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LAS FIESTAS QUE PAGAMOS LOS CIUDADANOS

Del despilfarro a dejar de ser independentista
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Del despilfarro a dejar de ser independentista

· Por César Alcalá

martes 13 de julio de 2021, 09:05h
Siguen saliendo a la luz las irregularidades que el Govern de la Generalitat hizo desde 2011 a 2017. Prueba de ello son los 5,4 millones de euros que el Tribunal de Cuentas les pide a diferentes personajes relevantes del procés. Como que el dinero público no es de nadie, decidieron gastarlo en sus particulares quimeras. Luego se extrañan que los denuncien. El dinero público sale del dinero de los impuestos de todos los españoles. Esos 5,4 millones de euros se habían recaudado en todas partes. Quizás andaluces, extremeños, aragoneses, madrileños… puedan sentirse enfadados por gastarse su dinero en aquellas cosas que no sirven para nada.

¿Y en qué se lo gastaron? Organizaron actos y encuentros internacionales con diputados, periodistas, académicos y grupos de presión para dar a conocer la situación política en Cataluña. Reivindicaron el derecho a decidir y defender la legalidad de las consultas populares. Los ponentes ofrecían una visión de que Cataluña era un pueblo prohibido o que España había vuelto a su pasado dictatorial. En una cena, por ejemplo, se gastaron 1.915 euros. De ellos 633 euros correspondían a vino.

¿Para que sirvió todo ese dispendio de dinero? Sencillamente para nada. Bueno, sí. Para que algunos vivieran muy bien y se pegaran la vida padre. Y es que se lo supieron montar muy bien. Viajes pagados, a los mejores sitios, con las mejores cenas y hoteles, para charlar sobre algo que sabían no ocurriría nunca. Y además mintiendo, porque ni España era un país dictatorial, ni ellos querían la independencia. Lo que pasa es que con esta excusa vivieron como ricos durante seis años.

Lo grave del asunto no es que mientan. Tampoco que construyeran quimeras sobre unos ideales fantasiosos. Tampoco que convencieran a una parte de la ciudadanía. Lo grave es que robaran a la sociedad catalana y española, se olvidaran de gobernar y no invirtieran ese dinero en necesidades básicas. Eso es lo vergonzoso del caso. Como también lo es que estemos pagando la casa del fugado Puigdemont en Waterloo. Como lo es el aval que quiere presentar el Govern para solventar los 5,4 millones de euros. Los condenan por malversar dinero público y, ahora, con otro dinero público quieren tapar el malgastado entre 2011 a 2017. Vuelven a repetir lo mismo porque están atrapados en su mentira.

Esta es la realidad. Como escribió Jaime Gil de Biedma: “Que la vida iba en serio uno lo empieza a comprender más tarde”. Ese “tarde” es ahora. Se pensaban que todo quedaría en nada. Que podían saltarse la ley, hacer de las suyas, poner en jaque las instituciones del estado y luego, pidiendo perdón y añadiendo que todo era un broma, las cosas se olvidarían. Pues no. La vida iba en serio. Y esta seriedad se llama 5,4 millones de euros. Cuando han visto que peligra su patrimonio personal se han puesto nerviosos. Esto se tiene que arreglar, han dicho. ¿Y cómo? Como que nosotros lo hicimos por el bien de la Generalitat y Cataluña. Ahora ellas nos tienen que devolver el favor. Pero así no van las cosas.

Lo hicieron por propia voluntad. Ganaron dinero con ello. Es decir, no fue un trabajo altruista. Sabían las consecuencias y hemos de suponer que las aceptaron. ¿Por qué ahora se les tiene que salvar? Y menos con dinero público. Están en una espiral de despropósitos. Llevan años pidiendo ayuda, que los saquen de ahí, sin que nadie les haga caso. Por eso quieren la amnistía, para hacer borrón y cuenta nueva. No querían salir de la cárcel o sí. Lo que más les importaba era la amnistía, porque “la pela es la pela” y 5,4 millones es mucho dinero.

Lo peor de todo ello, al menos para ellos, es que la juventud cada día es menos independentista. Han conseguido que no les hagan caso, que no les crean cuando dicen tal o cual cosa. Todo el plan educacional se les está cayendo por su propio peso. La inmersión se está descafeinando. Existe entre la juventud cada vez un sentimiento más español o catalán, pero muy alejado de los postulados independentistas.

Y esto no lo digo por decir. En un informe el Institut de Ciències Polítiques i Socials concluye que los jóvenes catalanes son cada vez menos independentistas. Si entre los jóvenes de 18 a 24 años, en 2017 había un 56% que estaban a favor, en 2020 la cifra cae al 36%. De 25 a 34 años, en 2017 era de un 40% y en 2020 de un 35%. En esta última franja no ha habido una bajada tan pronunciada como el 20% de la primera.

Y esta misma fotografía la podemos llevar a otras francas de edad de la sociedad. La gente mayor de 64 años, en 2017 estaba en el 55% y en 2020 en un 38%. De 50 a 64 años bajan también un 10%. Los únicos que se mantiene estables son los de 35 a 49 años. En el 2017 el titular de un diario decía: “Los catalanes menores de 25 años son más independentistas que sus mayores”. Ahora lo podíamos cambiar diciendo: “Sólo los catalanes de 35 a 49 años son los más independentistas”. Es un cambio sustancial.

Con lo cual llegamos a una conclusión. De 2011 a 2017 hicieron todo lo posible para convencer al mundo que Cataluña era un país subyugado a un estado opresor que les impedía ser libres y que les condenaba por sus ideas. No les sirvió de nada. Desde que Jordi Pujol puso en marcha el Programa 2000 se ha adoctrinado a la juventud catalana para la independencia. No les ha servido de nada. Quizás empieza a ser hora de que se olviden de esa quimera y empiecen a gobernar para todos los catalanes. Josep Tarradellas dijo que “en política se puede hacer todo menos el ridículo”. Ellos lo están haciendo cada día.

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