La clave está en que hoy la factura ya no depende solo del precio de la energía. Eso sigue siendo importante, claro, pero no es lo único. A ese coste se le añaden otros cargos del sistema, como ajustes, restricciones y servicios necesarios para que la red funcione con estabilidad. Y esos costes están pesando cada vez más.
Aquí entra, además, el papel de las renovables, que es fundamental y conviene explicar bien. Las renovables son positivas porque abaratan la generación y nos acercan a un sistema más eficiente y sostenible. El problema es que, cuando entra mucha producción renovable en determinadas horas, el sistema tiene que hacer más ajustes para mantener el equilibrio de la red. Y esos ajustes no son gratis: tienen un coste que acaba trasladándose a la factura.
Por eso se produce una paradoja que al consumidor le cuesta entender: el mercado puede estar bajando, pero la factura no. Y en las tarifas indexadas se nota más, porque recogen no solo la bajada o subida del mercado, sino también todos esos costes adicionales que se generan alrededor.
En el fondo, el problema no es solo cuánto cuesta la energía, sino cómo se explica. La transición energética es necesaria, pero tiene que venir acompañada de más claridad. Porque si el consumidor no entiende por qué paga más justo cuando oye que el mercado baja, lo que se genera no es solo preocupación, sino también desconfianza. Y eso es algo que el sector energético no se puede permitir.