Y sin embargo, lo verdaderamente escandaloso no es solo el contenido del auto judicial. Lo verdaderamente alarmante es la reacción del Gobierno.
Lejos de dar explicaciones, de mostrar respeto por la labor de la Justicia o de apartarse prudencialmente hasta que se esclarezcan los hechos, el Ejecutivo ha optado por la estrategia más peligrosa: atacar al juez. El ministro de la Presidencia, Félix Bolaños, ha encabezado una ofensiva política y mediática contra el magistrado Juan Carlos Peinado, en un intento evidente de desacreditar la instrucción.
Cuando el poder político señala al juez que investiga a su entorno, la democracia entra en zona de riesgo.
No es la primera vez que ocurre, pero sí es una de las más graves. Porque aquí no estamos hablando de un dirigente de segundo nivel, ni de un caso periférico. Estamos hablando del núcleo mismo del poder: la esposa del presidente del Gobierno, Pedro Sánchez.
Las informaciones que han ido saliendo a la luz apuntan, además, a un entramado de relaciones que refuerzan las sospechas. La figura del empresario Juan Carlos Barrabés aparece como uno de los nombres clave en esta red de intereses cruzados. Un empresario con vínculos con el entorno de la Moncloa y con proyectos que habrían recibido respaldo institucional.
A esto se suma el papel de Cristina Álvarez, asesora vinculada a la esposa del presidente, cuya actividad y funciones han sido objeto de controversia. Una figura sostenida con dinero público, pero cuya labor real sigue siendo difusa para la mayoría de los ciudadanos que, en última instancia, financian esa estructura.
Pero hay más. Uno de los elementos más graves que se investigan es la firma de cartas de recomendación por parte del presidente del Gobierno a favor de empresarios con intereses económicos concretos. Cartas que, según diversas informaciones, habrían beneficiado a figuras cercanas como el propio Barrabés en procesos que posteriormente terminaron con adjudicaciones millonarias. Se habla incluso de decisiones del Consejo de Ministros que habrían otorgado importantes cantidades de dinero público a proyectos vinculados a este entorno.
¿Casualidad? ¿Coincidencia? ¿O patrón?
Esa es precisamente la pregunta que ahora trata de responder la Justicia. Y esa es la pregunta que el Gobierno intenta evitar a toda costa.
En lugar de ofrecer transparencia, se recurre al victimismo. En lugar de asumir responsabilidades, se ataca al mensajero. En lugar de dar explicaciones, se construye un relato de persecución política que pretende convertir a los investigados en víctimas y a los jueces en culpables.
Es la inversión moral de los hechos.
Lo que debería escandalizar a cualquier demócrata no es que un juez investigue. Lo verdaderamente preocupante sería que no lo hiciera.
Porque si la Justicia no puede actuar con independencia cuando se trata del entorno del poder, entonces deja de ser Justicia. Y si el Gobierno utiliza su posición para presionar, desacreditar o condicionar esa labor, entonces el problema ya no es judicial: es estructural.
España se enfrenta, en este momento, a una encrucijada. O se respeta el funcionamiento de las instituciones, o se avanza hacia un modelo en el que el poder político se sitúa por encima de la ley.
El procesamiento de Begoña Gómez no es solo un caso judicial. Es una prueba de estrés para nuestro sistema democrático.
Y la respuesta del Gobierno, lejos de tranquilizar, no hace sino aumentar la preocupación.
Porque cuando quienes deben dar ejemplo se atrincheran, cuando quienes deben responder atacan, y cuando quienes deben dimitir se aferran al cargo, la sensación que queda en la ciudadanía es clara: aquí nadie asume nada.
Y esa, quizá, es la mayor de las condenas.