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STATUS ESPECIAL DEL DÓLAR

La primacía del petrodólar ante un mundo más multipolar

La primacía del petrodólar ante un mundo más multipolar

· Por Pablo Sanz Bayón, Profesor de derecho mercantil

By Pablo Sanz Bayón
miércoles 20 de julio de 2022, 09:44h

La economía mundial depende del dólar estadounidense y de los bonos del Tesoro de EEUU. Casi el 90% de las transacciones de divisas internacionales se realizan en dólares, el 60% de las reservas de divisas se mantienen en dólares y casi el 40% de la deuda mundial se emite en dólares, aunque la economía de EEUU solo representa alrededor del 20% del PIB mundial. Por tanto, el funcionamiento del sistema monetario y económico mundial no se puede explicar sin la principal causa que hace posible la hegemonía de la economía estadounidense, que es la vinculación del dólar al petróleo, el petrodólar. Es preciso pues preguntarse cómo y porqué se erigió dicho sistema, qué condiciones necesita para funcionar y qué riesgos existen de que colapse.

Los petrodólares son los dólares estadounidenses obtenidos por la venta de petróleo, o simplemente, los ingresos del petróleo referenciados en dólares. Este mecanismo es la principal fuente de ingresos para muchos miembros de la OPEP y otros exportadores de petróleo. El sistema de petrodólares crea superávit, generando grandes reservas de dólares para los exportadores de crudo. Estas reservas de dólares deben reciclarse, lo que significa que pueden canalizarse hacia el consumo y la inversión internos, usarse para prestar a otros países o invertirse nuevamente en la economía estadounidense. Esta dinámica ha sido ampliamente estudiada, entre otros, por David Spiro, en su trabajo The Hidden Hand of American Hegemony: Petrodollar Recycling and International Markets (Cornell University Press, 1999) e Ibrahim Oweiss, en su trabajo "Economics of Petrodollars" (publicado en el libro The Economic Dimensions of Middle Eastern History, Darwin Press, 1990, pp. 179–199). El sistema petrodólar es por tanto la piedra de bóveda de la hegemonía mundial de EEUU.

Las bases del sistema del petrodólar se remontan al Acuerdo de Bretton Woods (1944), que supuso la sustitución del patrón oro por el dólar estadounidense como moneda de reserva. Según dicho acuerdo, el dólar estadounidense estaba vinculado al oro, mientras que otras monedas mundiales estaban vinculadas al dólar estadounidense. Pero debido a la estanflación masiva y los déficits derivados de la Guerra de Vietnam, el presidente Nixon anunció en 1971 que el dólar ya no se cambiaría por oro para impulsar el crecimiento económico de los EEUU. Esta hegemonía del dólar se apuntaló durante la década de 1970, cuando las crecientes importaciones estadounidenses de petróleo cada vez más costoso aumentaron las reservas de dólares de los productores extranjeros.

Esta situación condujo a la creación del sistema del petrodólar que aún sigue vigente, que pivota sobre el pacto entre EEUU y Arabia Saudí de 1974, por el cual los precios del petróleo se fijan en dólares estadounidenses. Esto significó que cualquier otro país que compre petróleo del gobierno saudí tendría que cambiar su moneda por dólares estadounidenses antes de cerrar la venta. El marco acordado se basaba pues en que EEUU compraría petróleo de Arabia Saudí y proporcionaría ayuda y equipo militar al reino arábigo. En contraprestación, los jeques saudíes invertirían miles de millones de sus ingresos en petrodólares en bonos del Tesoro estadounidense (Bloomberg, “The Untold Story Behind Saudi Arabia’s 41-Year U.S. Debt SecretWong”, 31-5-2016).

