En el mundo naciste, no a enmendarle,
sino a vivirle, Clito, y padecerle;
puedes, siendo prudente, conocerle;
……..
Vives mal presumidas y ambiciosas
horas, inútil número del suelo,
atento a sus quimeras engañosas.
La palabra negocio tiene su origen en la palabra latina negotium, formada por la palabra nec (no) y otium (ocio), que significa literalmente “lo que no es ocio”. Es decir, es una palabra que nace de una negación. Entre los patricios romanos, la clase aristocrática terrateniente, el otium se consideraba una actividad sagrada y esencial, una forma de vida que reforzaba su estatus social a través de la dedicación al disfrute refinado y público.
No se debe olvidar que en los tiempos actuales todo ha cambiado mucho y ahora quien ocupa la presidencia del país más poderoso del mundo, en su inaguantable narcisismo, entre otras cosas, se cree y presume de ser el mejor negociante del planeta. Es un señor que en 1987 fue, a efectos editoriales, el autor de la obra “The Art of the Deal” (El arte de negociar); aunque detrás del escenario, sottovoce, se comenta que el verdadero autor [fantasma] de esa obra fue Tony Schwartz.
Curiosamente, para alguno, entre los que me encuentro, la definición de “hombre de negocios” que se ajusta al hoy morador de la Casa Blanca realmente significa una persona con la cualidad mental de estar, sin darse un respiro, continuamente regateando y engañando, tratando de dar menos para sacar más. Si la vida es infinita, su manera de mirar es finita y, en su limitación mental, no entiende que haya infinitas maneras de mirar.
Todo “hombre de negocios” tiene un político en su interior, y un político significa la ambición, el deseo de dominar, de ser el número uno. Su mente solo transige para obtener una ventaja más. Solo entiende de poder y dinero; para él todo tiene un precio, todo es mercancía y, por tanto, nada queda fuera de ser susceptible de ser comprado o vendido. Lo que me recuerda que quien tenga interés en conocerla en su auténtica esencia no debería demorar demasiado su viaje a Groenlandia.
Son esos “hombres de negocios” que a menudo dan o, lo que es peor, que prometen dar; pero su dar nunca realmente es un dar desinteresado, es siempre para conseguir algo, es una inversión. Y toda su vida se desarrolla bajo la forma de modelos de intercambio, para terminar acumulando trastos.
El “hombre de negocios” está en las antípodas del “guerrero”, en el sentido de la cualidad de la mente, ese ser que no va, sea como sea, detrás del beneficio y solo quiere, tras asumir riesgos, cara a cara frente al rival, en justa lid alcanzar con gasto de su propia energía y por sí solo una experiencia culminante. No espera nada, pero está preparado para todo.
El “hombre de negocios” ha hecho que los soldados dejen de ser guerreros para convertirse en funcionarios; con su ambición ha hecho que la guerra, básicamente, desde que está al frente del mundo, se resuelva en su totalidad al amparo de una tecnología que ordena no dejar de manufacturar, y continuamente a sus aliados chantajea para que se la compren; y por ello le cuesta desde su despacho muy poco dar la orden de iniciar el conflicto bélico.
Por todo lo anterior, para no ser un “hombre de negocios”, en esencia un acomplejado mendigo de atención para nutrir su ego de forma desmesurada:
A los negocios no deberías dejarlos entrar en tu ser. Los negocios deben ser algo exterior, solo una forma de ganar tu sustento y proporcionarte cobijo. Un poco de locura proporciona dimensiones acertadas, poesía y el suficiente coraje para estar contento.
Cuando bajes la persiana y cierres la tienda, no sigas llevándola en la cabeza. No se trata de dejar de hacer negocios; consiste en establecer la rutina de saberse libre de ellos todos los días durante unas horas. Un negocio, aunque sea el tuyo, no puede determinar tu ser interno.
Si tu ser se ha convertido por completo, para todo momento y lugar, en un negociante, irremediablemente te has vuelto demasiado calculador. Los “hombres de negocios” son calculadores en demasía, son personas que piensan en exceso; es gente que con el tiempo se vuelve cobarde porque, si primero no han tejido una red de seguridad en su cabeza, jamás dan ese salto que el que piensa en beneficios está impedido para darlo; nunca actúan con la cualidad del guerrero, en el que la acción llega sin pensar, la acción en su ejecución es sin la participación de la mente; y por eso la acción es total.
Abandonar de vez en cuando el cálculo implica desechar la agudeza que, aunque no lo creas, realmente es un paupérrimo sustituto de la superior inteligencia; esa que precisa de la inocencia para alcanzar su grado máximo en términos de potencia.
Sé cauto con participar en el negocio que, a la par que produce prosperidad para algunos, en su entorno también crea desigualdad. Te aleja de la máxima que reza: hay que hacerlo todo con totalidad, porque un hombre total nunca es derrotado; si toca hacer lo que no gusta, antes de abordarlo, conviértete en un experto en ello.
Sobre la cuestión mollar de la duda que siempre se debe generar en la mente de la gente decente, tras hacer un trascendente negocio, tenemos el ejemplo del hijo que le preguntó a su progenitora: ¿Mamá, por qué te casaste con papá? A lo que la noble y honesta señora respondió: Vaya, ¿también alguna vez tú te haces esa pregunta, querido hijo?
Cuando el ecuador de tu tiempo ha pasado, para dilucidar si proceder o no a formalizar un negocio, solo queda elegir cómo quieres que sea para siempre la impronta del ser que ya fuiste y con el tiempo habrás sido, y así, dependiendo de la dirección de tu esfuerzo, según el caso, podrá ser la apropiada para el olvido o, por el contrario, preferible para conservarse en el recuerdo. No hay otra forma de aprender que cometiendo errores, pero nunca se aprende cometiendo de manera repetida el mismo.
¿Qué sabes de Superman? Hace mucho que no le veo. - ¡Ah! Se casó con la chica que salvó en la playa cuando la pobre estaba a punto de ahogarse. - ¿Y está contento? - ¡Tú dirás! Pero hace mucho que dejó de gustarle el mar.