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PUNTO DE INFLEXIÓN Y FIN DE UN CICLO

¿El comienzo del fin de la hegemonía del dólar?
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¿El comienzo del fin de la hegemonía del dólar?

· Por Pablo Sanz Bayón, Profesor de Derecho Mercantil, Facultad de Derecho – ICADE, Universidad Pontificia Comillas

martes 21 de abril de 2020, 08:54h
Llevamos varios años asistiendo al cuestionamiento de la supremacía político-militar y económica de los Estados Unidos de América. Las dos primeras décadas del siglo XXI han sido las de una evidente y progresiva decadencia de su poder e influencia. El ataque terrorista del 11-S, las derrotas de Iraq y Afganistán, la crisis financiera de 2008 con epicentro en Wall Street o las “primaveras árabes” instigadas fallidamente desde Washington con el desbaratamiento de sus planes en Siria y Libia, dan cuenta del desgaste geopolítico de la superpotencia mundial, sobre todo en Oriente Medio. Al otro lado de Asia el crecimiento y expansión de China o el renacimiento de Rusia como actor central del tablero geopolítico desafían su orden unipolar.

Son varios los factores y situaciones que vienen poniendo de manifiesto las debilidades y limitaciones de la gran superpotencia occidental para preservar e imponer sus intereses mundialmente. El último capítulo de esta deriva declinante se está evidenciando a propósito de la gestión de la crisis sanitaria derivada de la pandemia y el impacto que ha causado en su economía. La aplicación por parte de la Administración Trump de unas políticas de expansión fiscal y de estímulo financiero sin precedentes muestran el descomunal desafío que enfrenta la primera potencia mundial.

Las principales causas del declive de EEUU hay que encontrarlas en la pérdida de consistencia de las superestructuras financieras encargadas de la gobernanza mundial en las que se sustenta la hegemonía dolarista o “dolarcentrista”, como el Fondo Monetario Internacional (FMI) y el Banco Mundial (BM), con sus intermediarios regionales; y la Organización Mundial del Comercio (OMC) y la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE), entre otras instituciones. Conviene recordar que este statu quo respondía originariamente a la ordenación de los intereses de los aliados bajo el liderazgo de EEUU en los acuerdos de Bretton Woods (1944) y materializados en el FMI y BM tras la Segunda Guerra Mundial. Unos intereses que consistían en reforzar sus posiciones estratégicas tras la contienda mundial frenando la expansión e influencia soviética en todo el orbe. Terminada la Guerra Fría, sin embargo, este modelo prosiguió tres décadas más sin apenas transformaciones internas.

La clave de bóveda del vigente sistema financiero internacional es la consagración del dólar estadounidense como principal divisa de reserva mundial. Los acuerdos de Bretton Woods establecieron la supremacía del dólar haciendo a esta moneda la única convertible en oro. Esta singularidad posicionó de facto al dólar como principal reserva internacional. El patrón oro pasaba a regir únicamente al dólar (originalmente a un tipo de cambio de 35 dólares por onza de oro), mientras que el resto de los países signatarios se obligaban a fijar sus divisas nacionales frente al dólar y no ya frente al oro. En este sentido, los tipos de cambio fijos quedaron determinados por la cantidad de oro que un país tuviera almacenada en la Reserva Federal.

Este nuevo sistema surgido en las postrimerías de la Segunda Guerra Mundial ya anticipaba lo que vendría poco tiempo después. La gestión de la reconstrucción europea sería efectivamente un suculento negocio financiero que se cristalizó en los préstamos multimillonarios conocidos como Plan Marshall. La situación del dólar como divisa internacional permitía así generar un marco jurídico y financiero estable para configurar un sistema de pagos internacional con el que instrumentar las transacciones derivadas de la reconstrucción europea y los primeros proyectos de su expansión comercial y dolarización de la economía mundial.

Desde 1945 a 1989 el cosmos de la Guerra Fría lo constituían unas relaciones tensas de equilibrios inestables. Un mundo bipolar con conflictos localizados esporádicamente en diferentes latitudes y contextos entre ambas potencias a través de actores secundarios radicados en África, Asia o América del Sur o Centroamérica. La OTAN y el Pacto de Varsovia se repartían las zonas de influencia y el mercado armamentístico. En una primera fase, la rivalidad en cuanto al desarrollo militar e industrial entre ambas potencias arrojaba un resultado de cierta paridad o empate, pero no sucedía lo mismo con las finanzas ni con la influencia de sus respectivas divisas. El dólar estadounidense desde muy temprano se fue imponiendo en el comercio mundial, como principal divisa de reserva y cambio en la mayoría de las economías nacionales y mercados estratégicos, como el del petróleo.