Este status especial del que disfruta el dólar desde entonces nació por tanto de un pacto militar entre Estados Unidos y el reino wahabita, y llevó al mundo a cotizar el petróleo en dólares y acumular deuda estadounidense. Desde entonces, el dólar se sostiene porque es la divisa en que hay que pagar la gran mayoría de los contratos de crudo y gas a nivel mundial, lo que le convierte en la divisa de reserva que los bancos centrales se ven obligados a atesorar para que sus países participen en el comercio mundial. El petrodólar permite a EEUU financiar continuamente su déficit mediante la emisión de activos referenciados en dólares a tasas muy bajas. Esto también ha permitido que la potencia norteamericana ejerza un control económico significativo sobre el mundo.

Por esta razón, la política exterior y de defensa de EEUU expresa básicamente su interés geoeconómico y monetario, que consiste en obligar (por las buenas o por las malas) al resto del mundo a pagar en dólares la energía procedente de fuentes fósiles, dinámica que expone William Clark en su célebre obra Petrodollar Warfare (2005). En consecuencia, la necesidad de dólares estadounidenses expone a los países a las sanciones estadounidenses si actúan de una manera que la Casa Blanca considere incorrecta, lo que puede tener como resultado la expulsión del sistema SWIFT, como Venezuela, Irán o Rusia. Para que el sistema esté integrado, los halcones de Washington tienen que apoyar a dictaduras, comprometer su seguridad nacional y la de sus aliados, e incluso dañar su base industrial, para proteger la industria de los combustibles fósiles y de ese modo reforzar la posición del dólar asegurando su condición de moneda de reserva mundial. Esto incluye la imposición de sanciones (Irán, Venezuela), emprender invasiones (Iraq) o bombardear países para castigar a gobiernos díscolos (Siria y Libia). Esta estrategia ha conseguido hasta el día de hoy su principal objetivo, que es salvaguardar la primacía del dólar.

Por otra parte, el hecho de que el dólar sea la divisa de reserva mundial significa que EEUU tiene que acumular déficit para cumplir con los requisitos de reserva en una economía capitalista global que se expande continuamente. Si se detuviera este déficit, la falta de liquidez conduciría a un declive económico. Sin embargo, si el déficit se descontrola y la deuda estadounidense entrara en zona de riesgo, entonces podría minarse la confianza de los países en el dólar, lo que posiblemente pondría en peligro su condición de moneda de reserva. Esto se conoce como el “dilema de Triffin” y supone un difícil equilibrio de intereses que Washington tiene que tratar de armonizar para preservar su supremacía (Foreign Affairs, "The international role and fate of the dollar", 1978).

Este status del dólar (como ocurre con todo el dinero) se basa en su capacidad para ampliar su cantidad a través de deudas y déficits y, lo que es más importante, en la autoridad absoluta de la Reserva Federal para crear dinero y ampliar la base monetaria, lo que hasta la fecha ha permitido a EEUU crear más de 30,4 billones de dólares de deuda total del gobierno, tras un aumento de 7 billones en los últimos dos años (U.S. Department of the Treasury, Fiscal Data. "Debt to the Penny”, junio 2022). Esta situación puede continuar mientras se den dos condiciones: que EEUU mantenga su posición como potencia militar líder en el mundo y que la mayoría de los países sigan dispuestos a financiarlo, esto es, a comprar su deuda.

Ahora bien, un dato fundamental a este respecto es que la mayor parte del petróleo y el gas ya descubiertos en el mundo, dos tercios, está bajo el control de solo siete empresas. Cuatro de ellas están sujetas a sanciones de EEUU (Rosneft y Gazprom de Rusia, la Compañía Nacional de Petróleo de Irán y PDVSA de Venezuela), mientras que las otras tres restantes no (Aramco de Arabia Saudí, Qatar Energy y Adnoc de Abu Dhabi). Se podría restar importancia a esto sobre la base de que la economía occidental se está moviendo hacia un modelo mucho menos dependiente de los combustibles fósiles de lo que ha sido hasta ahora. Y si bien esto es cierto, porque la política de descarbonización de la economía occidental es un hecho -aunque no se haya podido completar- no sucede lo mismo con la arquitectura monetaria global impuesta por Occidente, que descansa sobre la piedra angular del dólar y su interdependencia con el mercado petrolero.

