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Prudencia

Prudencia
domingo 01 de marzo de 2026, 08:42h

Hay que ser muy estulto y soberbio para creer que ya lo has visto todo en esta vida, pues con independencia de la edad es imposible que así sea; por eso, sin desdeñar lo que enseña la experiencia, la prudencia aconseja darse prisa para conseguir cuanto antes tener ese grado de conocimiento suficiente, cuanto mayor, mejor, que te arma sentimental e intelectualmente para estar lo suficientemente preparado para anticipar o, por lo menos, afrontar con solvencia lo que pueda aparecer en el camino. La prudencia hace ver que, pudiendo hacerlo, no rechazarla; la acción de contraer una deuda hoy, en esencia, es expoliar a tu yo futuro.

Ciertamente, guardar rencor solo desgasta al que con el tiempo se empeña en conservarlo y más al que además lo acrecienta, pero una vez que por fin has conseguido desprenderte por completo del mismo, cuanto antes mejor, para asegurarte de que no te vuelven a morder la mano y quedar a salvo de no repetir el padecimiento del mismo dolor, conviene aplicar la prudencia y es mejor no caer en la tentación de ofrecérsela de nuevo al que ya te clavó los dientes una primera vez.

La segunda oportunidad, en principio, salvo cumplida satisfactoriamente la reparación, únicamente la tiene automáticamente concedida quien con su error solo se causa daño a sí mismo y no ha fenecido en el intento; cuando hay algún otro perjudicado, la segunda oportunidad, por prudencia, no debe ser la regla, debe ser la excepción; y siempre que, tras soportar con arrepentimiento el justo castigo y el pago de la oportuna indemnización, se pruebe por el causante del perjuicio que con no poco sacrificio ha conseguido materializar el propósito de enmienda.

Es muy probable que durante la partida alguna vez tengas serias dudas sobre la ficha que tienes que mover; será la prudencia la que evite que tus decisiones te hayan traído a una posición de tal riesgo en el tablero donde lo más seguro sea que, muevas la que muevas, te la coman nada más hacer la jugada.

Entender e interiorizar que las leyes de la naturaleza existen sin necesidad de que alguien las conozca es una muestra de prudencia y, por ese motivo, al realizar experimentos, hay que ser conscientes de que lo que realmente se está haciendo con cada uno de esos experimentales movimientos es plantear consultas a la naturaleza y, también por prudencia, más vale estar preparados porque más de una vez nos contestará con inesperadas paradojas que nos producirán desconcierto e inquietud.

Aceptar un compromiso, sea en su versión de lealtad o fidelidad, implica al hacerlo la exigencia de que se supere el presente y fundamentalmente se piense en el mañana, y mal se hace a uno mismo y al de enfrente si se prescinde de la prudencia al asumirlo, dado que nada es permanente, que todo fluye y se desordena y deshace con facilidad.

La hora, el minuto y el segundo, entre otras, son unidades de medición del paso del tiempo, pero la alegría y la tristeza, como cualquier otra de las cinco restantes emociones básicas, no pueden medirse con exactitud mediante tales unidades (no se disfruta de un minuto o un segundo de alegría), y para tener plena consciencia de la duración del momento en que las sentimos, el arte de la prudencia como oráculo de verdad descubrió, con base en la idea de “una experiencia temporal particular”, el invento humano del maravilloso concepto de “el instante”.

Todo segundo o minuto, sea este el que sea, en tanto que el tiempo no deja de pasar, es el mismo para toda la humanidad, lo que lo hace esencialmente vulgar y, per se, difícilmente altera el estado de ánimo su constante y corriente transcurrir a la par que es marcado por un reloj; pero el instante, como requiere de una emoción para su identificación, no se comparte o, de hacerlo, alcanza su cenit por la comunión que de él nace cuando solo son dos los que simultáneamente lo viven e indefectiblemente, siempre solo o acompañado, deja imborrable huella.

La prudencia aconseja saber diferenciar y separar el instante del acontecimiento; con el primero se abraza una emoción en tanto que se genera una reacción automática y el cambio que produce es puntual y transitorio; el segundo divide para siempre el tiempo y la historia entre un antes y un después y hace nacer los sentimientos en tanto que estos son la interpretación consciente y duradera de las emociones.

De los tres tipos de cazadores armados con una cámara que existen: los que buscan capturar imágenes, los que persiguen dejar prueba documental de los acontecimientos y los que aspiran a inmortalizar instantes, dedico cuarenta y cinco segundos a mirar las de los dos primeros y, en cambio, gustoso empleo más de un minuto y medio en contemplar las fotografías de los últimos.

Valga como ejemplo de emociones contenidas en un instante la fotografía “El beso” de Alfred Eisenstaedt, tomada el día de la Victoria en Times Square, cuando, dejándose llevar por la alegría contagiosa y el júbilo producido al conocer la rendición de Japón, el marinero George Mendonsa besa a la enfermera Greta Zimmer Friedman, y lo hace en presencia de Rita Petry, su novia en ese momento y con la que más tarde se casaría.

No puedo dejar de vincular prudencia, emoción e instante. El efecto de la primera en mi actuar hoy seguramente determinará la presencia de una u otra entre las posibles que tienen cabida de la segunda en el futuro y, si esta tiene la suficiente fuerza y potencia, quedará para siempre en mi memoria identificado un instante.

Porque el instante es la irregular unidad (de no medida) temporal que nos proporciona la conciencia de que habito en un presente, y es con esos irregulares trocitos con los que vamos llenando la memoria. El instante no es un medio, es un fin; respecto a las íntimas experiencias vitales, recordamos y olvidamos instantes. Y es únicamente con los que recordamos con los que construimos nuestra historia, esa que nos sirve para explicarnos a nosotros mismos quiénes somos. Siempre que no hagamos trampas en el solitario.

Por ese motivo muchos, al mirarse al espejo, no se reconocen, porque no son los que integran y nutren sus recuerdos, sino que son los instantes que por conveniencia han olvidado los que mejor los identifican, poniéndose de manifiesto una total falta de prudencia.

Será la prudencia la que en los malos momentos proporcione respuesta cierta a la siguiente pregunta: ¿Quién, para tener la posibilidad de poder seguir respirando, no ha pagado alguna vez, como mínimo, como justo precio, con algún personal instante lleno de íntima y propia tristeza?

Y si la respuesta es que nadie, por mucho que se haya esforzado y esmerado en actuar con la suficiente prudencia, se ha librado de hacer frente alguna vez a tal abono, tal vez sea precisamente esa, sin que nada impida la existencia de otras, la más común e inevitable de nuestras condenas.

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