Parece un hecho ya más que probado -tempus fugit- que Vox ni surgió de rebote en un laboratorio mediático ni vino para funcionar como una moda temporal. Nació del cansancio de muchos españoles ante la tibieza del PP en cuestiones fundamentales: unidad nacional, inmigración, seguridad, campo, identidad cultural, defensa de las tradiciones… o resistencia frente al sectarismo ideológico de la izquierda. Simplemente. Y lo cierto y verdad es que esa realidad no desaparece (al contrario, ¡por momentos crece!) porque algunos dirigentes populares se empeñen en mirar hacia otro lado.
Tras el 17M, el PP debería haber entendido algo elemental: la derecha sociológica española ya no es monopólica, hace años que dejó de serlo y desde luego en el corto o medio plazo no volverá a serlo. Ya no existe aquella época en la que los populares podían dar por descontado el voto conservador mientras gobernaban, entre algunos complejos (perdonables y no perdonables) pendientes de la aprobación de la izquierda mediática. Hoy existe una fuerza política con representación masiva, arraigo social y capacidad de influencia.
Pareciera lo lógico y natural asumir este ya no tan nuevo estado de cosas con inteligencia y perspectiva, lejos de los celos pueriles o la inmotivada soberbia; incluso aunque sólo fuese desde un punto de vista pragmático: el PP necesita a Vox para cuajar muchas mayorías institucionales. Luego, ¿qué sentido tiene intentar humillar públicamente, invisibilizar o tratar como a un invitado incómodo al partido de Abascal? ¿Se puede pedir el voto contra los socialistas para luego marginar a los ciudadanos que, libre y voluntariamente, votan contra los socialistas?
La política democrática consiste precisamente en representar lo que la sociedad expresa en las urnas. Y éstas llevan años gritando que una parte creciente de España quiere que Vox tenga y conserve protagonismo político. Negarlo no hará desaparecer esa voluntad popular, esa marea social incontestable. Al contrario: sólo aumentará la sensación de desconexión entre las élites del PP y la calle. ¿Les vale la pena? ¿Les compensa seguir instaladas en el orgullo de una formación hegemónica, no escuchando de verdad a la sociedad española?