A pesar de la transición energética ya emprendida por la economía occidental, todo indica que el petróleo y el gas seguirán siendo necesarios no durante unos pocos años más, sino durante las próximas décadas. No hay alternativa, y el anclaje del dólar con el crudo es tan fuerte que EEUU hará todo lo posible para proteger su talón de Aquiles, ya sea mediante nuevas guerras, sanciones o jugadas geopolíticas para sostener el petrodólar, incluso a costa de las economías de Europa occidental, como ha puesto de manifiesto la guerra de Ucrania. Adicionalmente, el hecho de que sólo haya siete empresas nacionales que puedan seguir suministrando ese petróleo y ese gas durante las próximas décadas sin la presión que otros países productores y empresas petroleras occidentales tienen sobre sus tasas de producción introduce a Occidente en una contradicción existencial. Por un lado, reconoce que el futuro de este mercado pertenece a petroleras nacionales no occidentales, y, por otro lado, implica desmontar ante su propia ciudadanía la narrativa verde que venía relatándose en los últimos años. La guerra de Ucrania ha expuesto todas estas contradicciones, aunque la prensa atlantista las haya soslayado a su conveniencia.

Lo que en definitiva está en juego es la supervivencia del sistema petrodólar. Gracias a este sistema, el dólar ha gozado hasta hoy de una demanda asegurada y la deuda del Tesoro norteamericano se ha convertido así en un activo de inversión seguro. Esto permite al gobierno de EEUU incurrir en altos déficits para financiar sus guerras imperiales (Afganistán, Iraq) sin el límite que representaba el oro de la Reserva Federal. Esa antigua limitación financiera fue una de las razones de la derrota en la guerra de Vietnam y lo que llevó al Establishment a modificar los principios de Bretton Woods (1944) para seguir financiando sus guerras, sostener su industria y seguir hinchando los valores bursátiles de Wall Street aprovechando los arcanos de la ingeniería financiera detrás de los instrumentos derivados especulativos. Por eso China, India, Rusia y Brasil pero también otras potencias regionales emergentes, al plantear una reordenación multipolar de las relaciones internacionales -más acorde al tamaño de sus economías-, necesitan desafiar la estructura monetaria unipolar de EEUU. Los BRICS se están moviendo poco a poco en esta línea y el desarrollo de los acontecimientos en Ucrania ha llevado a Rusia a establecer como contramedida a las sanciones que se pague su gas en rublos.

En este contexto, la guerra de Ucrania está suponiendo una cierta desdolarización del mercado gasista y petrolero mundial, aunque al mismo tiempo se esté observando una revalorización temporal del dólar, que en la práctica podría representar un espejismo autoinducido por el efecto de la captura del mercado energético europeo por EEUU. Además, tampoco hay que pasar por alto que se está produciendo un boom de la industria armamentística estadounidense como consecuencia de los millonarios acuerdos que los países europeos van a tener que suscribir con los contratistas del Pentágono en el marco de la OTAN para remilitarizarse, contratos que se pagarán en dólares (Peter Bloom, “Ukraine: the world’s defence giants are quietly making billions from the war”, The Conversation, 9-3-2022).

Lo cierto es que el mundo se está moviendo inexorablemente hacia una estructura financiera más multipolar. El sistema petrodólar está siendo desafiado abiertamente por otras grandes potencias, como expone Syed Zain Abbas Rizvi en Modern Diplomacy (“The Waning Supremacy of the Petrodollar Economy”, 28-5-2022). Ahora bien, la desdolarización es un proceso en marcha que llevará su tiempo. Algunas palancas de este proceso dependerán de Pekín. El Banco Popular de China posee en su balance cuantiosa deuda norteamericana (es el segundo tenedor con más de 1 billón de dólares, el 13,79% de la deuda externa de EEUU según el Congressional Research Service "Foreign Holdings of Federal Debt”, 25-5-2022). No hay nada particularmente extraño que una economía orientada a la exportación como la china invierta en títulos de deuda del Tesoro estadounidense. De hecho, es una inversión lógica para un país con altas reservas de divisas. En consecuencia, no parece que le interese precipitar el colapso de EEUU sacando al mercado sus títulos para provocar la subida de los tipos de interés, porque la economía china se vería muy resentida, como ya decía un informe de 2009 del Center for Strategic and International Studies (¿Is China Ready to Challenge the Dollar?).

