No deja de ser fascinante. Apenas unos días después de escribir la página más brillante de su carrera y de entrar para siempre en la historia del fútbol español con el gol que dio a España su segundo Campeonato del Mundo, algunos dirigentes de la extrema izquierda decidieron que había llegado el momento de derribarlo. Hay algo casi inevitable en ello, cuando un héroe asciende al Olimpo, siempre aparece alguien dispuesto a cortarle la escalera.
Pero con Ferran han llegado tarde. Zeus ya le había reservado un lugar en el Olimpo. Allí no se entra por la opinión de ciertos políticos ni por el juicio de los moralistas, sino por las hazañas. Ferran Torres ya ha firmado la suya: pasar a la historia del fútbol español como el hombre que devolvió a España la gloria mundial. Ningún político podrá arrebatarle ese lugar, porque hay gestas que dejan de pertenecer a un hombre para convertirse en patrimonio de todo un pueblo.
Sin embargo, eso no ha impedido que algunos dirigentes de la extrema izquierda intentaran reducir al héroe del Mundial a la etiqueta de gran tenedor de vivienda, pese a que su actividad empresarial se centra en el alquiler de oficinas. Apenas unos días después de regalar a España su segundo Campeonato del Mundo, hubo quien prefirió alimentar esa caricatura antes que reconocer la mayor gesta de su carrera deportiva. Ahí reside la verdadera pobreza del debate. Mientras un país entero celebraba el gol que devolvió a España a la cima del fútbol mundial, algunos parecían más interesados en construir un relato político que en reconocer un mérito deportivo. Como si una hazaña histórica pudiera quedar eclipsada por una etiqueta ideológica.
Hay algo profundamente enfermizo en una sociedad que contempla con más recelo a quien triunfa con su esfuerzo que a quienes fracasan administrando lo público. Ferran Torres no ha pedido privilegios, no ha reclamado favores, ni mucho menos ha construido su carrera al abrigo del poder. Ha llegado hasta donde muy pocos llegan porque hizo durante años lo que casi nadie está dispuesto a hacer: trabajar, sacrificarse y competir hasta convertirse en el mejor.
Y, sin embargo, hay quienes consideran que el problema es él.
Lo verdaderamente preocupante no es la crítica. En democracia cualquiera puede opinar. Lo preocupante es esa obsesión por convertir en sospechoso a quien triunfa. Parece que para algunos el éxito solo merece aplausos cuando los beneficiarios son ideológicamente aceptables. Si quien destaca resulta ser un deportista que no encaja en el molde cultural dominante, entonces deja de ser un ciudadano para convertirse en un problema. No soportan que alguien alcance la cima sin deberles nada, sin pedirles permiso y sin compartir su catecismo ideológico.
Quizás ahí resida el verdadero pecado de Ferran Torres. No solo ha triunfado, sino que nunca ha parecido dispuesto a esconder quién es para ganarse la aprobación de nadie. Lleva un crucifijo sin complejos, se declara católico y, al celebrar el Mundial de 2026, lució una gorra con el lema Make Spain Great Again. No importa si ese lema gusta más o menos, no es eso lo importante. Lo realmente importante es que un gesto así no debería convertir a nadie en objeto de sospecha o linchamiento. La libertad de expresión no consiste en proteger únicamente aquello que suscita aplausos, sino también el derecho de cada persona a expresarse sin que cualquier detalle de su imagen o de su vida privada sea utilizado para desacreditar todo lo demás.
La izquierda que presume de diversidad parece practicar una diversidad con letra pequeña: bienvenida toda diferencia, siempre que no discrepe de su catecismo político. El problema nunca fue Ferran Torres. El problema es que Ferran Torres no les ha pedido permiso para pensar, creer o vivir, no acepta el papel de deportista dócil al que se le exige marcar goles y callar cuando abandona el césped. La extrema izquierda parece preferir deportistas que levanten trofeos, pero no la voz sin apartarse un milímetro del guion ideológico que otros consideran aceptable.
Los héroes siempre han incomodado a los mediocres. En la antigua Grecia, los dioses no elevaban al Olimpo a quienes pronunciaban los discursos más largos, sino a quienes realizaban hazañas extraordinarias. Ferran Torres ya ha alcanzado ese privilegio. Ferran Torres ya pertenece a la historia.