Nunca he estado de acuerdo con quien determina el fracaso exclusivamente fijándose en el resultado alcanzado; tampoco lo estoy con quien prescinde por completo de fijarse en lo conseguido. Son muchas las posibilidades de fracasar; para mí una de ellas sería que, aunque hubiera conseguido destacar un poco en algún campo, en mi vida existiera un gran rey, que aunque solo fuera un poco tuviera algún poder para dirigir mis pasos; lo que no significa que no quiera que no haya un rey cerca, y cuanto más grande mejor, pero solo para poder decirle cada vez que osara dirigirme la palabra y a mí así me apeteciera: Déjame en paz, solo yo soy el gobernante de mí mismo, y tal cargo, asumiendo en exclusiva la responsabilidad de las consecuencias, lo ejerzo con total autarquía y serenidad.
A veces la causa del fracaso no se encuentra en la pereza ni en la incapacidad, sino en la especial concepción que de manera particular se tiene del mundo que te toca y, aunque para otros no, tú esa meta concreta la encuentras por completo absurda; en la esencia de ella lo único que tú percibes es una burda caricatura indigna, ni siquiera merecedora de una atención insustancial, y por ello no despierta interés alguno en dedicarle un mínimo esfuerzo. Es indiferencia legítima frente a lo que otros llaman fracaso.
Siempre, por no haberle encontrado jamás ni la más pequeña tara que me haga dudar, me ha convencido la sabiduría de la naturaleza; el mayor maestro, porque es a través de la superación de la fase de novato como enseña no a evitar el fracaso, que en todo ser vivo, al traer de fábrica la capacidad de enfrentar la ignorancia, va de suyo, sino la clave oculta del error, a fracasar barato; lo que solo ocurre cuando el gasto de energía hecho hoy para conseguir algo en el futuro no es en balde y no lo es cuando la energía obtenida con el objetivo supera la total invertida.
El fracaso no pocas veces nace del ejercicio de un cómodo cinismo, cargado de un patético humor negro hasta las trancas, que se basa en enfrentarse a los continuos embates de la fortuna sonriendo de medio lado, con los brazos caídos a los lados, sin rechistar y con el talante impávido; empadronándose uno en la casa de la práctica de la creencia de que el único gobierno justo que existe es el del universo. ¡Espabila y ponte a trabajar!
Solo es rico, en términos de triunfo, ciertamente, quien emula a los dioses, es decir, quien consigue siempre bastarse a sí mismo; y solo los muy sabios, por necesitar muy poco, son los que más se acercan a ellos. Los fracasados que se hacen dueños y hacen acopio de muchas y grandes cosas, sin conseguir nunca bastarse a sí mismos, en la antigua Grecia eran conocidos como “los pobres en grande”.
Que no sea tu patria espiritual tal pequeñez y tal pobreza intelectual, que no puedas escapar de que te afecte el más pequeño de los reveses de fortuna. Fracasar no es caer; fracasar es poner la morada habitual ahí abajo y además exigir que sean los demás los que se hagan cargo de tu factura de la luz y el agua.
Hay personas en las que el fracaso se ve en ellas como un uniforme, que no les queda del todo mal; es el sello de identidad que indica a los demás a lo que se dedican, básicamente a parasitar. Hay otros en los que el fracaso se percibe como un disfraz, algo puntual, un ropaje para esa maldita ocasión que no les queda precisamente bien y, por su incomodidad, a quien lo porta se le nota que está deseando despojarse de tal guisa indumentaria cuanto antes.
El fracaso a veces no se puede negar que despierta cierta ternura, como fue el caso de aquel egresado al que le dieron, porque el centro necesitaba un mínimo de aprobados para seguir recibiendo la subvención, el correspondiente diploma al terminar un curso de matemáticas elementales, y cuando le preguntaron: ¿Qué destacas de todo lo que has aprendido en este curso? Respondió: Me ha sido muy útil esta formación y lo más importante que he aprendido es que básicamente hay tres tipos de personas en el mundo: los que saben contar y los que no.
Para blindarse frente a la sensación de fracaso, que no es lo mismo que blindarse frente al fracaso en el que juega un importante papel el azar, suele ser suficiente contentarse con lo presente, no desear cosas ausentes, no quejarse de las circunstancias, distinguir lo que se compra con dinero de lo que se adquiere con tiempo, evitar alcanzar lo que es mejor extraviar, saber que el desprecio del placer una vez ejecutado resulta muy placentero y, por encima de todo, cuando se tiende la mano con la palma abierta, que nunca sea para terminar cerrando el puño.
En una pared blanca, debajo de un cartel que anunciaba: “Bar la Esperanza”, había una pintada en negro, con una pésima caligrafía, que decía: Recuerda que no te debes preocupar si ayer todo te salió mal. ¡Seguro que el día de hoy te brinda una nueva oportunidad para fracasar en cosas completamente diferentes! A la que alguien con tinta azul, en letras mucho más pequeñas, había añadido: Desaprovecharla depende de ti.