El género chico no goza hoy de los nombres propios que en otra época hicieron de él una verdadera institución. María de la O Lejárraga, de quien pronto publicaremos un libro monográfico en Artelibro Editorial, pone en valor a los hermanos Serafín Álvarez Quintero y Joaquín Álvarez Quintero dentro de este género, al que tanto gustaba acudir el público madrileño.
Me encuentro estos días de descanso puliendo los últimos compases —y lo hago a buen ritmo— de una novela que publicaré próximamente sobre Carlos Arniches, otro de los grandes representantes del sainete y figura clave del género chico. Además de esta novela de mi autoría, seguramente vea la luz un minucioso trabajo de investigación sobre el Madrid de Arniches, firmado por su biznieto, Joseba Barrón Arniches Ezpeleta.
Digo todo esto porque creo que hubo —y debería seguir habiendo— espacio en la escena madrileña para el género chico, un género que no es desdeñable y que forma parte esencial de nuestra tradición teatral, a pesar de la preeminencia que siempre han tenido las grandes producciones dramáticas o los musicales, verdadera seña de identidad de la Gran Vía y sus alrededores.
En El Rascacielos, el texto juega con inteligencia sobre una sólida estructura pensada para el humor, pero también para evidenciar problemas cotidianos que invitan a la reflexión del espectador. Superado el ecuador de la obra, los actores incorporan además números musicales que elevan el nivel del conjunto. La respuesta del público es, en ese sentido, una prueba evidente.
Las actuaciones son muy notables. Los tres intérpretes sostienen la obra de principio a fin sobre una dramaturgia correcta. En mi opinión, sobresale Javier Amaro, con una trayectoria discreta pero constante en teatro, música y televisión. No obstante, al inicio de la función, María Petri protagoniza una aparición sensacional, muy aplaudida por el público, que marca uno de los momentos más celebrados. Por su parte, Raúl Sacristán destaca especialmente en su faceta cómica, mostrando además una notable versatilidad escénica.
Como escritor, quizá habría intentado unificar más los sketches para dotar al conjunto de una mayor continuidad, evitando la sensación de reinicio en cada bloque, pese al recurso espacial del rascacielos como elemento vertebrador. Con todo, la obra cumple sobradamente con su función principal: entretener durante un buen rato y permitir al espectador olvidarse, aunque sea por un instante, de sus preocupaciones.
No son los hermanos Álvarez Quintero ni Carlos Arniches, pero sin duda merece la pena darle una oportunidad a esta propuesta. Porque el teatro no solo vive de sus grandes nombres, sino también de quienes, desde la humildad y el esfuerzo, se atreven a mantener vivas sus formas más populares. El Rascacielos conecta con esa tradición de cercanía, de risa compartida y de pequeñas verdades cotidianas que han definido durante décadas el pulso del género chico. En tiempos en los que la escena se inclina con frecuencia hacia grandes producciones, propuestas como esta recuerdan que también en lo sencillo puede habitar la dignidad, la emoción y, sobre todo, el auténtico latido del público.