GENIALIDADES QUE HACEN HISTORIA

Malos estudiantes, grandes genios

Malos estudiantes, grandes genios

· Por Luis Morales Rotger, Abogado y Escritor

martes 20 de abril de 2021, 08:49h
John Lubbock Avebury, naturalista inglés y gran amigo de Charles Darwin (con quien mantuvo una estrecha colaboración hasta su muerte) destacó como entomólogo, ocupándose intensamente en el estudio del comportamiento de los insectos así como de sus capacidades sensoriales y de aprendizaje.

Fruto de su innata curiosidad y capacidad de investigación, presentó en 1855 el siguiente estudio -ante la prestigiosa Geological Society- que podemos resumirlo en los siguientes términos:

“Meted en una botella media docena de moscas y media docena de abejas, seguidamente colocad la botella en posición horizontal con el culo hacia la ventana del cuarto; las abejas se obsesionan, durante horas, hasta morir de cansancio o de inanición, buscando una salida a través del fondo del vidrio, mientras que las moscas, en menos de dos minutos, habrán salido en el sentido opuesto por el cuello de la botella”.

Era conocida por toda la sociedad científica la superior inteligencia de las abejas comparada con la de las moscas, y a pesar de ello estas últimas fueron mucho más hábiles para salir del paso y encontrar su camino aunque fuese a trompicones

No hay que obsesionarse por la razón, pues, como hacen las abejas. “Lo que las pierde, en el experimento del sabio inglés, es su amor a la luz y su propio raciocinio. Se imaginan, equivocadamente, que en toda prisión el rescate se encuentra por la parte de la mayor claridad; obran en consecuencia y se empeñan en ser demasiado lógicas “.

En el mundo de la empresa y de los negocios en general, no son pocas las ocasiones en que se impone la buena suerte de los tontos, que logran el éxito allí donde otros más calificados sucumben.

Lean si no el caso que expongo a continuación:

Durante nuestros años de colegio, todos nos hemos tropezado con una leyenda viva: aquel compañero de clase que conseguía, sin aparente esfuerzo, hacerlo todo bien. No importaba que fueran asignaturas de ciencias o humanidades, sus notas siempre superaban las nuestras... ¡Incluso destacaba en deporte!

José Gris pertenecía a esa especie privilegiada, aunque, por desgracia, un cúmulo de circunstancias, que sería prolijo enumerar, había impedido que su brillante porvenir profesional se hubiera desarrollado. Se había quedado estancado en un cargo intermedio de la única empresa donde había trabajado desde que finalizó sus estudios.

Aquel luminoso atardecer de junio, mientras paseaba de regreso a casa, José escuchó cómo un lujoso automóvil aminoraba la velocidad, ajustándola a su paso.

Al detenerse a su lado, descubrió una cara que lo miraba sonriente desde el asiento del conductor. Sus rasgos le resultaban familiares, pero no conseguía recordar ni quién era ni dónde se habían conocido.

El desconocido bajó el cristal de la ventanilla y le dijo:

—José, eres tú, ¿verdad? ¿No me conoces? Soy Ignacio, Ignacio Malo.

Aquel nombre lo situó treinta años atrás y le evocó la figura, bastante borrosa, de un compañero de estudios. Sin darle tiempo a devolver el saludo, el lujoso vehículo ya había montado medio chasis en la acera.

—¡Joder, José, cuánto tiempo! Dudaba de que fueras tú… Oye…, ¿yo también estoy tan estropeado?

«La verdad es que no», pensó algo irritado.

Su amigo exhibía un vistoso bronceado y conservaba un cuerpo juvenil enfundado en un carísimo traje a medida.

Tras una breve pausa, José respondió a su antiguo condiscípulo:

—Parece que la vida te ha tratado bien: un buga espectacular, ropa de sastrería… ¿Cuál ha sido tu secreto? Porque, si no recuerdo mal, como estudiante no destacabas demasiado —le dijo devolviéndole la puya inicial.

—Tienes razón, José… A diferencia de ti, que eras la leyenda viva del colegio, siempre fui un zoquete. Pero tuve la suerte de asistir a la clase en la que explicaron la regla del diez por ciento. La he aplicado siempre en mis negocios, y ahí me tienes… montado en el euro.

—¿La regla del diez por ciento? —preguntó José, absolutamente descolocado.

—Sí, hombre, ¡no me digas que no la sabes! Compro a diez, vendo a cien y con ese diez por ciento me gano la vida.

«O trabajas o te haces rico —se dijo José—. ¿Quién es ahora el tonto?».

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