De entrada, el argumento de la obra pudiera resultar tan sencillo como manido: una mujer ha desaparecido y la policía acude a su casa para interrogar al jardinero Samuel (Carmelo Gómez), el único ser humano que permanece en ella, y tratar de descubrir qué ha sucedido. Ante tal punto de partida, cabría esperar una obra policiaca al uso en la que se fueran descubriendo poco a poco los enigmas y el espectador pudiera ir dando forma al rompecabezas. Pero aquí hay muchas cosas más en juego.
Para empezar, y así se comprenderá lo de los riesgos asumidos, el policía está pero no está, quiero decir que nunca aparece en escena. Se trata de un efectivo recurso escénico con el que se logran al menos dos objetivos: uno, centrar la atención sobre los dos únicos personajes que aparecen sobre el escenario, y dos, convertir al público en personaje/policía y, por tanto, en partícipe de la obra.
Siguiente riesgo: desconfiamos de la confesión y las palabras del jardinero, que desde el principio resulta evidente que oculta algo. Pero entonces, ¿cuál es nuestro referente? ¿Cómo demonios conoceremos la verdad de lo sucedido? Aquí es donde entra en acción el verdadero reto y el gran acierto de esta obra, que no es otro que llevar a escena la representación de los recuerdos, recurso hábil y eficazmente conseguido con la sutil utilización de un doble plano interpretativo.
Para eso está Silvia, una Ana Torrent a la que, no solo por la interpretación de su texto, sino también por su manera de moverse en el escenario, con el misterio y la sensualidad reprimida que aporta a su personaje, es fácil imaginársela como la verdadera Reina de la Noche. Denominación esta que en realidad no es más - dentro del juego poético y simbólico que el texto no deja de proponer - que el nombre de la planta favorita del jardinero Samuel.
Y es que el mundo vegetal toma un especial protagonismo en este espacio simbólico que es el viejo invernadero de sucias y empañadas cristaleras en el que, lenta y silenciosamente, plantas y recuerdos se esfuerzan en brotar, florecer e inventar alas para salir al exterior.
Es posible encontrar en el texto de Conejero ciertas reminiscencias del estilo poético de Harold Pinter, sobre todo en lo que respecta a la sugerente utilización de silencios y elipsis a lo largo del relato, e incluso del universo dramático del propio Tenessee Williams, al que parece querer acercarse en la utilización de personajes de pasado atormentado y misterioso, tan característicos del dramaturgo estadounidense. No obstante, si algo logran Conejero y Luque en esta Todas las noches de un día es crear un estilo muy propio para llevar al escenario una historia que, por debajo de todas sus capas y artificio poético, al final bien puede quedar resumida en los dos grandes temas que a todo ser humano atrapan, fascinan y nunca han dejado de interesar: el amor y la muerte.
Todas las noches de un día
Teatro Bellas Artes de Madrid
Hasta el 6 de enero
Texto: Alberto Conejero
Dirección: Luis Luque
Reparto: Carmelo Gómez, Ana Torrent