¿ES SIEMPRE JUSTA LA IGUALDAD?
La felicidad totalitaria
· Por Luis Sánchez de Movellán, Doctor en Derecho, Profesor y Escritor
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Luis Sánchez de Movellán
miércoles 01 de junio de 2016, 09:08h
En la sociedad que se describe en la obra utópica Un Mundo Feliz, existe un planteamiento base a partir del cual se estructura todo el sistema social: la felicidad. Se plantea como objetivo final de toda política y de todo sistema social el dotar a sus integrantes de felicidad. La felicidad planteada desde la concepción epicúrea de ausencia de dolor/preocupación y satisfacción plena e inmediata de los deseos.
• Eliminación de las preocupaciones: Se lleva a cabo a través de una estabilidad absoluta. En tal estabilidad no surgen nuevos problemas y los antiguos ya están resueltos. No hay lugar para la incertidumbre.
• Satisfacción plena e inmediata de los deseos: Se dice a los individuos qué deben desear y se les da. Utilizando la “educación”, el individuo convierte en deseos lo que serán sus obligaciones. Satisface sus deseos a través del mero cumplimiento del rol social que se le asigna. El resto de los deseos del individuo se reducen a la satisfacción puramente fisiológica.
Tenemos un Estado que “vela” por lo que entiende por el bienestar de sus súbditos. Pero precisamente lo que entiende por bienestar es lo que inhabilita la idea completamente. El “despotismo ilustrado”, la aplicación sistemática de los principios científicos al gobierno del pueblo para beneficio de éste, pero sin contar con su opinión al respecto produce una sobreprotección alienante y manipuladora.
En este sistema social totalitario, hay dos “enseñanzas”: la técnica y los valores sociales. La técnica permite al individuo ser productivo y los valores sociales le mantienen inserto en la estructura social. Mas, en este sistema totalitario, la técnica es la enseñanza menos importante. Lo principal es la inculcación de los valores necesarios para la inserción social del individuo. Y para ello se usan dos sistemas:
• El condicionamiento clásico: Desde que los individuos nacen se les impone por medios biológicos las diferenciaciones físicas que supondrán la base del sistema social. Además se les comienza a condicionar positivamente hacia las condiciones de trabajo en las que se encontrarán durante toda su vida. También se usa el condicionamiento para alejar a los individuos de los libros y de la naturaleza, ambos peligrosos gérmenes de la reflexión.
• La hipnopedia: Ésta nos permite enseñar conocimientos de forma significativa. Únicamente almacena en el cerebro la forma, sin atender al contenido. Supone la memorización de forma automática de frases oídas una y otra vez durante el sueño o el visionado catódico. Se utiliza para programar principios morales que servirán de pilar a todo el comportamiento social del individuo, reglando toda su interacción con los demás, con el medio e incluso consigo mismo. Dirigen además los gustos y preferencias en todos los sentidos, determinando así también el tiempo de ocio.
La principal característica de estos dos métodos,es que no se trata de enseñanza sino de programación. Se insertan en el individuo esquemas de conducta sin atender a la voluntad de éste para nada. Contempla al ser humano como una máquina con recursos y limitaciones. En esa “máquina” se programan unos comportamientos y se reduce el papel del individuo a elegir entre las opciones que se le han grabado como posibilidades de conducta. Se convierte al hombre en un perfecto mecanismo de comportamiento social apto.
El sistema de clase magistral estricta ha sido muy criticado desde las nuevas perspectivas de la educación. En él, el sujeto recibe conocimientos y se le pide que reconozca la autoridad del profesor de tal forma que ha de suponer la validez de esos conocimientos. Pero aun así, puede negarse, puede ejercer la crítica sobre los conocimientos recibidos y sopesar la validez de los datos, compararlos, elegir si los conserva o los desecha.
En los sistemas totalitarios no es necesario privar de la idea de la libertad, porque el individuo cree vivir en libertad. Se ha introducido en su pensamiento el parásito de la voluntad ajena que el individuo confunde con la propia, que termina creyendo genuinamente suya. Esta voluntad, esta idea ajena parásita, crece hasta no dejar espacio a otras visiones. Puede pensar en otra libertad, pero no quiere. Todos piensan igual y están encantados con ello.
Por estos métodos se consigue reglar cada acción, cada aspecto de la vida. Todo es hecho según unas inmutables reglas que poseen un supuesto valor intrínseco e indiscutible. Programación unidireccional, negando la participación del individuo, negando su creatividad, su capacidad para adquirir el conocimiento de forma autónoma, su capacidad para desarrollar nuevas estrategias para resolver problemas, su diversidad. Porque aquí se impone la homogeneización, no hay una mayeútica del conocimiento sino una fabricación en serie.
Este es el proceso de implantación de las ideas. Lo opuesto a la enseñanza en libertad. Frente a la riqueza de la diversidad, se opta por la austera repetición de lo mismo. Allí donde se ilumina el crecimiento y la autonomía, se tiende al manto opaco de la esclavitud. Es la esclavitud de nosotros mismos, negándonos a la utilización de nuestros recursos. Es la pérdida, la negación y la corrupción de la voluntad.
Para invadir la voluntad hay que eliminar el pensamiento, reducir al hombre a la satisfacción regresiva infantil de sus deseos más básicos: comida, confort, sexo y alguna emoción simple controlada. Mantener ocupado al individuo para impedir la reflexión, invalidar la actividad cognitiva más allá de lo estrictamente necesario para el desempeño de la función productiva. El hombre sumergido en la felicidad totalitaria, no quiere pensar en libertad; pero no sólo eso, sino que además está demasiado ocupado disfrutando de sus placeres básicos y primarios como para siquiera plantearse pensar.
En el totalitarismo se impone el papel “tutor” de unos pocos sobre el grupo. Unos pocos, el Estado, que decide y determina sobre el “animal social” desde la cuna hasta la tumba. En definitiva, podemos ver que, en mayor o menor medida, no tenemos tan lejos como creíamos “el mundo feliz” de Huxley.