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Fernando Dávila Ponce: «Crowmie es el puente entre el capital privado europeo y la transición energética»

Fernando Dávila Ponce.
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Fernando Dávila Ponce.

· El fundador y CEO de Crowmie defiende una nueva forma de inversión en infraestructuras energéticas reales, capaz de conectar al inversor individual con activos tangibles, auditados y vinculados a la transición renovable

sábado 23 de mayo de 2026, 18:48h

Reconocido en el marco del Premio Carlos III, Dávila reivindica la democratización del acceso al capital energético como una respuesta empresarial a dos desafíos simultáneos: la dependencia estructural de Europa y la falta de alternativas claras para quienes buscan construir patrimonio con sentido, rentabilidad y propósito. Fernando Dávila Ponce sitúa el origen de Crowmie en una intuición empresarial precisa: había dos problemas estructurales que el mercado no estaba resolviendo de manera conjunta. Por un lado, millones de inversores se enfrentaban a productos financieros opacos, comisiones elevadas, capital bloqueado durante años y una volatilidad difícil de justificar. Por otro, Europa mantenía —y mantiene— una dependencia energética alarmante de terceros países, con una necesidad masiva de inversión para avanzar en su transición.

Crowmie nació en 2021 justamente en esa intersección. «Ahí estaba el hueco: una necesidad masiva de capital privado para financiar infraestructura energética real, y millones de inversores sin acceso a ese tipo de activo», explica Dávila. La compañía se planteó entonces como una firma de inversión orientada a conectar a cualquier inversor con infraestructuras energéticas reales, mediante activos tangibles, auditados y gestionados por expertos, con retornos netos anuales superiores al 9,5%.

Ese planteamiento, sin embargo, no se construyó desde la facilidad. El momento más crítico llegó durante la captación de los primeros proyectos de calidad. En un modelo de inversión alternativa, la credibilidad no depende solo de la narrativa tecnológica o del marketing, sino de la solidez del activo. «La calidad de los activos no es un atributo de producto, es el producto», afirma. Romper el círculo inicial —promotores que exigían tracción antes de compartir oportunidades e inversores que necesitaban proyectos sólidos antes de comprometer capital— obligó a una labor intensa de prospección, selección y construcción de confianza.

El diferencial de Crowmie, según su fundador, reside en democratizar el acceso a un universo que históricamente había estado reservado a fondos institucionales, family offices y grandes patrimonios. La compañía no se presenta como un fondo opaco ni como un producto financiero envuelto en una narrativa verde, sino como una firma vinculada a proyectos reales de infraestructura energética, con promotores verificados, estructuras auditadas y flujos de caja predecibles. «Lo que diferencia a Crowmie es haber construido el puente entre dos mundos que históricamente no se hablaban», sostiene.

Ese puente adquiere especial relevancia en un contexto energético profundamente transformado. Dávila considera que España ha vivido un cambio radical en pocos años, al pasar de una posición marcada por la importación energética a disponer de uno de los perfiles de generación renovable más potentes de Europa. Pero advierte que el verdadero cuello de botella ya no se encuentra en la generación, sino en la infraestructura de transmisión, almacenamiento y flexibilidad. «España tiene una ventana de oportunidad real para liderar, pero requiere capital privado, agilidad regulatoria y velocidad de ejecución», señala.

Para el CEO de Crowmie, las energías renovables ya no son una alternativa, sino «la columna vertebral de la transición». El debate, afirma, ya no gira en torno a si deben ocupar un papel central, sino a la velocidad y la financiación necesarias para desplegarlas. La tecnología existe, es madura y resulta competitiva. El problema está en que las redes, el almacenamiento y la capacidad de respuesta de la demanda no avanzan al mismo ritmo.

La actividad actual de Crowmie se concentra en proyectos de infraestructura energética real: solar fotovoltaica en autoconsumo industrial y colectivo, así como activos de flexibilidad y baterías. La innovación, en su caso, no reside tanto en el activo subyacente como en la ingeniería financiera que permite abrirlo al inversor minorista. «Esa es la innovación que importa: no hacer más complejo el activo, sino hacer más accesible su financiación», resume.

Sostenibilidad y eficiencia, para Dávila, no son conceptos decorativos. Un proyecto entra en la firma si supera un proceso de due diligence: TIR ajustada al riesgo real, solvencia del promotor, estructura contractual sólida y flujos de caja auditables. «Un proyecto que no es viable económicamente no es sostenible en ningún sentido del término», advierte. El impacto ambiental importa, pero nunca sustituye a la calidad financiera del activo.

Entre las grandes barreras del sector, identifica tres: la burocracia administrativa, la insuficiencia de la red eléctrica y el difícil acceso al capital para el tramo medio del mercado. Ahí se sitúa el campo de acción de Crowmie: proyectos de calidad que no siempre acceden a financiación institucional, pero que pueden convertirse en vehículos reales para movilizar capital privado.

A medio plazo, la compañía aspira a consolidarse como referente europeo en inversión en infraestructura energética. A diez años, la ambición es mayor: convertirse en el puente estructural entre el capital privado europeo y la transición energética continental. «Pocas veces en la trayectoria de un emprendedor se alinean la oportunidad, el propósito y el momento histórico con tanta claridad», concluye Dávila. Crowmie, en esa lectura, no es solo una empresa: es una respuesta estratégica a una época que exige invertir de otra manera.

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