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Verdad

Verdad
domingo 14 de junio de 2026, 08:33h

El mundo se ha transformado; ya no importa contar la verdad, lo único que ahora importa es convencer. La verdad, ya no se transmite tal cual es, se manufactura en laboratorios sociales, muchas veces de dudosa ética en sus procesos, para acelerar su general aceptación. No gana quien la da a conocer en su acertada realidad; vence quien antes, en su formato aparentemente más funcional, la coloca en el mercado.

Hasta aquí, en lo antedicho, estoy convencido de que no sería muy difícil ponerse de acuerdo; lo complicado es determinar cuándo se produjo la fatal transformación. Personalmente, considero que sería lo más natural, salvo por los ingenuos, pensar que esto ya ocurría también de alguna manera antes de la invención de la imprenta.

Que dos opuestos cuerpos de una verdad no puedan ocupar en el mismo momento el mismo espacio se conoce como impenetrabilidad. Que el mismo cuerpo de una verdad ocupe dos espacios distintos en el mismo momento se llama ubicuidad.

La verdad puede sin problemas alcanzar la ubicuidad, pero jamás vence la impenetrabilidad. Y en el desconocimiento de esta natural verdad ha estado el origen de muchas ilusionantes empresas fracasadas y el de muchas exitosas empresas desilusionantes.

La auténtica verdad prima una historia vivida frente a la historia vendida, envuelta con papel de conveniencia que define la verdad alambicada. Ahora, entre los que toman decisiones de amplio espectro se impone, mientras sirva, la aprovechada representación guionizada incluso de lo que nunca se ha vivido.

Mientras, entre los que asumen y acatan sumisamente la toma de las decisiones de otros, no se jalea la verdad; por cómoda inercia, se aplaude la versión confortable de la verdad.

En lo individual, la verdad auténtica puede llegar a incomodar no poco, porque la responsable particular verdad de cada cual precisa enfrentar un camino que terminará por marcar de manera indeleble el alma, y en tales cuitas se corre el riesgo de descubrir el monstruo que allí habita.

La verdad es intemporal; cuando llega, se queda. Contrariamente a lo que se piensa, la voluntad de permanencia de la humana verdad en el hombre no es estar siempre presente ni aparecer constantemente; es sencillamente no traicionarse cuando todos esperan que lo hagas.

Y llegados hasta aquí, para los que suspendieron la versión extendida del curso de “Experto en no confiar en la gente, mejor acudir a la máquina”, es ineludible no aludir a ella, dado que con la aparición de la ya famosa inteligencia artificial se plantea más de un dilema a la hora de evaluar la verdad.

La verdad natural no es una sola, sin que tampoco haya tantas como personas; en la botella con visible contenido por la mitad, hay dos verdades que pacíficamente cohabitan; simultáneamente está medio llena y también medio vacía. Con independencia de la forma media en que la veas, en ambos casos te dirás: ¡Aun eso queda! Pero si la bebes por obligación, tu verdad no se ve igual que si lo haces por gusto.

Con su aparición me hago una pregunta: ¿La verdad que proporciona la inteligencia artificial es natural o artificial? Entiendo que, por coherencia con la esencia del elemento que hace posible su manufactura, será también, cuanto menos de alguna manera, un poco artificial.

Y en consecuencia, la inteligencia artificial, me temo que para prosperar tendrá ineludiblemente como finalidad reducir la verdad, sobre todo la parte artificial que por definición le es propia; la razón, conseguir aproximarnos a una sola válida por igual para todos, pues, salvo que se me escape algún detalle, de momento la artificial no funciona bajo motivación o pulsión natural; siguiendo con el ejemplo, no se deja influir ni por la obligación ni por el gusto. La verdad artificial en lo sentimental es un menú de plato único, cuyo contenido está vacío.

Desconfío de lo que me hace sentir que envejezco más de lo que me corresponde hacerlo como consecuencia del mero paso del tiempo. Por eso rechazo estar de manera incondicional al lado de la aparente ilimitada verdad de la inteligencia artificial y prefiero, por si acaso, colocarme del lado de la segura verdad finita de la inteligencia natural.

De momento, consciente de lo que me supera, no sé si en ideas, pero sin duda sí y mucho en argumentos, me aproximo a ella, la IA, con cautela, seguramente por ignorancia, como ya he dicho, desconfiado; procurando fijarme, cuando acudo a ella, sobre todo en lo que en ella echo de menos, al modo del zote del estudiante al que el profesor de filosofía, para redimirlo, le indicó que se leyera las obras completas de Aristóteles y luego, al llegar el día del examen, resumiera por escrito en una sola idea lo que tales magníficas lecturas le habían sugerido, y esto fue lo que el alumno plasmó en el folio que al terminar el curso entregó al profesor: Obcecado por mis desmesuradas expectativas en la lectura del tal Aristóteles, con origen en su insistencia, he echado mucho de menos no haber encontrado en toda su destacada y extensa obra una sola línea que hiciera referencia a esas personas que viven sin solución de continuidad en permanente contacto con el hielo y el frío; me refiero a esos peculiares seres humanos, para mí tan entrañables, que se conocen con el nombre de esquimales.

Y al pensar en todo ello, la única verdad solo la encuentro en que ambas inteligencias, natural y artificial, tienen en común que las dos, en aras de la estabilidad, hacen lo máximo que pueden; y luego llega la fortuna, a la que poco le importa cualquier inteligencia, y en su legítima arbitrariedad desordena lo que le da la gana.

La relación de la confianza con la verdad es antigua, y se fortalece cuanto más eficiente es la práctica de la inteligencia que las une. Al despedirse, él le dijo: Dime la verdad, ¿confías en mí? Y ella contestó: Precisamente porque jamás confiaría en ti, tengo por costumbre solo decirte la verdad; por mi seguridad, nunca depositaría en ti, para su guarda y custodia, ninguna de mis necesarias mentiras vitales.

No dudo de la posible complementariedad y el probable buen encaje de las dos inteligencias: la natural hace años ya concluyó que solo hay una revolución verdadera para toda la humanidad, la de los buenos frente a los malos; y dada la imposibilidad de la anterior para contestar de forma certera, ahora le toca la ardua tarea a la artificial de responder quiénes son los unos y quiénes son los otros.

Lo desconocido, ni es falso ni es verdadero, no es susceptible de ser un objeto donde ejecutar sobre él la opción de ser contado o ser callado. Por tanto, solo se puede silenciar lo que se sabe o parte de lo que se sabe; la inteligencia natural de forma hábil con habitualidad decide sobre lo que conoce que parte de la verdad contar exactamente y también la parte sobre la que por el bien general guarda silencio.

Y he aquí algo que de momento me inquieta: sobre lo que sabe, que sabemos o cuanto menos sospechamos que es mucho, cuando se le pregunta [a la inteligencia artificial] y sobre el tema tenemos la sospecha de que igual sería conveniente callar algo por prudencia, suponiendo que esté programada para poder hacerlo, al recibir su respuesta, antes de darla por buena, no puedo evitar preguntarme: ¿Será posible alguna vez saber qué parte de verdad silencia y nos oculta esta artificial inteligencia?

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