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Malo

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· Por Julio Bonmatí, Observador de masas

domingo 14 de abril de 2024, 08:35h

En el contexto histórico que a cada uno le envuelve, peligroso es tener una necesidad que la carencia que arrastra desgasta cuerpo y alma, y peligroso también es tener ese desconocimiento extremo que te hace un perfecto inútil; pero si los juntas y los reúnes ambos a la vez, necesidad y desconocimiento, entonces gran parte de tu futuro está perdido y si al pensar en ello te embarga la sensación de un doloroso vacío, es porque aciertas de pleno y así es; y en tal caso el regalo de la vida, con independencia del papel que lo envuelva, no tiene completo sentido.

Si el infortunio, en el ejercicio de su libre albedrío, con la materialización de un imponderable canalla para tu desgracia te recibe o te obsequia con la primera; de una u otra manera, aunque no por igual ni en todo momento para todos, casi siempre hay con esfuerzo una posibilidad de reducir, con ayuda de libros y maestros, el segundo.

Y mejor como testigo que como protagonista más vale pronto que tarde aprender que “la vida es una tómbola que a veces se vacía de luz y de color y en la que toca perder.”

Y si nadie está libre de una forma u otra de perder en alguna ocasión, no es menos cierto que más vale no confundir llegar al mismo maldito resultado por la vía de perder donde no te libraba nadie de ello ni siquiera tú, es lo que se conoce como muerte por bala perdida; que por la vía de no ganar donde es tu mal hacer el causante de ello y por tanto es tu responsabilidad lo insatisfactorio de lo obtenido, es lo que se conoce como muerte frente al paredón.

Estas en un mundo, que por ser parte integrante en él también es el tuyo, y por ese motivo te permite tomar decisiones, para sobre lo determinado con las mismas, proceder a ejecutar acciones que para mejor o peor siempre tienen consecuencias; y estas últimas ineludiblemente, en mayor o menor medida, cambian aquel mundo.

Mira cuidadosamente lo que deseas, no sea que finalmente te toque en suerte y lo que más lamentes es haber adquirido boleto para esa rifa; donde nada más recibir “la muñeca Chochona” del premio te desaparece la sonrisa, pues este te huele a filfa sin en verdad serlo, y para comprobarlo basta darle la vuelta y ver en su culo de trapo tu nombre grabado a fuego. En la vitrina parece fuente de autenticidad y tras catarla sabe a obstáculo para alcanzarla.

No es lo mismo puntualmente ver diáfano y nítido allá en lontananza hacia donde se debe y hay que caminar, que mirar constantemente la cercana y limitante cuneta con auténtica claridad para no salirte del camino. Y muchas veces para seguirlo sin incidentes este precisa de ser mostrado, en su anchura y extensión, por quien con anterioridad ya lo anduvo.

El profesor que solo te da respuestas, aunque no lo parezca, en su comodidad al final solo es un mal formador; el buen profesor es el que se esfuerza para darle un vuelco a su docencia con la finalidad tras terminar sus clases de haberte dotado de la sagaz capacidad de hacerte -por ti y para ti- sin ninguna ayuda ajena las preguntas correctas. Y obviamente preguntarás ¿Cómo sé que son las correctas? Es muy fácil, cuando en tu soledad tras habértelas formulado en tu intimidad intelectual, y antes de obtener la respuesta, sientas una inmensa e incontenible alegría porque tu mente sencillamente ya se encuentra plenamente colmada de asombro.

Sin ser siempre buena, tampoco siempre es mala la necesidad, lo que siempre es malo es el desconocimiento y todavía siempre es mucho peor dejarse dominar por la “akrasia”, es decir por esa debilidad de la voluntad que por un juicio desordenado [carente de conocimiento] lleva a elegir entre las posibles una opción que no es la óptima entre las viables.

Cuando aquella [la necesidad] aparezca, te rodee y te parezca que es imposible escapar, en primer lugar, antes de dejarte hacerlo por quien solo te quiere sin que a esta persona tengas ni mucho menos que rechazarla; para alejar miedo, rencor y maldad, déjate primero abrazar por quien desde el auténtico cariño te empuje a deslizarte por la pendiente de esa solitaria funesta manía que se llama pensar; y cuyo goce en tanto que vivificación perenne no a todos se les alcanza por igual.

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