Los Emiratos Árabes Unidos, que han sufrido más de la mitad de los ataques, Arabia Saudí, Qatar y los demás principados no han tomado represalias militares a las embestidas iraníes que ha provocado cuantiosos daños estructurales y bajas entre los civiles convirtiendo un oasis dorado en un escenario dantesco. En este conflicto ha quedado demostrado que no existen buenas opciones, sino ajustadas o inadecuadas con pérdidas netas para toda la región. Pero ante el dilema hamletiano de sufrir o reaccionar, las monarquías consideran de momento que la primera opción es la menos arriesgada, tanto en términos humanos como económicos.
Pero al verse afectados tanto el lucrativo negocio de la energía como el comercio marítimo, similar disyuntiva se vuelve más angustiosa. Faisal bin Farhan Al Saud, titular de la cartera de Asuntos Exteriores del régimen wahabita, matizó que “nuestra paciencia no es ilimitada” al finalizar la cumbre de Riad el pasado 18 de marzo. El buen funcionamiento de los sistemas de defensa e interceptación de los misiles locales, con el apoyo de Gran Bretaña, Francia y EE.UU., ha permitido contener el número de bajas y que la opción de “sufrir sin reaccionar” sea viable políticamente.
Sin embargo, la falta de respuesta después de ocho semanas conlleva riesgos. Las oleadas de drones y misiles lanzados desde Teherán, dirigidos mayoritariamente contra bases castrenses, aeropuertos, embarcaderos y centrales energéticas, se han convertido en una kafkiana “nueva normalidad” que afecta a la vida de millones de residentes y erosiona la imagen de un lugar idílico y seguro. Puede tratarse de un escenario temporal, pero los erróneos cálculos de Washington, la voracidad de Jerusalén y la misma impredecibilidad de una guerra no ofrecen respuestas certeras.
Además, la inacción de las monarquías del Golfo faculta el desarrollo de una sagaz y afilada propaganda bélica del régimen chiita. El impacto de los HESA Shaed 136, vehículos aéreos de combate no tripulados de tipo kamikaze, pone al descubierto la fragilidad de la infraestructura energética y las objetivas deficiencias del paragua de defensa norteamericano que debería servir como factor disuasorio (véase interesante artículo sobre las carencias del poder militar estadounidense al enlace https://shorturl.at/eouCz). Más allá de una instrumentalización de la guerra, los países del Golfo deberían abordar seriamente una renovación de su particular Iron Dome (cúpula de hierro, NdA) al finalizar el conflicto.
De momento, la prioridad de cada emirato es la de resguardarse y seguir haciéndolo indefinidamente. Los avanzados sistemas de defensa han sido jaqueados por drones cuyo potencial aniquilador ha quedado manifiesto en Europa oriental. No es baladí que alrededor de doscientos militares ucranianos hayan sido contratados por las monarquías con el objetivo de interceptar los enjambres de aeronaves no tripuladas cuyo coste individual es de un puñado de euros respecto a los dos millones de un misil Tomahawk. Washington, según cifras difundidas por el Pentágono, gasta alrededor de 23.000 dólares por segundo y Donald Trump ha solicitado 200 mil millones al Congreso para seguir alimentando un conflicto que ocasiona profunda grietas en el ecosistema MAGA (Make America Great Again, NdA) y únicamente está beneficiando a Netanyahu.
En similar contexto, la estrategia que han adoptado los emiratos del Golfo no debe valorarse como desacertada al ser más sutil de lo que parece. Se trata de un análisis de coste y beneficios a largo plazo. Los líderes árabes intentar reorientar el discurso mediático y “enfatizan aspectos claves como el sentido de la responsabilidad, la moderación y la cautela de sus gobiernos” explica el académico Filippo Costa Buranelli de la Universidad de St. Andrews en Escocia. Mensaje tranquilizador y estrategia de comunicación que buscan apaciguar el nerviosismo de los trabajadores expatriados y de los facultosos residentes enfrentados a una nueva realidad de zumbidos incesantes y cañones antiaéreos. Por supuesto esto también va dirigido a los empresarios e inversores que analizan la necesaria diversificación económica posterior a la era de los hidrocarburos.
A medio plazo, la estrategia de las monarquías del Golfo consiste en preservar un margen de negociación que se utilizará cuando la situación política y militar lo permita. Suiza marcó el camino con su providencial neutralidad entre 1939 y 1945. Una elección aventurada: desde que comenzaran los bombardeos los EAU han retirado su embajador en Irán, Catar expulsó a los agregados militares del Estado persa y Arabia Saudí ha declarado personas no gratas a cinco representantes iraníes. Cualquiera que sea el desenlace bélico y se produzca o no un cambio de régimen en Teherán, los países árabes de la región están obligados por la geografía a coexistir y el mantenimiento de los vínculos diplomáticos es una obligación.
Trump, mal asesorado y hábilmente embaucado por “Bibi”, se ha metido en un avispero. Particularmente en el estrecho de Ormuz, donde Irán establece quién puede transitar y quién no. Nada inesperado por alguien que acostumbra despachar las reuniones con sus asesores de inteligencia “en dos minutos” y les obliga a crear vídeos “con explosiones para captar su atención”, como han filtrado altos oficiales a la prensa (más información al enlace https://shorturl.at/quIi4). Reputados analistas sugieren que “el conflicto se prolongará y su desenlace es incierto”. Los tiempos se recortarán si una de las partes logra imponerse militarmente o el desgaste progresivo de todos los actores involucrados obligue a una revisión estratégica.
Y será entonces cuando las monarquías del Golfo podrán rentabilizar su medida pasividad. Sin embargo, cabe preguntarse acerca del umbral de resiliencia de las mismas, qué daños y ataques tendrán que soportar antes de que se concrete la desescalada y durante cuánto tiempo se limitarán a defenderse. ¿El juego vale la candela? Según un diplomático transalpino de estancia en Riad, “es importante entender que el instinto de supervivencia es algo más que interiorizado en estos lares (…). Para comprender la presunta inacción de estas monarquías hay que mirar a África”.
La participación de los emiratos en el continente negro ha estado impulsada por motivaciones estructurales, diversificación de las cadenas de suministro, acceso a recursos alimentarios, expansión de redes logísticas y fortalecimiento de las alianzas geopolíticas. La crisis actual podría desencadenar un repliegue táctico en la región como el vínculo entre EAU y Sudán. Aun así, la lógica estructural que impulsa los intereses de los petrodólares no cambia ante una inestabilidad regional, sino todo lo contrario. Se agudiza y posibilita consolidar sus tentáculos fuera el Golfo, limitando de tal manera su exposición a los denominados regional chokepoints.