Me he levantado a las 4.10 en el albergue de Requejo en perfecta estado forma, pero desde la puerta de salida me he dado cuenta que no estaba igual de católico que otros dias. ¿El café que no me he tomado porque se me olvidó comprar otra vez?, ¿el lío mental causado al no saber por donde tirar en el puerto de Padornelo?. No lo sé, pero no me apetecían tres horas de oscuridad envuelto en el misterio habitual pero con triple dosis de incertidumbre. Hoy no.
En Requejo se abrazan lo bueno y lo curioso. El refugio, perfecto para ducharse y dormir. Lo demás, desfasado. Sin ningún otro servicio mínimo, pagar 12 euros es excesivo. Insisto, comparándolo con todo lo vivido hasta el momento, que ya es mucho en el acumulado. Sirvan de ejemplo que venía de Mombuey y estoy en A Gudiña, de menor coste y con todo lo que se te ocurra en ambos, a tu disposición. Pero vale, bien.
Me he marchado el primero, como de costumbre. Las rampas empezaban en la misma puerta. Padornelo es una subida que durante tiempo estuvo fuera de onda por culpa de un Camino deteriorado, de ahí que el Peregrino decida coger por la nacional. Una carretera también cortada y en obras, sólo Dios sabe desde cuando, perfecta por tanto para grabar una película de terror gracias a su soledad, silencio y oscuridad. Casi 8 kilómetros pensando si me tocaría dar la vuelta hasta llegar a un túnel, minimamente iluminado, ideal para grabar la escena final de la película que acabamos de anunciar: 500 metros de largo, sin un alma y con mi inagotable imaginación pintando escenas: desde el payaso que aparece por el final con un hacha, hasta la llegada de unos lobos, muy típicos por aquí, cerrándome ambos pasos.
Tarda mucho en amanecer hoy. Son casi las 7 y el horizonte sigue oscuro, se nota que deambulo entre montañas. Si la subida ha sido intensa, no tardaré en comprobar que la bajada es infinita. Y no me des a elegir, tanta cuesta hace que se resienta el empeine de mi pie izquierdo. Mal asunto. Empieza la comedura de cabeza.
Dejo la carretera y cojo por fin el Camino en Aciberos, que me sumerge hasta el mismo río, para volver a subir hacia Lubian. ¡Seguro que ahí puedo tomar café!. Llevo casi 4 horas y rozo los 20 kilómetros. Mi gozo en un pozo, no hay un alma por las calles. Sigo en la provincia de Zamora, pero paseo pedanías que sueñan con ser gallegas, se nota hasta en el nombre de sus calles. Curioso. Los españoles somos así.
Es la etapa más rompepiernas desde que salí de Benidorm. En 42 kilómetros no he encontrado un solo llano. Ojo, no la más dura, aunque podria estar en el Top 5. ¿La recompensa? Los paisajes más espectaculares. Árboles gigantes abrazándote a ambos lados de la senda, no permiten la entrada de los rayos de luz. Las estrellas fugaces las vi subiendo Padornelo, desde Aciberos en adelante: verde, árboles, ríos, montaña y escenarios mágicos puros del Camino de Santiago.
Estaba avisado de que el puerto de A Canda era el siguiente objetivo. No recordaba una subida tan dura desde Torremanzanas y La Carrasqueta, y de eso hace ya un tiempo. Un puerto que puede sacar el hígado a más de un sobrado. Ojito. Tres fases: unas primeras rampas de aviso, unos kilómetros hacia arriba pero suaves y un atracón final que si dura 1 kilómetro más, me obliga a echar la mochila al suelo.
Quizás por eso los peregrinos no den mayor importancia a un dato muy relevante. Coronas A Canda con 25 kilómetros en las piernas, en el mejor horario del día y te está esperando el mármol que anuncia tu entrada en Galicia. Vale. Pero hace 5 metros he visto, en el último suspiro de Zamora y Castilla-León, que quedaban 210 kilómetros hasta Santiago. Galicia, 5 metros después, me recibe con otro que dice 245. ¿Perdón?, alguien debería explicar este desencuentro. A mí me da igual, pero a más de uno le tiene que costar recuperar el aliento todavía un poco más.
Y de nuevo hacia abajo, en busca de Vilavella, donde mira por donde y en el único bar abierto que he visto hasta llegar al destino, una majísima mujer me ha invitado al café. Bar On, recuérdalo...y muchas gracias.
O Pereiro y O Cañizo, dos pedanías bonitas, no he podido disfrutarlas por tres motivos. El pie empieza a dolerme con cierta seriedad, un tipo de mosca muy pequeña pero por millares me está amargando la existencia y el sol, ahora sí, dice ya estoy aquí. Pero es lo que hay, y si hacía tres horas me creía SuperMan, ahora sólo busco A Gudiña en lontananza porque estoy loco por llegar.
Y desde que eso ha sucedido, todo ha cambiado para bien. No se equivoca nunca Fernando Escudero. El albergue de la Xunta, espectacular. Saben a que juegan y con quienes tratan. El Peregrino en Galicia es como el turismo en Benidorm. Hay que cuidarlos como oro en paño. Mucho más en verano, que los locos que venimos somos cuentagotas. La hospitalera de 10, las camas, la ducha y la sala de estar, sobresaliente.
Y al subir a mi cama ¿con quien me encuentro? No te lo vas a creer. Rebeca, la valiente mujer de la que os hablé ayer al coincidir en Requejo y a la que he dado algún consejo hoy por watsap, ha llegado antes que yo. Porque ella, que sí que sabe, se ha levantado a las 8, ha subido Padornelo andando, no le ha gustado el panorama y se ha venido directamente hasta aquí haciendo autostop y encima con suerte.
Con un par, sí señora. Me lo ha contado todo mientras comíamos.
Y en eso ha llegado Rafa, tercera noche con él. Creo que hoy somos como 10. Se nota la cercanía a Santiago. Escribiendo este diario han llegado dos guardias civiles, Óscar y Pablo. Están para vigilar que los peregrinos se sientan bien. Nos hemos soltado una conversación muy meritoria. Otro acierto de la Xunta. Dos tipos amables y profesionales. La opinión que tenemos los tres del trato que les da el Gobierno, me la reservo.
Hace un rato he descubierto que mañana parten dos rutas distintas desde aquí. Iré a Laza, 34 kilómetros, creo que debo intentar recuperar el pie. Y por cierto, he vuelto a sumar las distancias que dicen las guías oficiales y son 197 los kilómetros que quedan a Santiago.
Feliz día.