Seguramente estoy equivocado porque al limitarse en términos temporales toda mi existencia a esta concreta época carezco de vivida experiencia histórica para comparar, pero considero o mejor dicho quiero considerar que ahora más que en cualquier otro tiempo pretérito estamos en un “theatrum mundi”, donde los humanos que en él habitan más que nunca solo son y se comportan como perfectas marionetas teledirigidas. Lo que por otra parte si no les gusta, también creo que más que nunca disimulan muy bien.
A veces hay alguno que intenta solo ser uno, mantenerse frente a todo y todos siendo todo el rato el mismo, aunque con muchos trajes diferentes para sobrevivir según la escena se desarrolle en el proscenio, en la concha del apuntador, en el escotillón o entre bastidores, y en tal caso tan mal actor jamás podrá aspirar a merecer un Óscar, porque se le aplicará aquello de que no es precisamente solo el rezo lo que hace al monje; en cambio a veces y con mucha más frecuencia sencillamente muchos otros por sus dotes interpretativas pueden figurativamente llegar a ser muchos más [demasiados], en un remedo del milagro de la multiplicación de los panes y los peces, y lo harán por la vía de interpretar en cada acto de la obra el personaje que corresponda o que más interese según un improvisado y cambiante guion, y curiosamente solo es alguno de estos quien en algún caso y por casualidad gana el Bafta. En ambas situaciones el problema está en el imprevisible mal final seguro, es decir es seguro que su fin será malo pero se desconoce el alcance de la maldad.
En alguno de todos estos adulterados y postizos en su particular arte es tanta la impostura que habita que revisada la hemeroteca todas sus interpretaciones sin excepción al final resultan una patética caricatura.
En cambio gente natural, nítida, propia y refrendada cada vez es más difícil de encontrar, y no me refiero a quien no cambia ante la evidencia o a quien tercamente se obceca en mantenerla y no enmendarla, tampoco en este minoritario grupo incluyo a quien lleva al máximo extremo el cumplimiento de sus compromisos como hizo Ceferino Quiñones Espartero, que para demostrar el valor de su palabra y el gran tamaño de una parte anatómica de su cuerpo que rima con su primer apellido (Has acertado, me refiero a los riñones) dijo que su muerte sin falta se produciría en una fecha concreta futura y cuando llegó el minuto 59 de la hora 23 de ese exacto día para demostrar que a él no le obligaba a contradecirse ni la naturaleza se ahorcó.
Y por ello, a esos poquísimos elegidos atorrantes individuos, tan genuinos como el Levi’s 501, de los que por conservar las buenas costumbres y no perder los malos hábitos me aseguro de rodearme y tanto aprendo, en algún momento entre golpe y golpe durante la velada de boxeo o al hacerles disfrutando y sonriendo por dentro un canalla snookers frente a la mesa de billar, aunque no se lo digo, si les pienso a la cara: “Si algún día un libro escribo no alberguéis ninguna duda respetados patibularios coadjutores, protagonistas seréis de mi novela, porque si todos somos personas, no olvidéis ilustres desconocidos, que personajes auténticos con impronta propia sólo sois los elegidos.”
Me llama poderosamente la atención aquel que tras ser consciente de su incorrecto proceder inmediatamente se exculpa frente a los testigos manifestando “este no soy yo”, “yo nunca hago esto”. Cuando soy espectador directo de semejante alarde de estupidez con base en una obvia contradicción [mis actos no son de mi yo], me digo menuda confusión tiene el artista, por mucho que se haya estudiado el papel, cuando se mete en la cama no distingue si le toca ese día ser la abuela de Caperucita o el lobo. Y en ese momento mi atávico instinto de cazador me pide no retrasar, con independencia de su aliño indumentario de ancianita o alimaña, desempolvar la lupara y colocarle una posta en el centro del pecho.
Alguno su pose diaria la establece reiteradamente de forma anual por fidelidad al papel que rigurosamente para casi todos los comunes marca el inevitable correr del calendario, y así el fulano con el caer de las hojas al iniciar un nuevo ejercicio laboral y su volver a la obligación es desagradable, durante la temporada de las nevadas y heladas mientras trabaja en su rutina es inaguantable, con el florecimiento del campo y el aumento de las alergias sin darle ninguna oportunidad a la esperanza cada día es más insoportable y por último al llegar sus vacaciones estivales los que de su compañía tienen la suerte de librarse por fin descansan.
Y como se manifiesta expresamente en su inexistente segundo capítulo en la todavía no redactada y por tanto inédita obra de un autor por ahora por timidez escondido, y en consecuencia todavía para todos desconocido, titulada “La misma estación, otro año más”, sin que lo omitido altere ni en lo más mínimo lo literalmente aquí transcrito, digo: “… Y así despedido con tristeza el juvenil verano, tras fugarse sin pena ni gloria el maduro otoño, al terminar la dureza de su tiempo con voz rota y grave dijo el frío viejo invierno para recibir a la recién llegada cálida infantil primavera, no cambies nunca querida, salvo que haya una muy buena razón para hacerlo.”