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Desorientada

domingo 03 de mayo de 2026, 10:58h
Desorientada

“Porque vivimos a golpes, porque apenas si nos dejan
decir que somos quien somos,
nuestros cantares no pueden ser, sin pecado, un adorno.
Estamos tocando el fondo.”

La poesía es un arma cargada de futuro.

Gabriel Celaya.

Venturoso es y suerte tiene aquel que nunca se sintió destinatario de una pesada broma de la vida; aquel al que nunca la burla del destino le hirió el orgullo; aquel que jamás se vio en la tesitura de no poder frenar el incómodo balanceo del columpio en el que, sin esperarlo y contra su aquiescencia, de súbito se vio subido con los pies colgando y donde la fatídica elección que se le obsequia es: bien, quedar sumisamente paralizado y simultánea e involuntariamente “caer” en pánico; o bien, con rabia darse mucho impulso con la intención de volcar el odiado balancín y, voluntariamente, sin solución de continuidad, “entrar” en pánico.

Y ahí estás porque te han llevado, con unos paupérrimos mimbres en las manos que en tu desorientada cabeza no sirven, ni siquiera por un casual asomo, ni para hacer cestos sin fondo; que claro está que en cuanto en él los deposites, aunque sea muy cuidadosa y suavemente como lo hagas, se van a caer al suelo -por algo se llama “Fuerza de Gravedad”- y se te van a romper los huevos.

Qué patéticos somos. Qué triste es que solo cuando la suerte se tuerce y nos zarandea, es cuando asumimos con plena conciencia, rápidamente para nuestras limitadas posibilidades de cognición, la vulnerabilidad de nuestra mortal naturaleza y también esa frágil y quebradiza condición humana nuestra que siempre nos envuelve y acompaña.

Y así, llegados hasta aquí, solo mediante el apoyo en la mutua solidaridad, toca olvidarse del primoroso espejo hecho para nosotros con especial azogue traído de la gran América, para marginar primero en rítmico compás el propio ombligo para después mirarse en los demás con empatía y por una vez desacordarse de cualquier falso excluyente nosotros, agradecer no estar solos y con todos ellos, sin excepción, por activa y por pasiva en cristiana, judía, musulmana o budista comunión pelear hasta la extenuación.

Claro que, con tanta democracia pesimamente entendida, igual el billete de esta torticera tómbola nos lo compraron por mandato. ¿Cuántas veces se yerra con el mandatario al que, por costumbre e intelectual holganza, una vez más lo hemos elegido mal, guiados de nuevo por la pereza, huyendo de la realización de un mínimo esfuerzo ineludiblemente necesario para dotar de alguna probabilidad el acierto en la designación de la delegación otorgada?

Claro que, si todos los que se unen comparten el mismo escaso grado de lucidez o el mismo alto grado de ausencia de lucidez, el resultado en la integración de tanto claroscuro no necesariamente siempre tiene que dar como resultado un guarismo positivo de luminosidad; y quizá por ello hace demasiado tiempo que se consiente que más de un espabilado sin asomo de vergüenza lleve con descaro por bandera, ondeándola al aire desenvuelta, el lema que reza: “Chupemos a crédito y al acreedor que le den”. Y claro, hoy por ti, mañana por mí, los unos por los otros, así nos va; y lo que es peor, no tengo claro que queramos cambiar.

Tristemente, las ciencias exactas deben ser a estas alturas ya prácticamente las únicas que no engañan, dada su infalible precisión y escrupulosidad. Igual porque en su exactitud y verdad siempre prescindieron de los falsos gestos y la hipocresía de la buena educación; y en paradójica correspondencia nunca hubo una educación de calidad que no tuviera como uno de sus pilares básicos un sólido conocimiento matemático; mapa y brújula necesarios para la acertada orientación hasta de los más sabios.

Que cada cual, a mayores, si en su vida precisa o admite guía y vigía, juzgue al torpe patrón de un mal calafateado bergantín que con su imprudencia e impericia nos ha traído tarde y mal a este desangelado puerto, desarbolados y con el bienestar del pasaje y la tripulación menguado.

Y en estos inciertos tiempos, a tanto solitario portador de un alma desorientada, que ni vienen ni van, que nunca fueron, son, ni serán; y como mucho alguna vez, sin haber descubierto realmente para qué, ahí sin pena ni gloria de paso están, solo me cabe, por ese orden, desearles: ¡Suerte y salud, campeones!

Tenemos lo que merecemos, estar en manos de un fatuo que de su engolado discurso emulando a Churchill -…abriros de piernas y pensar en la Gran…- y demás zarandajas, sin necesidad alguna de leer entre líneas, se desprende que se tiene a sí mismo por un entorchado almirante de buque de guerra, cuando no alcanza ni la calificación de grumete; y que cada cual decida si sigue confiando en él, o por el contrario, tras la oportuna democrática votación, en justicia con los que cayeron, lo arrojamos por la borda acompañado por su compás y sextante plagiado. Estoy seguro de que los tiburones gritarían. ¡Por favor, no lo tiréis a él, lanzad únicamente el sextante y el compás, que es lo único que está asegurado que se hunde! ¡En nuestro mar ya hay flotando demasiada porquería!

Almas de cántaro, una cosa es ser inestable y estar desorientado y otra muy distinta es ser un desmemoriado, volver la espalda a los textos y desatender que ya antes ha habido ocasiones, situaciones y momentos parecidos a lo largo de la historia que ahí están; de ellos queda científica constancia para su aprovechamiento en los libros.

Que lo inteligente y lo gratuito, por ausencia de coste monetario, es acudir y recurrir a las bibliotecas, disfrutar con su lectura y aprender de ellas y agradecerles que desinteresadamente y de manera muy bien expuesta y explicada nos faciliten sin apenas esfuerzo mental el recordar y no olvidar que cuando los más chiflados y majaretas se han hecho cargo del manicomio, para salir con bien de esta, más que nunca es cuando se necesita capacidad para pensar y obrar con buen juicio, prudencia, reflexión, sensatez y responsabilidad; cuando nos ha invadido una insana locura es cuando urge que surja y se expanda de nuevo la cordura que exige ritmo y ley para todo aquello que se percibe excesivo.

Y con estas me despido. Y si un día sobre este momento histórico un libro se escribe, alguno de vosotros, los portadores de un alma desorientada, que después de todo, incluso sin intención, en este tiempo mayormente no habréis contribuido al mal, no lo dudéis, sin nominal mención, por derecho seréis los verdaderos protagonistas de esa ilustrativa novela; y nunca olvidéis que si todos sin duda somos personas, auténticos personajes, armados de un alma sincera, solo podéis por méritos ser, desorientados o no, vosotros, los ilustres desconocidos; aunque para rellenar las páginas de los textos de historia me temo que no vais precisamente a ser los elegidos.

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