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Creencia

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· Los griegos llamaban “dóxa” a la creencia u opinión y lo que quedaba fuera del campo de la creencia u opinión lo etiquetaban de “pará dóxan”

domingo 19 de julio de 2026, 09:30h

De ahí el origen de la palabra paradoja. Y si bien está instaurada por la Constitución la libertad de expresión. ¿Dónde está establecida como norma la “parresía”, la libertad de palabra? Exacto, en ningún sitio; por tanto, en el ejercicio de la libertad constitucional de hablar, que como todos sabemos sí está amparada, las palabras, aunque creas u opines otra cosa, no puedes usarlas como te venga en gana. Sí, por lo que sea, no está a tu alcance la adecuada y la oportuna; más vale guardar silencio.

Hagamos de la prudencia un hábito. Por ejemplo, quien, sin leer una sentencia judicial y siendo un lego en derecho, ya tiene sobre ella opinión o creencia y además se atreve a molestar a los demás, dándola a conocer en voz alta; opino y creo que es una persona indiscreta, charlatana, vocinglera, que dice lo que debería callar. Cierto, tienes toda la razón y es muy cierta tu opinión; ahora no he estado fino ni he sido del todo coherente con mis anteriores palabras, pues hubiera expresado lo mismo y de forma más exacta simplemente etiquetándola de bocazas.

La libertad de voluntad y de acción está dada a todo el mundo. Y con ambas, si están bien empleadas, construyes tu ciencia individual, cuya finalidad más importante es la de desaprender los vicios. Por eso la opinión mayoritaria en ningún caso, solo por el mero hecho de ser mayoritaria, es norma que merezca respeto, pues frecuentemente la mayoría de las creencias y opiniones, lejos de estar contrastadas, se apoyan en el apasionamiento y la abundancia de ignorancia, que juntos o separados, incurren en el riesgo conductual de la irresponsabilidad.

A la creencia y a la opinión conviene arrimarse con cautela, como al fuego, no demasiado, para no quemarte, ni apartarse mucho, para no helarte. En el punto medio está la virtud. Lo he dicho en alguna ocasión: En esta sociedad del continuo escándalo mediático, reivindico, en algunos temas, mi derecho a la no creencia y a la no opinión de quien tiene especial interés en el negocio.

Nunca siento simpatía por una revolución que tiene por base una mera creencia o una simple opinión, sea la que sea, salvo cuando al revolucionario, que con todos sus inconvenientes, sin queja ni protesta, gustoso la asume, al preguntarle: ¿Cómo va tu revolución, campeón? Con coherencia, responde: Mal como de costumbre y que no cambie.

Es conveniente, frente a determinadas creencias y opiniones, que no se note que se peca de cierta misantropía; por eso en alguna ocasión, para mi exclusivo provecho, tras inhalar aire, me sigo aconsejando, jamás oso hacerlo con otro, poner en práctica aquello de: A veces hay que dejar sin interrumpir que el de enfrente se equivoque en voz alta; impedirlo sería crueldad, a mayores si es público y notorio que, al igual que le ocurre al sediento con el beber, llevar su personal error a buen término se le nota que lo necesita imperiosamente. Los modernos lo llaman realización.

La fortaleza de ánimo está en los hechos, no en los discursos. Y como muestra de una virtud austera que en exclusiva les es propia de su género, que no de los hechos en los que todas las personas, en mayor o menor medida, podemos participar, estoy convencido y creo que, según conviene en aras de un beneficio general, acercando el cielo al suelo, sin demasiado esfuerzo y sin decir una sola palabra, algunas mujeres convierten a los hombres en niños y otras, por el contrario, convierten a los niños en hombres.

Tras aprenderlo hace mucho en un viejo libro, para estar completo es necesaria la práctica de la doble exigencia, y para cumplir satisfactoriamente con ello creo, es mi creencia, que simultáneamente se debe llegar a dominar un acto físico y se debe asumir un ineludible compromiso, sin solución de continuidad, con un actuar espiritual concreto; como hacían los antiguos persas, que desde muy jóvenes aprendían ante todo dos cosas: a disparar el arco certeros y a decir siempre la verdad.

Creo que a veces hay que saber las cosas con exactitud porque luego, llegado el momento preciso de la resolución del problema, ya no hay oportunidad para iniciar el complejo proceso del cálculo de las probabilidades. El mayor escudo para combatir los vaivenes del azar es la imperturbabilidad de ánimo. El entrenamiento debe ser cotidiano y penoso, y en justa correspondencia el premio esperado debe ser efímero. Practica el voluntario despojamiento de lo accesorio y, por supuesto, deja de acumular, si quieres asegurarte la independencia y la libertad. Opino que solo merecen el calificativo de auténticos bienes aquellos que sobrenadan con uno en cualquier naufragio. Y tengo por seguro que el particular “placer” de experimentar alguno, me refiero al naufragio, antes o después, no me va a dejar de tocar.

En cuestiones de ciencia, no cabe tener opinión y menos expresarla sobre la base de una mera creencia personal, y ya para de contar, si esta es de exclusivo cuño propio. Recuerdo que en el colegio, cuando un alumno, tras equivocarse, se excusaba con un “yo creía” o un “yo pensaba”. Siempre el profesor de manera automática inmediatamente le decía: “Don Creique y Don Penseque son hermanos de Don Tonteque.”

Sin conocimiento, en posesión solo de simples opiniones y meras creencias, no podrás evitar que fácilmente te manipule quien consiga averiguar, en tu caso infausto y triste opinador, tu exacta inquietud en cualquiera de estas tres cuestiones: primero, qué no tienes y quieres; segundo, qué tienes y temes perder; y por último, qué fue lo que nunca nadie te dio y te hubiera gustado recibir.

Creo y opino que el mayor gesto de rebeldía, a lo largo de la vida, porque hay que ver qué a gusto y liberado te quedas cuando no puedes contenerla en medio de una sesuda reunión, es la risa nacida de la alegría; pero eso sí, y en eso no entro en discusión, solo cuando, para su más intenso gozo, se hace presente exclusivamente en su forma más común, es decir, de manera fija discontinua.

En la rifa de la vida, por casualidad, en la primera fila se sentaron juntos, rozándose las caderas, sin que a simple vista se diferenciaran en mucho, el aventajado Señor Fortuna y el inocente Señor Boleto; y en el inmediato segundo, antes de que comenzara a girar el bombo, con todas sus bolas dentro, el primero preguntó: ¿También es usted de los que opinan que la vida es un tren de altura, uno de esos que solo circula por vías de alta montaña, y en el que no se sabe bien quién ejerce la función de maquinista? A lo que el segundo respondió: Todo lo que creo es que la vida tiene que ser algo muy distinto de todo lo que conozco.

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