Estaba totalmente convencido de que, para tener un buen comienzo con la rutina de los trances y lances laborales que le esperaban, la primera acción no podía ser, para no cometer una herejía, sin hacer una parada antes, ir desde su casa directo a su moderno y funcional despacho y sin más sentarse frente al ordenador, a comprobar en su agenda lo que ya suponía con un alto grado de certeza que le deparaba para empezar el nuevo día; por ser con toda probabilidad lo mismo de ayer y de antes de ayer, vamos, lo mismo de siempre. Que básicamente consistía en no poder dejar de contestar de manera inmediata algún urgente a la par que importante email dirigido al impaciente de su jefe, el presidente de la compañía.
Por eso, sin nunca prescindir de hacerlo, su ritual comenzaba entrando en ese acogedor establecimiento, ambientado con mucho esmero y donde se cuidaba que fuera amable la atención al público, para comprar el café que a sus colaboradores explicaba que le servía de pistoletazo de salida para con suficiente energía afrontar el día; e invitaba a que se siguiera su ejemplo, mimetismo positivo, lo llamaba.
Ese martes, mientras con paciencia esperaba su turno, se entretenía, sin cuidarse de verse sorprendido en ello, observando a través del espejo que los decoradores del local habían colocado al otro lado del mostrador, a la chica joven que estaba justo detrás de él; observó que, ajena a todo lo que ocurría a su alrededor, ella, por completo absorta, no dejaba de mirar y con sus finos dedos de pulsar, con gran agilidad, sobre la pantalla de su móvil.
El suave y agradable olor del perfume que al moverse ella desprendía tenía la impresión de que no era la primera vez que lo percibía, pero no podía afirmarlo con rotundidad porque nunca lo había tenido tan cerca. Tuvo la impresión de que iba arreglada con especial esmero, ese particular y propio de algunas mujeres, con el que hábilmente consiguen que te fijes mayormente donde ellas quieren y tú, sumiso, disfrutas haciéndolo.
Abonó por fin su cuenta la venerable señora que iba delante, e inmediatamente, en cuestión de un par de segundos, ya le llegaba el turno, cuando aparentemente sin pensarlo, volviéndose a la chica, le dijo: Por favor, pase usted delante, que yo todavía no he decidido lo que voy a pedir y tengo aún que determinarlo.
Ella, sin dejar de atender el móvil, de forma muy escueta agradeció el gesto, pero con un “no es necesario” rechazó adelantarse. Él insistió y ella, a la vez que seguía concentrada escribiendo y sin apenas levantar la cabeza, se limitó a decir: “De acuerdo, si ese es su deseo”.
Él, contento de que hubiera salido bien su planificada estrategia, manufacturada durante el rato de espera, aprovechó para observarla también por detrás y así obtener la visión global, propia de la era y de la aldea en que vivimos.
Ella comportándose al modo de Julio César: pidió, pagó y salió. Su actuar dejaba claro que esa mañana, y seguramente también todas las demás, no tenía duda de que era lo único a lo que aspiraba y solo en la consecución de conseguirlo se volcaba al cien por cien. Igual también, quién sabe; en sus capacidades era completa, pero de lo que no cabía duda alguna es que era una chica muy concreta.
No pudo dejar de mirarla por última vez al irse, y por supuesto ella no se volvió. Ya era su turno y, como todas las mañanas desde hacía tres años, sonriendo saludó y, sin siquiera pedirlo, cogió el café con leche de costumbre, que, adelantándose, ya le tenían preparado; pagó y, deseándole un buen día a quien tan eficazmente siempre le atendía, se fue al trabajo.
Ciertamente la había mirado a título personal, sería absurdo negarlo, y al hacerlo lo había pasado bien; pero también lo había hecho, por deformación, con su peculiar escrutinio profesional; después de todo, por algo cuando le preguntaban si tenía en el trabajo alguna sobresaliente virtud, respondía: Por la cuenta que me trae, más me vale que destaque por mis dotes de observación.
Al entrar en la portería, dio los buenos días al uniformado conserje de la finca y, fiel a su matutina liturgia, llamó al ascensor para que bajara a la planta de calle. Primero, porque así la primera acción dentro de su entorno de trabajo era dar una orden sin posibilidad de réplica; y segundo, porque otros podrían necesitarlo, y sin esperar a su llegada subió a buen ritmo los cuatro pisos que tenía por delante, andando.
Al entrar en la recepción de la oficina, perteneciente a una conocida firma dedicada a la actividad de “head-hunter” (caza talentos), la arreglada y muy correcta recepcionista, muy solícita, le apuntó: Se te han adelantado, ya está en la sala, esperándote; me refiero a tu visita; si no me equivoco, con ella van a ser ya tres las entrevistadas, y conociéndote, me apuesto lo que quieras a que, como dice el refrán, esta va a ser la de la vencida.
Haciendo caso omiso al comentario, preguntó: ¿Cuándo ha llegado? Hace solo tres minutos, fue la respuesta, otorgada con una agradable mueca, por parte de la operativa recepcionista.
De acuerdo, ofrécele un café y enseguida estoy con ella. A lo que la recepcionista dijo: Ya lo he hecho y lo ha rechazado. Por cierto, la he observado con mucha atención, como siempre me dices que haga, y debe nutrirse del móvil, porque no deja de mirar y teclear todo el rato. Y él con sincera sonrisa le responde: Bien hecho, eres mi alumna más aventajada. Te dejo, me voy al tajo.
Al entrar él en la sala, hay un segundo previo, al instante de acortar la distancia que los separa, antes de saludarse, en el que él pensó: Esto sí que es una auténtica casualidad; y ella para sí juzgó: Hay que fastidiarse, me ha tocado el mirón y, para colmo de males, hoy al parecer se ha levantado aquejado de indecisión.
Se presentan educadamente ambos retadores, mutuamente mirándose a sus respectivos ojos claros y dándose con fuerza la mano; y tras sentarse, comienza la particular y dura entrevista de trabajo, en que habitualmente consisten las que tienen como finalidad la caza de talento.
Y como le corresponde, por ser el entrevistador, será él, haciéndose el despistado y el desinteresado, quien pregunte: ¿Nos hemos visto en alguna ocasión antes? Y ella, tras guardar silencio dos segundos, que dedica a la toma pausada de aire, muy seria contesta: Sabes de sobra que sí, también sabes que en tu beneficio de momento tú me has visto mucho más a mí que yo a ti y me temo que te estás preguntando si esta listilla no se estará ahora adelantando sin que tú primero le cedas el paso. Por cierto, ¿has decidido ya si he superado la prueba de observación? No es propio de un buen observador retrasarse demasiado en pillarlas al vuelo. Y él, sonriendo, piensa: Hay que fastidiarse; me temo que me he pasado enseñándole tanto a la recepcionista.