En los años ochenta y noventa las multinacionales norteamericanas y algunas europeas diseñaron un nuevo modelo, que no era otro que, aprovechando la fortaleza del dólar, el marco, el franco o la libra, se dedicaban a montar las fábricas en países subdesarrollados con trabajadores que literalmente trabajaban jornadas eternas a cambio de un cuenco de arroz y producían prendas textiles, zapatillas deportivas y otros productos a precios irrisorios. La importación de los productos y su distribución a nivel mundial volvía de nuevo a producir pingües beneficios, esta vez mayoritariamente para las multinacionales norteamericanas.
Pero, de nuevo, estos países subdesarrollados y en especial China, se dieron cuenta de que no tenían por qué darles la “parte del león” a los americanos y, sin prisa pero sin pausa, fueron aprendiendo y posteriormente desarrollando tecnología, a la vez que hacían también lo propio con otros países del entorno. En el caso de China, con Camboya, Vietnam, Indonesia, etc.
El hecho es que en la actualidad hay una competencia feroz por la producción y venta de bienes manufacturados y que la batalla la están ganando los países asiáticos, especialmente China e India. Rusia, por su parte, tiene unas reservas ilimitadas de hidrocarburos que la hacen también muy potente, resistiendo los embates de los embargos occidentales por la guerra con Ucrania, sin que hayan sufrido especialmente en materia económica durante cuatro años y medio.
El resultado final es que el centro de gravedad económico se ha trasladado en cien años de Europa a Asia y que sólo Estados Unidos, con su enorme mercado interior es capaz de mantener, de momento, un nivel razonable de producción y consumo, aunque con unos costes de producción bastante más elevados que los países asiáticos.
¿Y qué pasa en la Unión Europea? Pues que seguimos siendo los “Estados Desunidos de Europa”, en contraposición a los Estados Unidos de América, o los regímenes autoritarios que siempre son productivamente hablando mucho más eficientes que las democracias. Sin embargo, y aunque no se diga oficialmente, los países europeos están volviendo a su etapa colonial.
Me explico. Si antes se conseguían las materias primas a precio de derribo, ahora se está actuando sobre el otro componente importante del escandallo de la cuenta de resultados de las empresas, es decir, sobre la mano de obra. Con mano de obra barata también se puede competir en precio y, en esta ocasión, evitando las normas de los países en los que hace cuarenta años las multinacionales establecieron sus factorías. Esta vez, los inmigrantes vienen a Europa, con papeles o sin papeles, pero con un planteamiento común: están dispuestos a cobrar salarios que, según los países, suponen la mitad o la tercera parte que sus homónimos europeos, y de esa manera se mantiene la competitividad de las empresas europeas y que éstas puedan competir en los mercados internacionales.
Estamos, pues, ante una nueva forma de colonialismo, que podríamos denominar “neocolonialismo”, es decir, se cambia el lugar de radicación de los trabajadores de los países subdesarrollados para que presten sus servicios directamente en los países occidentales, a cambio de unos salarios poco mayores que los africanos.
Es cierto que se les permite vivir en unos países mucho más desarrollados y con ventajas educativas y sanitarias que supondrán que las futuras generaciones mejoren claramente su nivel de vida, pero el precio que tiene que pagar la primera generación es tremendo y, en algunos casos, próximo a la semi esclavitud. Y de eso han aprendido los países árabes de la zona del Golfo Pérsico, que ya han sido denunciados por literalmente tener esclavos africanos y asiáticos trabajando en estos países con este mismo modelo.
El hecho es que la población humana no para de crecer y está en torno a los 8.300 millones de personas, con perspectiva de llegar a los 10.700 millones en el año 2050. En los países subdesarrollados o en vías de desarrollo, las mujeres tienen un índice de natalidad muy elevado, en muchos casos por razones religiosas y, aunque no puedan mantener a sus hijos, no paran de tenerlos, y cuando estos llegan a la adolescencia y ven las condiciones en las que se vive en el mundo occidental, no tienen inconveniente en subirse a una patera o a un cayuco para conseguir llegar a un país europeo. Al fin y al cabo, no tienen nada que perder, pues es difícil estar peor de lo que están.
