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¿MÁS REGULACIÓN O MENOS?

Mismos servicios, mismas reglas

Mismos servicios, mismas reglas
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· Por Juan Ramón Sánchez Carballido, Doctor en CC. de la Información

jueves 02 de junio de 2016, 10:03h
Si se nos pidieran algunas de las características más definitorias del sector TIC una buena no demoraría en mencionar los vectores de su dinamismo, innovación y desarrollo competitivo. Pero tal vez su rasgo más revelador no aflore hasta alcanzar un segundo nivel de abstracción. Se trata de su radical naturaleza proteica, esto es, de su capacidad para transformarse a un ritmo acelerado. Esta propensión a mutabilidad es una consecuencia directa de la materia prima con que opera, que no es otra que la tecnología de vanguardia. Sin embargo, esta capacidad se despliega con enorme dificultad y gran desgaste de energía en un entorno que se ha hecho artificiosamente rígido por efecto de la regulación administrativa. Mejor expresado, a causa de una pésima regulación del mercado donde las autoridades competentes son manifiestamente incompetentes para editar reglamentos con la misma celeridad con que las TIC van cambiando de aspecto.
Juan Ramón Sánchez Carballido
Juan Ramón Sánchez Carballido



Esta regulación vio la luz en un entorno signado por un incipiente proceso de convergencia entre los segmentos adyacentes de las tecnologías de la comunicación y de la información. En ese momento, cuando aún hablábamos en términos de sector Info+Com, los servicios de comunicaciones electrónicas y los servicios de la sociedad de la información pertenecían a ambientes económicos claramente diferenciados. Pero, en cronología tecnológica, hace ya una eternidad que culminó la senda de la integración TIC. Aquella distinción entre los dos sectores de actividad confluyentes ha quedado ya tan obsoleta como el modelo regulatorio, vigente a día de hoy a pesar de haberse plasmado en los albores de esta gran revolución.

Los efectos de tal desfase se hacen notar en una asimetría normativa que hace expresar airadamente a los agentes del sector arribados a las TIC desde los lares de las redes y los sistemas de telecomunicaciones: “mismos servicios, mismas reglas”. Ciertamente, existen ya suficientes elementos de juicio y de crítica para trazar paralelismos entre la caducidad del actual modelo regulatorio y las dificultades que enfrenta, hoy, el avance de las TIC. En un solo concepto, se puede afirmar que la ausencia de una normativa equitativa y justa en materia de competencia –que de eso se trata- ralentiza la innovación tecnológica y retrasa los beneficios a los que los usuarios tienen derecho, cuando no conculca derechos aún más elementales.

La actual mentalidad regulatoria no ha percibido aun ni el extenso territorio que abarca el concepto de “lo digital”, ni el vórtice integrador que ha fundido en una sola cosa nueva cuanto se hallaba, individualmente, dentro de su espacio de influencia. Lo digital es el término que usamos para referir la perfecta fusión de lo que antaño distinguíamos como servicios de telecomunicaciones, por un lado, y servicios de Internet, por el otro. Si hacemos el ejercicio de pensar, hoy, en Telefónica como en una vieja operadora y en Google como un buscador de internet, por ejemplo, nos hacemos conscientes de las dimensiones del anacronismo. En realidad, ambas compañías se transforman sin pausa en pos de un modelo común integrador. La una se introduce de forma natural en el espacio de la otra porque la delimitación de ámbitos ha quedado superada tras la eclosión de lo digital. Así lo atestiguan la multiplicidad de productos y servicios que se replican unos a otros sin más distinción, a veces, que la de marca.

El dictado de normas diferentes para cada agente del sector digital discurre en un sentido claramente opuesto a la lógica y la dinámica de la realidad económica que se intenta ordenar. Sin conseguirlo, claro está. Su insistencia en mantener unas diferencias de partida, de procedencia, de marca que han ido perdido vigencia y actualidad aceleradamente sólo conduce a que una parte de los actores se vea trabada con un sinfín de obligaciones de todo tipo mientras la otra parte disfruta del paso franco para desarrollar sus modelos de negocio y llegar al mercado con ofertas que, tal vez, no resultaran competitivas si se permitiera una concurrencia verdaderamente libre, en el sentido de no regulada. Porque tal es siempre el efecto de una asimetría mal ponderada, la interposición de trabas a la libre competencia, dinamizadora de la economía y de los mercados.

Tal vez sólo se trate de un efecto óptico producido por la marea de críticas que, en tantos medios, ha levantado las negociaciones para el tratado de libre comercio entre Europa y los Estados Unidos (TTIP). O de un efecto psicológico, dado el secretismo de tales encuentros que no ha servido sino para dar pábulo a toda clase de sospechas. Pero, ¿hemos observado con la debida atención que, en el actual modelo regulatorio europeo, las empresas beneficiadas son principalmente del otro lado del Atlántico Norte mientras las perjudicadas, indefectiblemente, son firmas de aquí?

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