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UNA TIRANÍA QUE SE DILATA

En la Corte del Rey Covid

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· Por Edward Martin

domingo 22 de noviembre de 2020, 12:52h
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Cualquier mente despierta puede verificar, sin problemas, que la estrategia desarrollada por numerosos gobiernos ha conseguido asustar, cruzar líneas rojas y tomar el control de sus vidas. No importa el impacto ni la ruina que se cause a empresas y particulares. Se crea un falso dilema que plantea la dramática elección entre salud y economía y así quedan tapadas la desorganización, la negligencia y la conculcación de derechos fundamentales.

Desde la irrupción del tiránico Rey Covid en nuestras vidas, no somos pocos los que hemos expresado nuestro desacuerdo con unas medidas tan bienintencionadas sobre el papel como devastadoras en la práctica. Sin embargo, los cortesanos del pandémico monarca han decidido que ninguna opinión divergente (por moderada y bien fundamentada que sea) tenga cabida en los medios de comunicación más relevantes. Da igual si uno es un profesional muy respetado en su sector de actividad o bien un científico de nivel y reconocimiento máximos. Toda disidencia ha sido apartada, marginada y rectificada bajo la amenaza de ser marcado ad aeternum a fuego como aliados de negacionistas, “conspiranoicos” y otras indigestas hierbas.

Una legión de mandarines con vitola “científica” se erigido en una especie de Ministerio de la Verdad orwelliano y máxima autoridad en verificación de hechos y noticias. Desde su autoproclamada “neutralidad independiente” mete en el mismo saco a personas merecidamente prestigiosas sin conflicto de intereses y a productores de noticias falsas y teorías sin rastro de base sólida o certeza. La última consecuencia es que los mandarines de turno han desplegado una ofensiva organizada contra los medios independientes “disidentes”, cuyos videos son borrados sistemáticamente en redes sociales muy conocidas y masivamente frecuentadas.

Si en medio del caos y la falta de diligencia a escala europea surgen enfoques de gestión alternativos como el propugnado por las autoridades de Suecia (que, desde un pincipio, no cerró los centros de enseñanza ni impuso el confinamiento domiciliario severo a la población) toca darle lecciones de responsabilidad a las autoridades escandinavas con una arrogancia y un descaro que dan vergüenza ajena. ¿Acaso en Suecia se han mostrado arrepentidos por haber adoptado una determinada estrategia que, guste o no, ha funcionado? Ni por un momento. Ahora que se siguen certificando muertes y contagios por Coronavirus en residencias de mayores en España, cabe señalar que en Suecia “no se hicieron los suecos” y evaluaron anticipadamente una serie de riesgos, una vez percatados de lo que se les venía encima. En suma, optaron por la prevención frente a una cura de dudosa eficacia y socialmente dañina.

Como socialdemócrata convencido, estoy orgulloso de poder señalar que desde el comienzo de la crisis provocada por la actual pandemia, Suecia tuvo muy claro que no estaba dispuesta a poner en práctica medidas que fueran en contra de la esencia de la democracia y vulnerasen los derechos más fundamentales e irrenunciables. Por el contrario, en España se muestra sorpresa e indignación cada vez que alguien solvente y documentado se pregunta en voz alta si algunas soluciones aplicadas no producen más inconvenientes que los que el problema central ocasiona.

Al calor de una política pública de defensa de la salud más que discutible, las consignas y los mantras se fundieron en un solo canto general (muy distante del original de Pablo Neruda y tan bellamente musicado por Mikis Theodorakis). La letra de la canción que el gobierno de España ha compuesto dice: “Cerrar, cerrar, cerrar hasta confinar”. Y así ha sido. No se ha salvado nada ni nadie. Ni las oficinas de las administraciones públicas, ni los centros de servicios sociales esenciales, ni los centros de enseñanza, ni el gallo que canta al amanecer. Todos confinados desde marzo hasta mayo, tragando cucharadas de bálsamo de Fierabrás y purgando tanto los cuerpos como los presuntos pecados.

Según la lógica avasalladora descrita, quienes hemos osado cuestionar alguna medida o actuación hemos pasado a convertimos en enemigos y somos acusados de “agentes al servicio del negacionismo”, “irresponsables de manual”, “insolidarios”, etcétera. Entrando de lleno en lo tocante a la insolidaridad, un servidor de ustedes se atreve a calificar de insolidarias a todas aquellas personas con responsabilidades políticas e institucionales, que presas del “papanatismo” miedoso (y obedientes a la voz de mando que les ha colocado en su puesto) dejaron servicios desatendidos a los conciudadanos que representan a nivel local, autonómico y estatal. Seguro que muchas de ellas no repararon en la cantidad de problemas de toda índole que el confinamiento indiscriminado ha causado a la mayoría de la población en España. ¿Cómo es posible que probos “padres de la patria” no propugnasen, en todo momento, criterios de mesura y proporcionalidad apoyando confinamientos “quirúrgicos” parciales y delimitados en función de la incidencia constatada del temible Coronavirus en áreas geográficas concretas?

Ni antes ni ahora comprendo o justifico a quienes, abrumados por las cascadas de noticias que se iban sucediendo, han plantado en el centro de nuestras vidas un monotema a modo de árbol que ha tapado a otros (la mala gestión, la descoordinación, el desamparo de los más débiles, el confinamiento obligatorio de las víctimas con sus maltratadores, la condena y censura de opiniones discrepantes, etcétera). Algunos no han entendido que la base del legítimo ejercicio de crítica no se apoya en señalar con el dedo o en culpar cicateramente. Se basa en evaluar, con exactitud, las consecuencias de las actuaciones de los responsables públicos. Y eso lleva, indefectiblemente, a elaborar un análisis minucioso del binomio coste-beneficio social, algo absolutamente imprescindible que no puede estar sujeto a amenaza de “excomunión” ni de muerte civil para quienes defendemos una posición -parcial o totalmente dsiscrepante- de manera razonable, justa y conforme a derecho.

