Es peligrosísimo que a un problema tremendamente grave de soberanía nacional se le dé en un tratamiento exclusivamente asistencial. Primero permitimos entrar a ejércitos de ilegales. Después organizamos su acogida. Luego les llenamos de millones de euros de recursos públicos, sean o dejen de ser ‘menas’. Y, finalmente, cualquiera que cuestione ese modelo es señalado por los descerebrados que justifican este desastre por ser extremista y por inhumano.
Un Estado tiene el deber de ser humano. Pero antes tiene el deber de ser Estado. La solidaridad sin orden deja de ser solidaridad para convertirse en impotencia y en vergüenza. La compasión sin límites termina pagándola, casi siempre, quien cumple las normas. Es así.
Roma entendió durante siglos una verdad elemental: un imperio podía integrar pueblos enteros, pero jamás podía permitir que otros decidieran quién cruzaba sus fronteras. Cuando perdió esa capacidad, comenzó un declive que ningún ejército logró detener y, por supuesto, ahí llega irremediablemente la descomposición. No cayó Roma porque entraran los bárbaros. Entraron los bárbaros porque Roma ya no era plenamente Roma. Cuando una nación no cree en sí misma, cuando es conducida por gobernantes inicuos y miserables, hasta las murallas más impresionantes del mundo dejan de servir para nada.
España ha olvidado esa lección. Hemos sustituido la palabra “frontera” por “gestión”; la palabra “soberanía” por “convivencia”; la palabra “ilegal” por eufemismos cuidadosamente escogidos para que nadie se sienta incómodo. Como si cambiar el lenguaje modificara acaso la realidad.
Pero quizá el síntoma más preocupante no sea lo que sucede en Ceuta, sino la facilidad con la que hemos aceptado que defender las fronteras necesita justificación, mientras vulnerarlas parece requerir únicamente comprensión. Esa inversión moral es el verdadero drama.
No. Las civilizaciones no desaparecen cuando el adversario llama a la puerta. Desaparecen cuando quienes viven dentro empiezan a sentir vergüenza de cerrarla. Ese es el primer paso del declive: no la derrota, sino la renuncia. Y pocas renuncias resultan más trágicas que la de un país que deja de creer que merece la pena proteger su propia casa.