Y de ello se aprovechan las empresas, que los “contratan” en condiciones que no aceptaríamos los ciudadanos europeos (sino por qué en España no bajamos de 2,4 millones de desempleados, mientras que no para de crecer la afiliación a la Seguridad Social), y que les permiten producir a unos precios con los que obtienen pingües beneficios. Los inmigrantes simplemente sobreviven, pero puede que eso sea algo más que lo que conseguirían en sus países de origen, y de ello se aprovechan algunas entidades en las que los códigos éticos brillan por su ausencia.
Por tanto, las cosas no han cambiado mucho en los últimos siglos. La población de los países conquistados sigue viviendo en la miseria y trabajando tan solo para cubrir sus necesidades básicas; sólo han cambiado el lugar de residencia. Y eso sí, siguen teniendo hijos sin parar y sin saber cómo van a poder alimentarlos. Evidentemente, estamos ante un problema cultural e idiosincrático, pero que nos afecta a todos, ya que la inmigración es un drama que es preciso acometer para evitar que ese mundo oscuro donde reinan la semi esclavitud, la prostitución o el narcotráfico pueda seguir desarrollándose.
Los recursos de nuestro mundo son bastante limitados y distribuidos muy desigualmente. La globalización y el acceso a las comunicaciones han permitido que toda esa población marginada vea cómo se vive en el mundo occidental y que deseen vivir así, pero eso es imposible, puesto que no hay recursos para todos, máxime cuando la población tiene un crecimiento geométrico.
Los políticos con visión cortoplacista llegan a decir, especialmente en España, que lo que tiene que haber es mucha inmigración, para que así suban las cotizaciones sociales y arreglar el problema de la insostenibilidad del sistema de la Seguridad Social, pero no se dan cuenta de que ello agravaría el problema de la vivienda, puesto que no hay casas para todos; agravaría el problema de la sanidad, puesto que es deficitaria y no hay suficientes médicos y enfermeras para un sistema gratuito, agravaría el problema de la educación, puesto que habría que atender en las aulas de forma también gratuita a muchos más niños, y así sucesivamente.
Se preocupan por algo que llevan ocho años llamando Agenda 2030, pero que, al igual que con los PERTEs, no parece que haya supuesto otra cosa que creación de puestos en el sector público con poca incidencia en la necesaria transformación de nuestro modelo productivo. Una transformación como la que se necesita, y no sólo en España, debería corresponderse con una Agenda 2050 y no la deberían pilotar activistas y pega carteles sino técnicos europeos y a nivel de toda la Unión Europea. Es un desafío global que afecta a todos los países y que no se puede resolver local o parcialmente.
Los empresarios (en España casi todos mercaderes que se limitan a comprar por 10 y vender por 15) se están aprovechando de una situación puntual en la que consiguen mano de obra muy barata con la que pueden presumir de que están incrementando las exportaciones, pero en muchos casos se trata de ventas por precio, no por desarrollo de producto, ya que en España si algo no hay es inversión en I+D+i.
Podrán seguir disfrutando de este modelo “neocolonial” durante unos años, pero que no se equivoquen, la siguiente generación de esos inmigrantes habrá conseguido papeles, habrá estudiado y querrá tener los mismos derechos y salarios que la población autóctona, y entonces desaparecerá la ventaja diferencial que les proporcionaba la mano de obra barata (al igual que ocurrió con la instalación de fábricas en China hace treinta años por parte de las multinacionales norteamericanas), pero el modelo productivo español no estará preparado para dar trabajo a esa población creciente con salarios europeos y todo desembocará en un problema social que probablemente no seremos capaces de solucionar.
Si China, India y otros países asiáticos siguen haciéndolo bien, acabarán monopolizando la producción de bienes y servicios, y los europeos seremos incapaces de competir con ellos, y mucho menos de mantener un Estado del Bienestar como el que hemos disfrutado en las últimas décadas.
Lo que sí parece seguro es que el centro de gravedad de la economía mundial se trasladará a Asia en los próximos años y, salvo Estados Unidos, el resto de los países va a tener que reinventarse para conseguir mantener su modelo social y productivo, máxime cuando los previsibles avances de la robótica y la inteligencia artificial no harán otra cosa que reducir la oferta de empleo por cuenta ajena. No quisiera ser agorero, pero las cosas no pintan bien para Europa, que puede acabar convirtiéndose en un parque temático para que los asiáticos vengan a ver cómo era nuestro antiguo esplendor.