La ruptura del patrón oro en 1971 no alteró el predominio de EEUU porque el comercio mundial ya estaba muy dolarizado y no había alternativa monetaria. El rublo soviético no podía hacer sombra a la divisa americana. Esto dio a Washington, a través de la Reserva Federal y del Departamento del Tesoro, una extraordinaria capacidad de endeudamiento para financiar su gasto militar y para condicionar a sus socios e imponer sus directrices a terceros países. O se incorporaban pacífica y voluntariamente al circuito financiero-comercial “dolarizado” -asumiendo importantes saldos de deuda externa (para el “desarrollo”)-, o tendrían que asumir las actuaciones alternativas del Pentágono. El paradigma de esta geopolítica monetaria fue el mercado petrolero, que es el principal mercado dolarizado, y por tanto convertido desde entonces en el mayor foco de tensión geoestratégica, como lo demuestran los constantes conflictos en Oriente Medio. El desplome que ha experimentado el precio del petróleo desde que irrumpió la pandemia no es más que otra expresión de la tensión que se acumula sobre el dólar.

Las cosas están cambiando muy deprisa. La pandemia está actuando como el catalizador de una crisis definitiva del modelo financiero occidental que ya venía fraguándose en los últimos años, a pesar de las ficciones creadas en torno a la recuperación de la crisis de 2008 que se venían predicando interesadamente en los últimos tiempos. La evolución del dólar nos irá dando las pistas, como sucedió en la semana del 23 al 27 de marzo, cuando según Bloomberg la divisa estadounidense cayó un 4,36%, algo que no sucedía desde la semana del 23 al 27 de septiembre de 1985. No por casualidad, Craig Cohen, estratega del banco JPMorgan Chase, afirmaba en julio del año pasado: "El dólar podría perder su estatus de principal moneda de reserva en las próximas décadas, colapsado por el creciente poder de las economías asiáticas". Parece que las previsiones de este analista de Wall Street pueden adelantarse más de lo que intuía. Otro indicador de la aceleración de la dinámica hacia la desdolarización es el hecho de que Rusia tenía en julio del 2017 el 46,3% de sus activos nominados en dólares, pero un año después esta cifra se redujo al 21,9%, menos de la mitad, mientras que ha elevado un 14,6% sus reservas de yuanes, un 6,9% las reservas del euro, el 4,5% de yenes japoneses y cantidades menores de dólares canadienses y australianos. Además, muchos países ya venían incrementando sus reservas de oro en los últimos años para reducir su dependencia del dólar.

En este contexto, parece necesario no dejarse seducir por la narrativa mediática que con tanta frecuencia se ofrece y consume en las sociedades occidentales, potenciada con la crisis de la pandemia y las medidas de liquidez que se están proponiendo desde la Reserva Federal y el Banco Central Europeo. El relato del Wall Street Journal, del Financial Times y de otras terminales oficialistas, tiene un carácter cada vez más reduccionista y autoindulgente, buscando inculpar a terceros actores de las deficiencias y vulnerabilidades internas de sus modelos de crecimiento bajo unos sistemas sociales, administrativos y financieros que han demostrado ser más frágiles de lo que se suponía. Son precisos enfoques más transversales e integrales. Se están produciendo numerosos movimientos sísmicos dentro del sistema financiero occidental -eminentemente angloamericano- que poco tienen que ver con el coronavirus y mucho más con la hegemonía del dólar, el precio del petróleo y la revancha de China y Rusia por la guerra comercial y las políticas de sanciones entabladas por EEUU en los últimos años. Este desquite consiste, entre otras medidas geopolíticas, en ir desvinculando progresivamente el mercado petrolero del dólar, a partir de la diversificación de las reservas monetarias de los balances de los principales bancos centrales, comenzando por los de algunos países exportadores de petróleo.

China ha demostrado una notable eficacia resolviendo su crisis sanitaria y ha puesto a funcionar ya a su economía nuevamente. El covid-19 puede ser un punto de inflexión determinante si China aprovecha este nuevo contexto de convulsión para impulsar el volumen de sus transacciones en monedas distintas al dólar dentro de su ámbito de influencia, como ya comenzó a hacer Rusia, erosionando de esta manera el estatus dolarista hegemónico. ¿Estará capacitada China para sentar las bases de un sistema monetario que reemplace al dólar como principal divisa de reserva en un corto plazo? Los próximos meses podrían aclarar esta incógnita.

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