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Vivir

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· Por Julio Bonmatí, Observador de masas

domingo 24 de marzo de 2024, 08:54h
Vivir se puede reducir a un continuo inhalar y exhalar, al que llamamos respirar, que acompañamos con alguna otra fisiológica función más hasta llegar a su solución final; momento en el que se hace presente la muerte para certificar con una defunción que también ella sabe cumplir bien con la tradición. Pero prefiero por cierta propensión al optimismo plantearme el vivir como una función homogénea de grado uno sin solución de continuidad, para escapar que no huir de límites oportunos y casuales barreras; y mientras tanto, sin dejar las otras de lado, también y no solo por vital necesidad seguir contento respirando.

Y así, al observar la naturaleza lo que siempre es muy provechoso, no puedo dejar de concluir para mi consumo propio que vivir mayormente es latir y pensar sin contemplar como una opción la rendición, para seguir cada día en la senda conocida con el nombre de “Aún aprendo” que permite una búsqueda constante de originales y alternativas vías para hacer cumbre de nuevo.

Y a tal fin tenemos una herramienta anatómica que se llama cerebro, la cual nos proporciona una herramienta funcional denominada capacidad cognitiva que nos hace poseedores de una herramienta de utilidad que se identifica con la abstracción taquigráfica de conocimiento; que solo cuando realmente se alcanza, tras pagar siempre su precio en esfuerzo, se salta la valla.

Todos los seres vivos como especie tienen la capacidad de adaptación para en la medida de lo posible garantizar su propia supervivencia; el ser humano como especie duplica a las demás y así reúne dos capacidades, la de adaptarse al medio para sobrevivir y la de adaptar el medio a sus intereses para incrementar la probabilidad de éxito en la consecución de todos sus objetivos; los cuales al final se reducen básicamente también a perpetuar en la medida de lo posible su propia supervivencia.

Y a consecuencia de ello en la ejecución de tales pesquisas, que permite el escape [mayormente de la ignorancia], por igual se debe con dedicación olímpica e incansable persistencia no dejar de practicar y entrenar, hasta convertirlas en intrínsecas del instinto del animal salvaje que llevamos dentro, por una parte la habilidad en la detección en nuestro entorno de la ausencia de lo normal, junto con la habilidad por otra parte en la detección a nuestro alrededor de la presencia de lo anormal.

Y llegados hasta aquí, ahora nos encontramos un segundo antes de subir y colgarnos de las ramas del nuevo árbol de la inteligencia artificial dos subespecies de homínidos, los que creen ver en ella incrementada la posibilidad de seguir como hasta ahora, pero de manera más confortable y cómoda, respirando y viviendo solo hacia fuera; y los que girándose se ovillan no como signo de un rechazo pleno, ni de lejos, sino como un gesto reivindicativo de querer también poder seguir respirando y viviendo hacia dentro, sin tener por ello que aislarse por completo.

Los primeros precisan de otros para que les abran las puertas y gustan de dejarse arrastrar por un fuerte viento ajeno que redacta esa moderna novela común que a cualquiera queda cerca; mientras a los segundos no les importan ni incomodan las rejas, pues estas nunca han podido impedir que con suave brisa propia en los dominios de su jaula manufacturen libres su particular poesía, esa que a todos ellos lleva más lejos.

Reconozcamos a cada cual su mérito, ya que de faltar alguno de los dos subconjuntos de los descendientes de los neandertales por su condición de complementarios no sería fácil distinguir y elegir, se cercenaría el libre albedrío como el mayor derecho propio por antonomasia del ser humano; y aunque es innegable que respirar ambos respiran y que a su manera vivir ambos viven, la diferencia sustancial estriba en que los primeros se van solos, haciendo mutis por el foro, tras sacar boleto funerario para el patio de butacas, pero a los segundos, a los segundos con su punto no exento de cierto envidiado glamur viene al escenario en persona a buscarlos la dama de la guadaña, porque sin negar ni renunciar a su mortalidad con su natural e innata rebeldía a veces se hacen muy difíciles de matar.

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