No deja de ser tan paradójico como irónico que se tache de “insolidarios” a quienes mostramos empatía hacia todas las personas que estaban confinadas en espacios minúsculos, las mujeres obligadas a permanecer 24 horas junto a sus maltratadores, las personas sin familia y abandonadas solas en sus casas. También con quienes no han recibido atención médica para tratar otras patologías muy graves distintas al Coronavirus, o bien se han quedado sin trabajo, sustento o medio de vida. Y cómo no, también nos preocupamos por los seres no humanos y dependientes abandonados como náufragos a la deriva y que han dado con sus huesos en las consabidas protectoras de animales.

A día de hoy, disponemos de informes que certifican lo que ha acontecido en las residencias de ancianos, amén del flagrante abandono y el cruel sufrimiento ocasionado: personas adultas, en pleno uso de sus facultades mentales, fueron encerradas bajo llave junto a cadáveres. Personas mayores incapaces de comprender por qué sus familiares “se habían esfumado en el aire” y por qué, en algunos casos, eran víctimas de escarnio y maltrato. Muchas de ellas han fallecido en la más absoluta soledad, completamente desamparadas. ¿Quién les va a explica a sus familiares el motivo por el cual no han podido acompañarles para aliviar sus penas y sufrimiento o bien despedirse dignamente de ellas?

Aquí no se trata de conectar la máquina de la culpa para acabar incriminando a todos aquellos que adoptaron determinaciones o decisiones condicionadas por el miedo justificado o se vieron forzados legalmente a aplicar reglamentos brutales. Sí se trata de poner de manifiesto cómo desde el descaro, la demagogia y la falta de diligencia, algunos (con mando en plaza) se han atrevido a calificarnos de “insolidarios” a quienes, mostrando un alto grado de compromiso cívico y sentido de la “otredad”, nos hemos atrevido a poner en tela de juicio el conjunto de estrategias adoptadas para plantar cara a la pandemia que nos diezma y amenaza desde hace meses. Quiero pensar que, dentro de un tiempo, algunas voces críticas reflexionaran en voz alta con ánimo constructivo y altruista sobre este asunto.

A mi entender, ya se ha agotado el tiempo de dedicarse únicamente a reclamar un refuerzo de los servicios públicos esenciales -que debería garantizarse constitucionalmente a escala estatal y europea- sin ir al fondo de un asunto de crucial trascendencia: el diseño y aplicación de protocolos derivados de situaciones de emergencia vital exigen una respuesta pública de salud y seguridad integral que no active, de manera automática, confinamientos y protocolos carentes de mesura, lesivos de los derechos fundamentales y destructores del medio de vida y sustento de millones de familias e individuos.

No dejaré pasar la ocasión de comentar que las ayudas públicas no alcanzan a todos del mismo modo, incumpliendo el propósito gubernamental de “no dejar atrás a nadie”. ¿Cómo es posible que no se tuviese en cuenta que los recursos disponibles eran insuficientes a la hora de afrontar eficazmente una demanda de tal magnitud? ¿Por qué no se contempló todo sinónimo de caos, perjuicio y coste social antes de decidir forzar cierres de negocios y confinamientos domiciliarios obligatorios? A estas alturas, se me antoja muy difícil revertir el daño causado a empresas y particulares, si bien es cierto que cuanto más se tarde en invertir cabalmente las ayudas y fondos de rescate procedentes de la Unión Europea más se tardará en implementar eficazmente los venideros procesos de reconstrucción social.

Por último, me asombra comprobar cómo personas de renombre -que acostumbran a cuestionar el orden establecido- han brillado por su silencio en un ambiente general dominado por actitudes de mansedumbre “seguidista”. ¿Dónde se han metido quienes se han distinguido por cuestionar las políticas auspiciadas por un organismo como la OMS? Tutelada por grandes compañías multinacionales y grupos de presión que no están interesados en la defensa y protección del bien común, no hace falta ser Sherlock Holmes para indagar en las fuentes de financiación de la citada entidad supranacional y en la facilidad con la que ésta facilita, con frecuencia, valiosos recursos humanos a la industria médico-farmacéutica.

Espero y deseo que todas aquellas personas que, hasta la fecha, no justifican el abuso de los mecanismos coercitivos y represivos públicos y privados (desde el más sutil hasta el más contundente) para ningún fin, se tomen la molestia de reflexionar sobre las prácticas en las que el género humano ha incurrido durante los meses de confinamiento severo. Confío en que las mentes librepensadoras -las mismas que creen que los “mass media” son propiedad de grupos de influencia y poder- no dejen de poner en tela de juicio lo que se difunde interesadamente en redes sociales y medios de comunicación influyentes. Les ruego expresamente que no se priven ni de cultivar ni de fomentar el sano hábito de analizar, con ojo crítico, todas aquellas noticias cuyo leitmotiv es la salud. Aunque casi todos estamos acostumbrados a delegar, en mayor o menor medida, los asuntos sanitarios en la medicina más convencional, ojalá que el miedo, el hastío o la desconfianza no anestesien nuestra humana capacidad de discernir crítica y rigurosamente, alejados de todo vestigio de ingenuidad e hipercriticismo irresponsable.

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