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PROTOTIPO DE TEATRO DEL ABSURDO

Esperando a Godot: hablar de nada para decir tantas cosas

Esperando a Godot: hablar de nada para decir tantas cosas
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· Por Mariano Velasco

domingo 15 de diciembre de 2019, 09:27h
Sustentado en las excelentes interpretaciones de un grupo de actores sobresalientes, la última versión de ese clásico del siglo XX que es Esperando a Godot, dirigida por Antonio Simón en el Teatro Bellas Artes de Madrid, sabe poner en bandeja al espectador la conclusión de que el texto de Samuel Beckett es fiel reflejo de la vida misma, y que tan absurdo es el uno, el texto, como la otra, la vida.
Esperando a Godot: hablar de nada para decir tantas cosas

Esperando a Godot es prototipo de teatro del absurdo, pero su contenido es, sobre todo, existencialista. Tales etiquetas son como para que fuera catalogada de inmediato como obra difícil, solo para muy fans del dramaturgo irlandés. Nada más lejos de la realidad. Y ello gracias a la introducción de un inesperado elemento que, tanto el autor como, en este caso, los actores, dominan a perfección: el humor.

En tal sentido, unos sobresalientes Pepe Viyuela y Alberto Jiménez encabezan el reparto, dando vida a una peculiar pareja de vagabundos inseparables que son Estragón y Vladimir, quienes se pasan la vida, literalmente hablando, esperando a Godot.

Pareja no solo complementaria y sabiamente equilibrada, sino también de especial significado universal, y que remite a destacados antecedentes literarios, dramáticos o escenográficos, que van desde los mismísimos Quijote y Sancho hasta el clásico dúo de clowns de toda la vida.

Desde tan interesante punto de partida, la grandeza y universalidad de Esperando a Godot reside sobre todo en esa facilidad que tiene el texto de Beckett para, pareciendo que no nos habla de casi nada, contarnos tantas y tantas cosas que serían difícilmente numerables.

- Vámonos

- No podemos.

- ¿Por qué?

- Esperamos a Godot.

- Es verdad.

Se trata de uno de los diálogos que más repiten los personajes y que, por debajo de su aparente simplicidad, nos está hablando nada menos que del sentido de la vida misma, de la esperanza y, sobre todo, de la desesperación. Una desesperación que pudiera incluso conducir a poner fin a la propia vida.

Así avanzan las absurdas escenas entre los dos personajes, apoyadas escenográficamente sobre las únicas referencias de las vías de tren - tal vez abandonadas - y el árbol, unas veces reparador para el descanso, otras tentación para el suicidio. Hasta que la espera se ve interrumpida por la aparición de nuevos elementos, con los que la absurda vida, que nunca es sencilla, se complica todavía más.

La nueva pareja de personajes que se introduce en escena, Pozzo (Fernando Albizu) y Lucky (Juán Díaz), tan brillantes ambos como los primeros, se va a mover en registros bien distintos a sus predecesores, acabando hábilmente con la línea repetitiva de los diálogos, rompiendo todo equilibrio e introduciendo nuevos planteamientos y relaciones humanas muy efectivamente caricaturizadas, que en este caso van de superior a inferior.

Y a todo esto cabe preguntarse: ¿quién es Godot? El texto procura intencionadamente no dar pistas sobre su identidad. Salvo una, que tal vez resulte del todo reveladora: la primera parte de su nombre.

- ¿Y si no viene?

- Volveremos mañana.

Y así la vida vuelve a cobrar sentido una vez más, evitando, al menos de momento, un nuevo intento de suicidio.

Esperando a Godot, de Samuel Beckett

Teatro Bellas Artes de Madrid

Dirección: Antonio Simón

Reparto: Pepe Viyuela, Alberto Jiménez, Juan Díaz, Fernando Albizu, Jesús Lavi

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