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Ferrol no puede elegir entre empleo y seguridad

China pone su fábrica de coches junto a una base naval española, y eso ha encendido las alarmas del Ejército y servicios de inteligencia españoles.
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China pone su fábrica de coches junto a una base naval española, y eso ha encendido las alarmas del Ejército y servicios de inteligencia españoles.

· Por Claudio Paya, Doctor en Ciencias Humanas, Sociales y Jurídicas

viernes 14 de agosto de 2026, 08:54h

Hay decisiones políticas que parecen sencillas hasta que aparece la realidad para recordar que casi nunca lo son, y la posible instalación de una fábrica de automóviles del grupo chino SAIC en Ferrol es una de ellas. Sobre el papel, el proyecto tiene todos los ingredientes para ser celebrado, una inversión inicial de alrededor de 200 millones de euros, la creación de un importante número de puestos de trabajo y la posibilidad de convertir una ciudad castigada durante décadas por la pérdida de actividad industrial en un nuevo polo de la industria del automóvil.

Para Ferrol, una ciudad que sabe demasiado bien lo que significa depender de sectores sometidos a continuas transformaciones, no es una oportunidad menor. Pero hay un problema que no puede despacharse con un discurso de bienvenida a la inversión extranjera: la ubicación.

La fábrica estaría próxima al Arsenal de Ferrol y a las instalaciones de Navantia, un entorno que no es una zona industrial cualquiera. Allí se desarrollan actividades relacionadas con la defensa nacional y se construyen buques dotados de tecnologías sensibles. Precisamente por esa proximidad, el Ministerio de Defensa y el CNI han expresado preocupación por los posibles riesgos de seguridad asociados al proyecto.

Y aquí empieza la verdadera discusión. No hace falta caer en la paranoia para entender que la seguridad nacional ha cambiado. El espionaje del siglo XXI no necesita necesariamente a un agente escondido detrás de una cámara. Puede servirse de tecnologías digitales, comunicaciones, sistemas conectados, imágenes, datos o incluso de la información aparentemente inofensiva que se obtiene mediante la observación cotidiana. En un mundo en el que la industria y la tecnología forman parte de la geopolítica, una fábrica de automóviles tampoco es simplemente una fábrica de automóviles.

Pero no sería razonable convertir el origen chino de una empresa en una prueba automática de que existe una amenaza. Esa conclusión sería tan peligrosa como ignorar las advertencias de los servicios de seguridad. La nacionalidad de una compañía no puede sustituir al análisis de los riesgos concretos.

Por eso el debate debería ser mucho más serio que el enfrentamiento político que ya empieza a dibujarse. La pregunta no debería ser ¿fábrica sí o fábrica no? La pregunta correcta es otra: ¿puede hacerse la fábrica de manera compatible con la seguridad nacional?

Si la respuesta es sí, el Gobierno tiene la obligación de explicarlo y establecer todas las garantías necesarias, y si la respuesta es no, tendrá que explicar por qué una inversión que parecía estratégica deja de serlo cuando se coloca junto a una infraestructura militar igualmente estratégica.

Lo que no parece aceptable es que una administración hable de una oportunidad histórica mientras otra advierte de riesgos para la seguridad, y que el ciudadano tenga que limitarse a contemplar la disputa desde fuera: la transparencia debería ser una condición imprescindible.

También resulta difícil ignorar un elemento que debería hacernos reflexionar: según las informaciones publicadas, se habrían planteado otras posibles ubicaciones menos sensibles. Si existen alternativas industriales viables, habría que estudiar con seriedad si es necesario asumir un riesgo adicional simplemente porque Ferrol sea la opción inicialmente escogida.

Ahora bien, trasladar la fábrica a otro lugar tampoco debería convertirse en una forma elegante de decirle a Ferrol que vuelva a esperar. La ciudad lleva demasiado tiempo esperando, esperando astilleros, esperando empleo, esperando inversiones, esperando que la palabra «reindustrialización» deje de ser una promesa electoral para convertirse en una realidad, por eso cualquier decisión que pueda afectar al proyecto debe tener en cuenta también el coste económico y social de perder una inversión de estas características.

Ferrol merece industria, España necesita industria, Europa necesita recuperar capacidad industrial, pero ninguna de esas necesidades puede utilizarse como argumento para mirar hacia otro lado cuando aparecen dudas razonables sobre seguridad. Y tampoco la seguridad nacional puede convertirse en una excusa automática para bloquear cualquier inversión extranjera. La solución, por tanto, no debería ser escoger entre empleo y seguridad. Debería ser exigir ambas cosas.

Si SAIC quiere instalarse en Ferrol, tendrá que aceptar las condiciones de seguridad que España considere necesarias. Si esas condiciones hacen inviable el proyecto, habrá que buscar otra ubicación. Y si existen mecanismos técnicos, jurídicos y operativos que permitan compatibilizar la fábrica con la protección del Arsenal y de Navantia, habrá que aplicarlos con el máximo rigor.

En definitiva, el error sería pensar que Ferrol tiene que elegir entre convertirse en una ciudad industrial o proteger su posición estratégica, precisamente porque quiere seguir siendo una ciudad industrial, necesita que sus nuevas inversiones sean sólidas, seguras y compatibles con los intereses de España.

Una fábrica puede generar mil empleos, una infraestructura militar puede afectar a la seguridad de todo un país. Pero no deberíamos aceptar el falso dilema de tener que sacrificar una cosa para proteger la otra.

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