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La Atención Primaria al límite: huelga médica y crisis estructural de la sanidad española

La Atención Primaria al límite: huelga médica y crisis estructural de la sanidad española
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· Por Axier Amo Izarra, periodista experto en MK Digital en RRSS y Asuntos Públicos, exDirector General de Transparencia y Buen Gobierno de la Comunidad Autónoma de La Rioja

La huelga de médicos que recorre España no es un pulso sindical más ni un desacuerdo técnico sobre el Estatuto Marco. Es la expresión de un malestar profundo y acumulado durante años. Este marco, que debería proteger y reconocer la singularidad del trabajo de los profesionales, propone mejoras en jornada laboral, retribuciones y condiciones de guardia. Pero muchos médicos consideran que no responde a la sobrecarga real que viven a diario.
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Un ejemplo evidente son las guardias: prolongadas, mal remuneradas y que en muchos casos no computan para la jubilación. Esta situación penaliza tanto la carrera profesional como la calidad de vida de los médicos y dificulta atraer y retener talento en la sanidad pública. Mientras tanto, la sanidad española sigue sufriendo problemas estructurales graves: listas de espera interminables, falta de médicos en todas las áreas, recursos insuficientes, infraestructuras obsoletas y tecnología desactualizada. Consultas rápidas, sustituciones no cubiertas, jubilaciones que se reemplazan con demora y plazas desiertas por condiciones poco atractivas dibujan un sistema al límite. La vocación profesional ha mantenido la atención en pie, pero la vocación no puede sustituir la planificación ni la inversión.

Atención Primaria: el pilar sobrecargado

Si hay un ámbito donde la crisis se hace tangible todos los días, es la Atención Primaria. Es la puerta de entrada al sistema, el primer filtro clínico y el espacio donde se previenen enfermedades, se diagnostican de manera precoz y se acompaña al paciente. Y, sin embargo, es también el eslabón más castigado.

Los médicos de familia y pediatras de primaria soportan agendas que superan fácilmente los 40 pacientes diarios. La media de tiempo por consulta se reduce a siete u ocho minutos, un margen insuficiente para escuchar con calma, explorar con rigor y explicar tratamientos. Las sustituciones no se cubren, las jubilaciones no se reemplazan a tiempo, muchas plazas quedan vacantes por condiciones poco atractivas, y la carga burocrática crece constantemente. Centros de salud con instalaciones envejecidas y escasa tecnología completan un panorama de precariedad estructural.

A pesar de estas condiciones extremas, son los médicos de Atención Primaria quienes mantienen la atención sanitaria en pie gracias a su vocación. Su compromiso va más allá de las patologías leves: gestionan enfermedades crónicas complejas, salud mental, coordinación con especialistas y seguimiento domiciliario. Conocen el contexto familiar y social de cada paciente, detectan problemas antes de que se agraven y actúan como un verdadero escudo frente al colapso hospitalario.

El círculo vicioso es evidente: la saturación de la primaria lleva a que los pacientes acudan a urgencias, los hospitales se colapsan y la presión vuelve a recaer sobre los centros de salud. Pero la vocación, por sí sola, no puede compensar la falta de personal, de tiempo clínico y de recursos. La Atención Primaria no es un lujo: es la columna vertebral del sistema. Debilitarla compromete la salud de todos.

Las reivindicaciones del Estatuto Marco buscan reconocer estas dificultades: jornadas y guardias reguladas, retribuciones más justas y protección de la singularidad del ejercicio profesional. Sin embargo, para que sean eficaces, deben ir acompañadas de una inversión real en personal, infraestructuras y tecnología, además de límites efectivos a las agendas diarias.

La paradoja de la ministra médica

En este escenario, la figura de Mónica García adquiere un peso simbólico y político. No solo lidera la política sanitaria nacional; es médica de formación. Conoce de primera mano la presión asistencial, las guardias extenuantes y la responsabilidad clínica.

Y, precisamente por ello, resulta difícil de entender la distancia que perciben muchos profesionales entre sus necesidades y la respuesta política. La huelga no es un gesto corporativo: es la alarma de un sistema que no puede seguir funcionando al límite. El liderazgo no consiste en señalar competencias de las comunidades autónomas, sino en coordinar, financiar y reformar un modelo que ha sostenido a la primaria con insuficiente apoyo durante años.

Cuando miles de médicos advierten que el Estatuto Marco no recoge la singularidad de su trabajo ni protege adecuadamente su esfuerzo, la respuesta política no puede limitarse a discursos. La inacción es riesgo. La falta de medidas concretas para reforzar plantillas, limitar agendas, modernizar centros y reconocer profesionalmente la carga asistencial envía un mensaje preocupante: la sanidad pública no es prioridad suficiente para quienes la gestionan.

Defender la Atención Primaria es defender la sanidad

Invertir en Atención Primaria no es un gasto: es eficiencia, prevención y sostenibilidad. Plantillas estables, infraestructuras dignas, límites a las agendas diarias, reducción de burocracia, tecnología moderna y reconocimiento profesional son urgentes para garantizar calidad asistencial y equidad.

La primaria no es un nivel menor; es el eje del sistema. Cuando falla, falla todo el sistema. Normalizar la sobrecarga, las consultas exprés y los centros obsoletos es aceptar una sanidad de segunda. La huelga médica es un síntoma, no el problema. El problema real es haber permitido que la Atención Primaria funcione durante años al límite sin reformas estructurales ambiciosas.

Proteger la primaria es proteger a los médicos, a los pacientes y al futuro del sistema sanitario. Reconstruir la confianza perdida —de profesionales y ciudadanos— será mucho más difícil que reforzarla a tiempo. La responsabilidad política es clara. El margen para la inacción se ha agotado. La sanidad pública no se defiende con discursos: se defiende con decisiones. Y esas decisiones deben tomarse ahora.

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