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Santidad, perdónalos: no saben lo que dicen

Santidad, perdónalos: no saben lo que dicen
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· Por Francisco Trejo Jiménez

lunes 08 de junio de 2026, 18:42h

Hay momentos en la historia en los que una sociedad parece perder el norte sin darse cuenta. Continúa caminando, legisla, debate, vota y proclama avances, dejando de preguntarse hacia dónde se dirige. Confunde el movimiento con el progreso y la voluntad con la verdad. Por eso las palabras de Su Santidad León XIV han resonado con una fuerza especial en España, particularmente en su intervención ante el Congreso de los Diputados. No porque fueran nuevas, sino precisamente porque son antiguas, tan antiguas como la propia civilización cristiana, tan antiguas como la certeza de que toda vida humana posee una dignidad que no depende de encuestas, ideologías ni mayorías parlamentarias.

Cuando el Papa recordó que la vida debe ser protegida desde la concepción hasta su ocaso natural, algunos reaccionaron con gran irritación, otros, con abierto desprecio. No faltaron tampoco quienes acusaron a la Iglesia de atacar supuestos derechos fundamentales. Entre las voces más críticas se encontraron dirigentes de Podemos como Ione Belarra e Irene Montero, defensoras de las leyes del aborto y de la eutanasia, que interpretaron las palabras del Pontífice como una agresión a conquistas sociales que consideran irrenunciables.

Santidad, perdónalos, no saben lo que dicen. Y, en ocasiones, tampoco parecen saber lo que hacen.

No saben lo que dicen cuando llaman progreso a que un niño concebido se convierta en un problema que debe ser eliminado, no saben lo que dicen cuando presentan la muerte provocada como la máxima expresión de la compasión, no saben lo que dicen cuando confunden el acompañamiento con la renuncia, el cuidado con la eliminación y la dignidad con la desaparición. De ahí que nos encontremos ante una paradoja extraordinaria. Nunca una sociedad habló tanto de derechos mientras discutía con tanta ligereza sobre el derecho que hace posibles todos los demás, el derecho a la vida; y nunca una sociedad invocó tanto la dignidad humana mientras se cuestionaba con tanta facilidad el valor de la existencia de los más vulnerables.

Los nuevos sacerdotes de la corrección ideológica levantan sus dogmas desde las tribunas parlamentarias y repiten sus consignas con la seguridad de quien cree haber derrotado a la historia, pero la historia tiene memoria, y nos recuerda que todas las civilizaciones que comenzaron relativizando el valor de la vida terminaron por relativizar también el valor de la persona. En este sentido, la doctrina de la Iglesia no cambia porque cambien los gobiernos, no se modifica porque una mayoría ocasional así lo decida, no depende de los sondeos ni de los ciclos electorales; su fundamento es más profundo y está basado en la convicción de que cada ser humano posee una dignidad inviolable desde el primer instante de su existencia hasta el último aliento natural.

Mientras algunos celebran leyes que convierten la eliminación de la vida en un supuesto avance social, la voz de León XIV se alza como un faro en medio de la tormenta. Resulta especialmente significativo que haya tenido que hacerlo en una España donde el actual Gobierno social comunista pretende presentar como conquistas sociales leyes que, para millones de ciudadanos, representan justamente lo contrario, la normalización jurídica de una cultura que considera disponible aquello que debería ser inviolable.

No deja de ser llamativo que quienes afirman defender siempre a los débiles excluyan de esa categoría a quienes carecen por completo de voz para defenderse, e igualmente paradójico que quienes hablan constantemente de inclusión olviden precisamente a quienes dependen por entero de la protección ajena: el no nacido, el enfermo vulnerable, el anciano frágil o la persona que atraviesa el sufrimiento más duro de su existencia.

Santidad, perdónalos, porque han llegado a creer que la libertad consiste en decidir quién vive y quién muere, que la compasión consiste en adelantar el final, que la dignidad depende de la autonomía, de la salud o de la utilidad, e incluso han llegado a presentar como derechos fundamentales lo que ni siquiera la Constitución española reconoce actualmente como tales. La verdad sigue siendo la misma. La dignidad no se vota, la inocencia no se negocia, la vida no se concede desde un despacho, por lo que ningún parlamento tiene autoridad moral para alterar el valor intrínseco de un ser humano.

Pasarán los gobiernos, pasarán las modas ideológicas, pasarán las leyes que hoy algunos consideran intocables, e incluso, las consignas y los discursos que hoy ocupan titulares, pero permanecerá la verdad de que toda vida humana merece ser acogida, protegida y amada. Por eso, frente al ruido de la política y la arrogancia de quienes creen escribir una nueva moral desde el poder, muchos españoles encontraron en las palabras de León XIV algo que parecía olvidado: una defensa serena, firme y valiente de la vida.

Y quizás, quizás por eso les molestó tanto, Santidad.

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