Es por ello que el mercado inmobiliario ocupa desde hace dos años un lugar destacado en las estrategias de los inversores. Los primeros signos del cambio de percepción sobre el sector aparecieron hace tres o cuatro años impulsados especialmente por la mejora de las principales variables macroeconómicas y por el fuerte ajuste: las restricciones a los créditos hipotecarios, más que la crisis, aseguraron la caída de los precios de venta de casas y pisos, al no poder los compradores financiar la compra.
Se está constatando que el mercado inmobiliario comienza en España a acentuar las tendencias positivas y a minimizar los descensos, extremo no verificado en otros países. Por ejemplo, recientemente se ha revelado que los precios y las
nuevas obras se aceleran en la Costa del Sol. Marbella, con un valor medio de 1.864 euros por metro cuadrado, ya supera a Cádiz capital y se posiciona como la localidad costera con el suelo más caro de Andalucía. De este modo, la provincia de Málaga, debido al empuje de los municipios costasoleños, lleva la delantera en la recuperación de la actividad promotora en la comunidad. El conjunto de las doce principales localidades malagueñas casi triplicó la concesión de visados de obra en 2015 respecto al año anterior, según los datos publicados por el Ministerio de Fomento.
El sector inmobiliario ofrece ya claros indicios de recuperación, verificándose que el número de transacciones ha aumentado y se aprecia una estabilización en los precios de venta. Desde Tinsa se ha sostenido recientemente que los valores se consolidarán en los próximos meses
En el análisis de estos datos es importante reseñar cómo se ha transformado o evolucionado en los últimos tres años el perfil de los inversores que buscaban y adquirían activos inmobiliarios, así como la tipología de los mismos. En un principio, los primeros inversores que aterrizaron en el inmobiliario fueron fondos que buscaban oportunidades en el corto plazo con rendimientos superiores al 10% en sus operaciones. Se trataba de bienes ubicados en zonas urbanas preferentes que eran “colocados” a empresas que buscaban nuevos emplazamientos.
Pero nos hemos encontrado ante un
nuevo panorama, porque a medida que se ha ido consolidando la recuperación económica, este perfil se ha ido diluyendo y ha dejado paso a una mayor competencia por parte de inversores core tanto internacionales como los fondos soberanos y de pensiones, pero también nacional, como las Socimi y los family offices.
En la actualidad, la presión compradora ha provocado un descenso de las rentabilidades y una escasez de producto. Todo esto ha generado que el abanico de los activos adquiridos por los inversores —tanto terciario como residencial— se haya ido ampliando progresivamente al tiempo que los más atractivos desaparecían.
Sin embargo, esa caída de las rentabilidades no ha frenado la inversión, porque el sector inmobiliario se sigue viendo como un valor refugio frente a la perspectiva de incertidumbre global que se presenta en otros mercados, como la renta variable, la deuda soberana o los depósitos, un escenario que abre escasas posibilidades en valores refugio o commodities, que, como el oro, solo ofrecen posibilidades reales solo a escasos inversores y por cantidades muy determinadas.