable a la que yo denomino infinita discontinua, que es aquella que por romper la continuidad la conviertes de no numerable en numerable y puedes en tu beneficio apartarla y dejarla alguna vez fuera de tu esfera de influencia.
Partiendo de que la sabiduría se construye y la ignorancia se destruye, será la discontinua, el fundamental y constante objetivo de ataque por nuestra parte, dado que es la que más oportunidades ofrece, porque en primer lugar disminuye el esfuerzo memorístico que hay que realizar para dejar de ser un nesciente y porque al hacerlo en el futuro es la única que te puede sorprender más gratamente dado que el efecto de la ofensiva sobre ella es de mucho mayor temporal y espacial alcance.
La ignorancia no es buena para nada pero puestos a tenerlo, sea continuo o discontinuo cualquier desconocimiento ampara un derecho, el de no estar obligado a opinar; te pida quien te pida parecer puedes mostrar tal derecho para cubrir por completo con un manto de legitimidad tu silencio. Cuanta tristeza produce ver como con tanta frecuencia por muchos se desprecia hacer uso de ese maravilloso derecho; hoy casi todos entran al trapo sin tomar en consideración que al manifestar su opinión quedan encadenados por sus palabras como si fueran ignaros esclavos.
En cambio, más allá de un aprovechable y grato uso propio, la ignorancia discontinua bajo el protector paraguas del razonamiento elemental también habilita para solucionar problemas ajenos o para sugerir acciones útiles a un tercero, veámoslo con la siguiente situación ocurrida hace ya algún tiempo.
Mientras se está realizando el embarque en la aeronave, al fondo en la última fila del avión hay un tipo serio de mirada clara sentado en el asiento del pasillo en el lado derecho. Llega una chica atractiva que tiene asignado el asiento justo enfrente en el lado izquierdo, a ambos solo los separa el pasillo, antes de sentarse sube la chica una maleta al portaequipaje abierto que hay encima de su asiento y la pega a la pared lateral izquierda del compartimento y a continuación coloca el bonito abrigo de piel que lleva y se ha quitado al lado de la maleta, dejando el lado derecho al descubierto, a riesgo de un no deseado contacto de su prenda con cualquier otro bulto.
El caballero le dice, disculpe que me entrometa pero si su equipaje en cuanto a su ubicación lo ordena a la inversa, pega el abrigo a la pared y a su lado sitúa la maleta, queda el primero protegido por la segunda, tal y como usted lo ha puesto corre el riesgo de que si alguien sube su maleta colocándola a su lado si no es cuidadoso lo roce, y de resultas de ello se le estropee el abrigo que por el mimo que usted ha puesto a la hora de doblarlo al parecer se lo estima no precisamente poco.
Ella responde “muchas gracias, muy inteligente”. Y a continuación procede a la recolocación de su equipaje tal y como le ha sido amablemente sugerido.
En mi opinión tal hecho no ha sido realmente una demostración de inteligencia en sentido estricto pues esta descubre conceptos y encuentra la explicación a la utilidad en su causa que reside en lo abstracto, es decir construye “Conocimiento” con mayúsculas; tal hecho solo ha sido una muestra de poseer una ignorancia discreta por parte de ese hombre, basada en prestar atención más allá de lo inmediato a una evidente relación existente entre unos datos, frente al pleno dominio de una ignorancia continua en sede de la mujer que para nada profundiza en relación con la seguridad del abrigo de su propiedad.
Sencillamente él ha visto unos datos (maleta, abrigo y portaequipaje) y en ese concreto momento un potencial punto de relación (su colocación), que también estaban a disposición de ella, y tomando como razón (la seguridad) para actuar con el objetivo de minimizar un potencial riesgo asociado a una mala ordenación espacial de esos datos, ha sugerido un orden de ubicación para estos elementos a los efectos de maximizar el objetivo de salvaguardar la integridad del abrigo ajeno; y para tal ocasión ha destruido a perpetuidad respecto a la relación de estos datos la ignorancia continua de la buena señora, dado que con toda seguridad en un próximo vuelo, hecho con abrigo nuevo, esta viajera estará atenta en aplicar lo aprendido.
Por cierto para los que estén más interesados en aspectos humanos más mundanos, les diré que hombre y chica no volvieron a cruzar una palabra en todo el viaje y es que si algo está demostrado empíricamente es que la existencia de una manifiesta y evidente diferencia de ignorancia carece de las propiedades de ese cuerpo ferromagnético que se conoce como imán.