Asimismo, sería interesante trazar paralelismos entre la incursión en Caracas y los despliegues militares de EE.UU. más significativas del siglo XXI como la segunda guerra de Irak en 2003, el bombardeo en Libia de 2011 o la avanzada por las montañas de Afganistán en 2001. Cada una de ellas tiene su particularidad, sin embargo los cuestionables desenlaces son asonantes.
Las administraciones de Bush jr y Obama justificaron la intervención militar parapetándose detrás un objetivo tan surrealista y hueco como “la exportación de la democracia” o el engaño de la fabricación de armas de destrucción masiva. En contraste, la operación especial de Venezuela se presentó desde la Casa Blanca como un medio legítimo para controlar los ingentes recursos petroleros y afirmar el dominio estadounidense sobre la región.
El país bolivariano almacena el 17% de las reservas mundiales de crudo. Para almacenarlo servirían mínimo 300 mil millones barriles. Donald Tump, en su histriónica rueda de prensa, afirmó que Washington “invertirá lo que haga falta para rehabilitar las infraestructuras extractivas y generar voluminosos ingresos”. El 4 de enero el secretario de Energía, Chris Wright, ratificaba el objetivo de comercializar petróleo venezolano “indefinidamente”. Trátense del primer ladrillo de la nueva “Doctrina Donroe” (en fecha 7 de diciembre EMF tuvo la amabilidad de publicar un análisis sobre la nueva política exterior de la Casa Blanca. Véase texto completo al enlace https://shorturl.at/soU3J) que subyuga el derecho internacional y la legalidad al uso de la fuerza. No es baladí que el magnate señalara ante los medios de comunicación a México, Groenlandia, Cuba y Colombia.
Afortunadamente, no es todo oro lo que reluce. Venezuela y sus infinitos recursos naturales podrían aparecer como un El Dorado de los hidrocarburos. Pero el diablo se esconde una vez más en los detalles. El crudo de esta zona del Caribe es pesado y viscoso, tanto que podría confundirse con alquitrán. Durante la fase de transporte debe mezclarse con sustancias más ligeras garantizando así su fluidez por los oleoductos. También es rico en azufre, cuya eliminación conlleva un importante coste adicional en la fase de refinación. Recuérdense que según las pesquisas de la Unidad Central Operativa (UCO) de la Guardia Civil, la trama liderada por Víctor de Aldama y Claudio Rivas planeaba edificar en Tenerife complejos industriales que convertirían el petróleo importado desde Venezuela en productos útiles como gasolina, diésel o asfalto. La guinda del pastel de un negocio multimillonario.
Bajo los regímenes autoritarios de Hugo Chávez y Nicolás Maduro la producción se redujo desde los 3,4 millones de barriles diarios de 1998 hasta los 900.000 de 2025. Eso representa algo inferior al 1% de la producción mundial siendo evidente que los enormes yacimientos del país no marcaban una diferencia significativa a escala mundial. Desde la estatalización ordenada por el ex militar en 2007, el sector ha sido devastado por una gestión execrable, la constante falta de inversión, una corrupción endémica y la fuga de talento. Según un informe de la multinacional transalpina ENI publicado en 2017, son miles los geólogos e ingenieros que han salido de Venezuela.
Roma no se construyó en un día. Por lo tanto, restaurar la producción exige un largo periodo de tiempo e inversiones masivas. Jorge León, actual vicepresidente de la consultora Rystad Energy, precisaba al Financial Times que duplicar la extracción antes de 2030 exigiría el desembolso de 115 mil millones de dólares (véase enlace https://shorturl.at/ZUnRT). Una cifra que triplica las grandes inversiones de los colosos energéticos Chevron y ExxonMobil en 2024.
Donald Trump se reunió el pasado 9 de enero con los ejecutivos de las grandes petrolíferas mundiales – entre ellos el consejero delegado de Repsol Josu Jon Imaz – y solicitó 100 mil millones de dólares. Pero la inestabilidad del país y las lagunas jurídicas representan un freno importante a cualquier adquisición o gasto. Planteamiento que exteriorizó el director ejecutivo de ExxonMobil, Darren Woods describiendo Venezuela como “un lugar en el que es imposible invertir”. Palabras que enfurecieron al mandatario republicano.
Cualquier multinacional que ambiciona operar en Caracas deberá sanear una infraestructura obsoleta, aligerar un petróleo de baja calidad y lidiar con un régimen fiscal desfavorable, una corrupción radicada, un marco legislativo inexistente y falta de personal especializado. Factores que desincentivan un reajuste estratégico. Existen en zonas limítrofes yacimientos prometedores con menores costes y riesgos. En Guayana la producción de un barril de crudo es inferior a los diez dólares.
Además, el mercado global no requiere de un aumento de cuotas de producción para evitar un desequilibrio bursátil. Según la Agencia Internacional de la Energía (IEA) el excedente diario alcanza los 4 millones de barriles y en 2026 la demanda mundial de petróleo aumentará en 700 mil. Una situación de relativa abundancia y precios moderados podría verse alterada por las tensiones geopolíticas. Cabe recordar que por el Estrecho de Ormuz transita el 20% de la producción mundial y cualquier bloqueo haría disparar el importe del crudo.
Según la IEA la demanda del cotizado hidrocarburo disminuirá gradualmente. Esto no significa que el petróleo desaparezca del abanico energético – seguirá habiendo una demanda sustancial – pero las grandes compañías buscarán alternativas a un mercado que va contrayéndose año tras año. Pese a las dificultades logísticas, su gran verdugo será la electrificación del transporte por carretera. Esto no significa que antes de 2050 las flotas de aviones, navíos y vehículos serán totalmente respetuosas del medio ambiente, como vienen pregonando algunos lobbies interesados, pero la relevancia política del crudo desaparecerá.
Los incondicionales de Trump aseguran que la operación en Venezuela ubica a las refinerías estadounidenses en una situación privilegiada al estar diseñada para crudos pesados. Sin embargo Washington adquiere un producto similar de Canadá y argumentar que la intervención militar se realizó por evitar modificaciones en los complejos industriales estadounidenses cae por su evidente falacia. EE.UU. ha logrado la autosuficiencia energética gracias al petróleo de esquisto, un hidrocarburo no convencional atrapado en rocas sedimentarias y extraído mediante el fracking. No se entendería que se quisiera exportar crudo de baja calidad de un país inestable para competir con lo almacenado en su territorio.
A pesar de los inconvenientes listados, es incuestionable que el control de la producción venezolana brindará a EE.UU. ventajas estratégicas. Caracas es miembro de la OPEP, y monopolizar sus yacimientos facilitará el acceso a la influyente organización. El control de las exportaciones de hidrocarburos faculta debilitar el régimen cubano y por ende reducir considerablemente la influencia de China y Rusia. Ojalá la extracción de Maduro no termine como la eliminación de Gadafi en Libia en 2011. Obama reconoció abiertamente haber sido “el error más grave de mi presidencia”, el país sigue dividido y la producción de hidrocarburos se aproximó al colapso.
Parafraseando a Gramsci, “la historia es una gran maestra, pero desafortunadamente tiene escasos alumnos”.