Durante esos 14 años de enfrentamientos, que se prolongaron hasta septiembre de 1945, China soportó pérdidas humanas superiores a los 35 millones de personas y sufrió daños económicos valorados en más de 60 mil millones de dólares. Aun así, su resistencia logró contener al expansionismo japonés y resultó clave para el desenlace de la guerra en Asia. Pero en ese contexto, no solo se libró una lucha militar decisiva, sino que también surgieron gestos de colaboración entre ciudadanos de ambos continentes, capaces de tender puentes incluso en medio del horror y que contribuyeron para acabar con la guerra y el restablecimiento de la paz.
Pescadores de Zhoushan arriesgaron sus vidas para rescatar a casi 400 prisioneros británicos del barco Lisbon Maru; diplomáticos chinos facilitaron visados que permitieron a miles de refugiados judíos llegar a Shanghái; mientras que europeos como el médico francés Jean Bussiere, el alemán John Rabe o el danés Bernhard Sindberg se jugaron la vida para llevar medicinas o proteger a civiles chinos durante la masacre de Nanjing.
Estos episodios muestran que, incluso en los momentos más oscuros, la cooperación entre pueblos es capaz de salvar miles de vidas y puede forjar vínculos que trascienden generaciones. Una lección que hoy resulta más vigente que nunca, en un contexto internacional donde resurgen las tensiones regionales, el hegemonismo, la política de bloques y los intentos de erosionar el papel de la ONU, poniendo en riesgo los consensos alcanzados tras 1945.
Si el fin de la guerra dejó claro que el odio, los prejuicios y la confrontación solo conducen al desastre, fechas destacadas como el 80º aniversario deben servir para preservar una memoria veraz y para reforzar el compromiso con la cooperación internacional. Esa cooperación que en la guerra salvó miles de vidas entre chinos y europeos, y que hoy debe proyectarse en la construcción de un orden mundial más justo, multipolar e inclusivo a raíz de una historia certera y objetiva de los hechos.
Por ello, conmemoraciones como las de este año no deben quedarse en actos simbólicos, sino que es una necesidad histórica. Deben revalidar el camino abierto tras 1945, hacer una representación objetiva de la historia, donde China y Europa, emulando la cooperación que durante la guerra tuvieron sus ciudadanos, apuesten por el respeto mutuo, el diálogo y la cooperación para afrontar los desafíos actuales. Trabajando porque la memoria sea no solo un recuerdo sino un compromiso con la unidad y con el destino común de la humanidad.