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EL DÓLAR, HEGEMONÍA MONETARIA GLOBAL

Dolarización y deudalismo
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Dolarización y deudalismo

· Por Pablo Sanz Bayón, Profesor de Derecho Mercantil, Facultad de Derecho – ICADE, Universidad Pontificia Comillas

viernes 01 de mayo de 2020, 12:58h
Determinar las causas de la hegemonía del dólar exige preguntarse por quiénes se benefician de este statu quo, aparte de los que controlan política y bancariamente las fuentes de ese maná en su mismo origen. Si el dólar es la divisa que se usa en el comercio internacional, resulta comprensible que el resto de bancos centrales atesoren reservas de esta divisa. De ahí que estos inversores estatales pero también privados busquen conseguir rentabilizar esta inversión mediante la compra de activos financieros con los dólares que disponen.

De lo anterior se deduce que, en principio, una de las inversiones más seguras sea comprar deuda pública del Estado emisor de dicha moneda. Por esta razón la emisión de la moneda usada como reserva mundial confiere a EEUU una posición de predominio en la colocación de su propia deuda, como son los bonos del Tesoro. El propio emisor-deudor goza de un mercado cautivo que nutre asimismo de rentabilidad segura a sus inversores. Esto genera una retroalimentación e interdependencia en el dinamismo de los intereses conjuntos de los grandes grupos de inversión internacional, tanto en el mercado de deuda como en el mercado de divisas.

La hegemonía del dólar estadounidense implica que casi todas las grandes empresas transnacionales y Estados son usuarios de esta divisa y por tanto también son sus demandantes cautivos. A nivel de inversión, la presión de la demanda de dólares también lo es sobre la inversión en los bonos del Tesoro de EEUU, por lo que el interés de la deuda puede ajustarse a la baja sin merma de desincentivar a los inversores. EEUU puede emitir deuda pública muy barata y financiarse fácilmente, pudiendo su gobierno asumir gigantescos programas de gasto, como sucede en defensa y seguridad. Ningún otro país en el mundo tiene la posibilidad de financiarse y refinanciarse tan rápido y fácil como EEUU, al poseer la capacidad única de pedir prestado sabiendo que tiene un mercado de demanda amplio, estable, asegurado y ávido de dólares para destinar necesariamente en el comercio internacional.

La crisis de la pandemia en este primer semestre de 2020 está demostrando la singularidad estadounidense derivada de su hegemonía monetaria en la economía mundial. En un contexto de incertidumbre y volatilidad, el resto de los países están asumiendo amplios y costosos endeudamientos para garantizar la liquidez de su economía y reactivar sus estructuras administrativas y empresariales, pero lo están haciendo a cambio de prometer ajustes, en muchos casos draconianos, en sus partidas presupuestarias como garantía de retorno de la inversión a sus acreedores.

En el caso de EEUU la diferencia es sustancial respecto a la misma situación de crisis sistémica que sufren sus socios, porque si bien el mecanismo de inyección de liquidez se destina para el mismo fin de reactivación económica, su deuda se puede colocar en los mercados a tipos muchísimo más bajos y atractivos, comportándose como un activo refugio. Esto permite a EEUU ampliar su deuda pública sin obligarse a aplicar recortes para estabilizar sus cuentas, obteniendo de esa manera una ventaja comparativa respecto a las potencias dependientes y emergentes.

La crisis de 2008, sin la cual no puede entenderse la actual -que en puridad no es sino una continuación o agravación violenta de la primera- ejemplifica lo que acabamos de observar. Durante la Administración de Obama (2009-2016) la deuda pública de EEUU se incrementó alrededor del 75%, debido principalmente a los planes de rescate de su sistema financiero. Solamente durante los dos primeros años de la crisis, la deuda estadounidense pasó de 10,2 billones de dólares en 2008 a 13,5 billones de dólares en 2010. El récord del déficit se alcanzó en 2009 con 1,4 billones de dólares. Obama dejó la Casa Blanca cuando la deuda total se situaba en 19,9 billones de dólares.

En los primeros tres años del mandato de Trump la deuda creció otro 16%. A finales de 2019, el Departamento de Estado de EEUU reveló que el déficit presupuestario se había disparado un 26% en el año fiscal 2019 (984.000 millones de dólares), la cifra más alta en siete años. En consecuencia, el desequilibrio fiscal pasó del 3,8 % en 2018 a 4,6 % en 2019. Pero estos datos tan recientes ya son historia porque la deuda se disparará drásticamente con las políticas de estímulo anunciadas desde su Administración para hacer frente a las consecuencias de la crisis pandémica, que en su conjunto van a suponer una movilización de más de 2 billones de dólares, hasta el momento. Dolarización y deudalismo son dos fenómenos que se retroalimentan.

A la vista de estos datos, es obvio que en los aspectos esenciales de su política monetaria y financiera, demócratas y republicanos cierran filas y caminan en la misma dirección, como se vio en 2008 y como se está observando en lo que llevamos de 2020. La bicefalia partitocrática de Washington alcanza un consenso irrefutable en cuanto a los postulados que orientan y condicionan las políticas más nucleares de su sistema hegemónico. De hecho, si nos remontamos a mediados de 2019, recalamos en el acuerdo presupuestario que alcanzaron los dos partidos para que el Congreso autorizara al gobierno de Trump a elevar en 320.000 millones de dólares la capacidad de gasto, eliminando así el techo de la deuda hasta el 31 de julio de 2021, después de las elecciones de 2020. Ahora queda por ver si en pleno año electoral y con una crisis de dimensiones imprevisibles, los demócratas accederán a votar otra vez a favor de elevar más este techo de gasto. Una medida en tal dirección permitiría a Trump gastar mayores cantidades de dinero y por tanto tener más opciones de ser reelegido en noviembre.

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