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45 AÑOS DEL FALLECIMIENTO DE FRANCO

La Homilía olvidada de Tarancón
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La Homilía olvidada de Tarancón

· Por Luis Sánchez de Movellán, Doctor en Derecho. Profesor y Escritor

domingo 22 de noviembre de 2020, 09:14h
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En estos días que se cumplen cuarenta y cinco años de la muerte del General Franco, queremos rescatar una de las dos homilías -la menos conocida y citada- que el Cardenal-Arzobispo de Madrid, don Vicente Enrique y Tarancón, pronunció, una, el mismo 20 de Noviembre de 1975 ante Franco de cuerpo presente, y la otra, en la solemne Misa del Espíritu Santo del día 27 de Noviembre, con que comenzó el reinado de Juan Carlos I. De las dos homilías mencionadas, la del día 27 ha sido innumerables veces evocada y la conocen bien todos aquellos que se hayan interesado por los comienzos de la Transición política española. Pero la que pronunció la mañana del 20 de Noviembre, ante el féretro del Generalísimo, no suele ser recordada, de forma interesada, por los periodistas, ni por los historiadores ni tampoco por los investigadores. Para los españoles, en general, es una homilía no ya olvidada sino totalmente desconocida.

Las palabras del Cardenal Tarancón en el mediodía del 20 de Noviembre, en la capilla del Palacio del Pardo, fueron inequívocas: “Nos hemos reunido para rezar. No debéis esperar de mis palabras ni un juicio histórico ni tampoco un elogio fúnebre. Ni éste es el momento de tales juicios ni es función de la Iglesia el formularlos”. El Arzobispo de Madrid no hizo una glosa fúnebre, quizás porque no quiso incurrir en las exageraciones a que se prestan los momentos luctuosos, y, simplemente, se limitó a decir que sentía una especialísima emoción al repetir unas palabras bíblicas –“la vida de los justos está en manos de Dios”- “ante el cuerpo de quién durante casi cuarenta años, con una entrega total, rigió los destinos de nuestra Patria” y que se sentía acongojado “ante la desaparición de esta figura auténticamente histórica”, sintiéndose, sobre todo, dolorido “ante la muerte de alguien a quien sinceramente queríamos y admirábamos”.

La admiración de don Vicente Enrique y Tarancón se mantuvo y continuó diciendo el Cardenal: “Como decía San Juan de la Cruz…y este amor de Francisco Franco es el que sí puedo elogiar yo en esta hora…Creo que nadie dudará en reconocer aquí conmigo la absoluta entrega, la obsesión diría, incluso, con la que Francisco Franco se entregó a trabajar por España, por el engrandecimiento espiritual y material de nuestro país, con olvido incluso de su propia vida. Este servicio a la Patria -lo he dicho ya en otra ocasión- es también otra virtud religiosa…”.

“Quién tanto y tanto luchó hasta extinguirse por nuestra Patria -añadió el Cardenal Tarancón- presentará hoy en las manos de Dios este esfuerzo que habrá sido su manera de amar, con limitaciones humanas, como las de todos, pero esforzada y generosa siempre”. Y, sin duda, impresionado por el testamento de Franco, Monseñor Tarancón recordó que había muerto “uniendo los nombres de Dios y de España, como acabamos de oír en el último mensaje. Gozoso porque moría en el seno de la Iglesia de la que siempre ha sido hijo fiel”.

Terminó su homilía el Cardenal Enrique y Tarancón con un claro reconocimiento al ejemplo del Jefe del Estado fallecido y con unas palabras que hoy, ante los embates que sufre nuestra Patria por parte de sus enemigos, pueden hacernos meditar profundamente sobre los destinos de España: “Ante el cuerpo del hermano que acaba de abandonarnos, creo realizar el mayor homenaje hacia él y cumplir, al mismo tiempo, mi misión de Obispo, llamando a todos los españoles a la unión, a la concordia, a la convivencia fraterna…Si todos cumplimos con nuestro deber con la entrega con que lo cumplió Francisco Franco, nuestro país no debe temer por su futuro”.

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