Las tensiones han escalado a un punto donde Irán ha advertido que respondería “con todo lo que tenemos” si es atacado, mientras Estados Unidos despliega fuerzas navales avanzadas hacia la región y mantiene canales diplomáticos cada vez más complejos. La reciente suspensión de reuniones entre ambas partes refleja la dificultad de avanzar en un contexto donde la presión militar y política se intensifica simultáneamente.
Washington ha sido explícito sobre su preocupación por el programa de misiles balísticos iraní, incluidos modelos como los Fateh‑110, Zolfaghar y Khorramshahr, que constituyen la base de la disuasión regional de Teherán frente a Israel y Estados Unidos. Para Irán, aceptar restricciones sobre estos sistemas equivaldría a renunciar a su principal seguro estratégico. Paralelamente, la presencia naval estadounidense se ha reforzado de manera significativa: el USS Abraham Lincoln (CVN‑72) y su grupo de ataque ya están desplegados en el Medio Oriente, acompañados por unidades de superficie, como parte de una demostración de fuerza diseñada para promover estabilidad regional y disuasión frente a posibles agresiones. El USS George H.W. Bush (CVN‑77) ha sido movilizado desde la costa este de Estados Unidos como un segundo grupo de portaaviones en apoyo, aunque todavía no ha sido confirmado oficialmente ingresando al área de operaciones cercana a Irán. Este despliegue naval refleja la lógica dual de presión militar y flexibilidad estratégica que caracteriza el momento actual.
Irán no es un adversario convencional. Su geografía montañosa, la dispersión de su infraestructura militar y la existencia de túneles, bases fortificadas y sistemas redundantes hacen que una invasión terrestre sea prácticamente imposible. Su estrategia se basa en saturar y desgastar defensas superiores mediante misiles balísticos y de crucero, enjambres de drones Shahed, minas navales y lanchas rápidas armadas, diseñadas no para ganar una guerra convencional, sino para elevar drásticamente los costos políticos y económicos de cualquier intervención estadounidense.
Los países vecinos tampoco son indiferentes. Estados del Golfo como Arabia Saudita y Emiratos Árabes Unidos, que históricamente han equilibrado entre cooperación y distancia con Washington, temen quedar atrapados en un conflicto que podría desestabilizar sus propias economías y seguridad. Otros, como Omán, Qatar, Irak y Turquía, han mostrado reticencia a servir de plataforma para ataques estadounidenses por temor a represalias directas. Ese miedo regional reduce los vectores operativos de Washington y convierte cualquier ofensiva en una empresa política extremadamente costosa desde el primer día.
Una escalada con Irán podría involucrar a una red regional más amplia. Milicias y aliados de Teherán —desde Hezbollah en Líbano hasta fuerzas en Siria e Irak y los hutíes en Yemen— tienen la capacidad de atacar objetivos israelíes y otros aliados de Estados Unidos, transformando un conflicto centrado en Irán en una guerra de múltiples frentes. Israel sería el blanco indirecto más vulnerable: un conflicto sostenido podría saturar sus defensas, impactar infraestructura crítica y generar presión interna inédita. El Estrecho de Ormuz, vital para el comercio energético global, también podría ser parcialmente bloqueado, provocando consecuencias inmediatas sobre los precios del petróleo y la estabilidad de los mercados internacionales.
Aquí entra un elemento pocas veces resaltado: las guerras modernas no se ganan solo en el campo de batalla, sino en la percepción pública. Vietnam es el ejemplo paradigmático. Estados Unidos mantuvo superioridad militar, pero perdió la guerra en términos de legitimidad, opinión pública y desgaste político. Irán parece apostar a algo similar. Su objetivo no es derrotar militarmente a Washington, sino alargar el conflicto, elevar el costo político y económico, fracturar consensos internos y desgastar la coalición regional. Incluso un daño limitado —como un portaaviones afectado o imágenes de marines fallecidos— podría provocar un impacto político enorme sin necesidad de una victoria convencional.
El contexto interno estadounidense hace el escenario aún más complejo. Polarización política, precios elevados de alimentos y combustible, percepción de fragilidad social y económica y elecciones de noviembre a la vuelta de la esquina amplifican el riesgo. A ello se suman investigaciones de alto perfil relacionadas con Jeffrey Epstein, un financiero convicto por delitos sexuales contra menores, cuyos expedientes públicos incluyen menciones a distintas figuras públicas, incluido el presidente Trump. Estas controversias, ampliamente reportadas por medios y documentos del Departamento de Justicia, concentran la atención mediática y reducen el margen de maniobra del Ejecutivo para gestionar crisis internacionales. Para millones de estadounidenses, una guerra con Irán no sería un tema abstracto: se reflejaría en la gasolina, en el supermercado y en la sensación de que el mundo se ha vuelto más inestable justo cuando deben decidir quién lo dirige. La inflación podría dispararse, el costo de vida subiría y la deuda pública, ya elevada, se ampliaría para financiar operaciones militares prolongadas, impactando directamente la percepción sobre la capacidad del gobierno de proteger su bienestar.
Sin el Plan de Acción Integral Conjunto (JCPOA, por sus siglas en inglés) funcionando como válvula diplomática, la escalada se vuelve más peligrosa y difícil de controlar. Una interrupción parcial del tráfico por el Estrecho de Ormuz sería suficiente para sacudir los mercados energéticos. China presionaría para evitar un colapso total sin alinearse con Washington, mientras Rusia aprovecharía la crisis para distraer la atención estadounidense y expandir su influencia.
La conclusión es clara: un ataque estadounidense contra Irán no será un conflicto corto ni sencillo. Habrá represalias regionales, tensión sobre Israel, miedo en los países vecinos, petróleo disparado y una batalla política feroz dentro de Estados Unidos. Irán no apuesta a derrotar militarmente a Washington, sino a sobrevivir, sangrar al adversario y transformar la guerra en un problema doméstico.
Ese es el verdadero riesgo estratégico: no la primera bomba, sino todo lo que viene después.