Así pues, mientras China siga necesitando crecer impulsada por sus exportaciones (18% de las cuales fueron a EEUU en 2021), tendrá que mantener bajos sus precios de exportación, por lo que Pekín se centrará en mantener bajo el renminbi en comparación con el dólar. En este sentido, lo más seguro es que la desdolarización sea un proceso gradualista, calculado, una desconexión progresiva del dólar por parte de los BRICS a partir de una paulatina fragmentación monetaria del mercado energético mundial. Posiblemente transcurra bastante tiempo hasta que asistamos al nacimiento de un hipotético “petroyuan”, pero quizá sí estemos más cerca del momento en que los BRICS dejen de usar la infraestructura occidental de pagos bancarios transfronterizos (SWIFT), para así poder eludir en su caso las posibles sanciones y represalias que pudiera aplicarles el hegemón norteamericano.

El futuro del sistema petrodólar no está escrito, pero las dudas en torno a él son más que evidentes y sólidas. No hay aún un sistema de reemplazo, pero está claro que tarde o temprano los BRICS propondrán el suyo, dentro o fuera del Fondo Monetario Internacional. Países como China, Irán, Rusia, Arabia Saudí e India podrían considerar acordar un cambio del valor base de sus exportaciones a su propia moneda o a una neutral en lugar del dólar estadounidense. Esto sería un movimiento decisivo hacia la desdolarización, como se examina en una interesante investigación publicada en The Journal of International Economics (“The evolution of the Offshore US-Dollar System: past, present and four possible futures”, 2020). De hecho, Xi Jinping y Putin, ya en junio de 2019, acordaron realizar todas las transacciones entre China y Rusia en sus respectivas monedas. Además, China busca desde hace tiempo comprar su petróleo en yuanes en lugar de en dólares, lo que explica la atractiva oferta realizada por Arabia Saudí (Wall Street Journal, “Saudi Arabia Considers Accepting Yuan Instead of Dollars for Chinese Oil Sales”, 15-3-2022). Un negocio que no será fácil de articular sin una reforma monetaria interna más ambiciosa, teniendo en cuenta que el riyal está vinculado al dólar, y por tanto un movimiento hacia el yuan que golpee al dólar podría dañar a la propia economía saudí, como explica Phil Rosen en Business Insider (19-3-2022).

Ahora bien, lo que parece claro por el momento es que la guerra de Ucrania ha representado un hito determinante en el proceso hacia la desdolarización porque las sanciones occidentales contra Moscú están estimulando acuerdos comerciales que excluyen el uso del dólar. Un ejemplo de esto es el acuerdo que se produjo en marzo de este año, mediante el cual varias empresas chinas utilizaron yuanes para comprar carbón ruso. La India de Modi también está explorando implementar un sistema de cambio entre rupias-rublos que recuerda al que tenían en la guerra fría, aunque en este caso queda por ver hasta qué punto India estará dispuesta a comprometerse con Rusia antes que con la agenda de EEUU.

La derrota norteamericana en Afganistán con el humillante abandono de Kabul en manos talibanas, o la incapacidad de la OTAN de frenar la intervención rusa en Ucrania, han evidenciado un fin cada vez más probable del monopolio estadounidense en los asuntos globales. ¿Estamos presenciando el final del “fin de la historia” de Fukuyama? ¿Cuánto le queda de vida al mundo unipolar de EEUU anclado en el petrodólar?

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