No, el nº1 de Blackrock no ha pedido que se dé marcha atrás en la transición verde, ni que se tenga que volver al apostolado sobre la necesidad a toda costa de mantener la hegemonía petrolera, ni que se deba dar un volantazo en los cambios que, en aras de la manoseada y cacareada sostenibilidad, se están produciendo en el sistema energético. Es algo mucho más relevante.
Es una voz, la del mandamás de la gran firma de inversión estadounidense, de un peso económico indiscutible e inalcanzable a nivel mundial, también de una influencia política, que está vindicando que no es el camino considerar que hay una ‘nueva religión verde’, una secta, un libro con unos dogmas sagrados, inamovibles y que han de seguirse y aplicarse ciegamente, cerrilmente.
Se necesita petróleo, y gas, y renovables. Sin exclusión. Sin atención alguna a las proclamas de los activistas de extrema izquierda o de signo contrario que berrean que los países tienen que elegir, de manera totalmente radical y excluyente, entre unas clases de energías u otras.
“La descarbonización incluirá hidrocarburos, aunque en menor cantidad, durante algún tiempo”, ha puntualizado Fink. La pregunta es: una proclama tan sonora, de tanto fuste y fundamento, que llega desde las alturas, ¿será atendida no sólo por los gobernantes que han hecho de la ‘sostenibilidad’ y sus mantras un cortijo y un negociazo, sino por los pobres hombres, esos quijotes del ecologismo que en Semana Santa se han quedado tirados en medio de La Mancha, con sus limitadísimos Teslas, tal y como era absolutamente previsible?
Seguro que el ponderado exordio de Fink y las imágenes patéticas de las colas kilométricas en la electrolinera de Atalaya del Cañavate harán salir de la secta a esos fanáticos de ‘lo sostenible’ (aunque sólo sea a un puñado) que hasta hoy se dejaban arrancar derechos y libertades, mansos, lanares… dentro de su pobre mentalidad de secta.