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CARTA DEL PRESIDENTE

De Jessica a ‘la Paqui’: el milagro de la ignorancia

Paqui Muñoz, esposa de Santos Cerdán, en el Senado.
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Paqui Muñoz, esposa de Santos Cerdán, en el Senado.

· Por Alfonso Merlos, Presidente del Grupo "El Mundo Financiero"

domingo 19 de julio de 2026, 09:36h

Hay una frase convertida ya en clásico de la corrupción política: “Yo no sabía nada”. La pronuncian, en versiones muy similares, esposas, parejas o amantes de quienes acaban sentados ante un juez o bajo la lupa de una investigación. Nunca vieron nada extraño. Nunca preguntaron. Nunca sospecharon. Nunca les llamó la atención un sueldo sin trabajo aparente, una contratación inexplicable o un nivel de vida difícil de justificar. Simplemente trincaban y p’alante. Porque ellas, naturalmente, lo valían.

En el marco del pestilente ‘Caso Koldo' hemos conocido (¡oh sorpresa!) que ‘la Paqui’ (mujer de Cerdán), como Jessica (chica de Ábalos), estaba empleada en una empresa que le pagaba 18.000 que se sepa… aunque ya es de dominio público que ‘la Paqui’ (tan ofendida ella por la persecución contra su marido) nunca trabajó allí. Vínculo laboral: cero patatero. Un empleo fantasma en toda regla.

El caso de Francisca Muñoz se suma a otros beneficios que, según la UCO, ha percibido el entorno familiar de Cerdán a través de Servinabar 2000, cuantificados en 323.178 euros entre 2015 y 2024. Entre ellos figura otra nómina de ‘la Paqui’ (felizmente pluriempleada, mujer orquesta y polifacética sin duda), esta vez de la cooperativa Noran, por 9.500 euros entre marzo y julio de 2018.

Tirando por elevación, más allá del caso de la inefable Francisca Muñoz, queda penosamente patente que en demasiados escándalos, el dinero parece entrar por la puerta de casa sin que nadie se pregunte de dónde viene. Los contratos aparecen solos. Las nóminas llegan puntualmente. Las cuentas corrientes engordan. Los coches cambian. Las viviendas mejoran. Pero, cuando la Justicia llama a la puerta, la respuesta suele ser la misma… desconocimiento absoluto.

Naturalmente, en un Estado de derecho nadie puede ser declarado culpable sin pruebas ni condenado por el simple hecho de mantener una relación sentimental con una persona investigada. La responsabilidad penal es individual y corresponde exclusivamente a los tribunales establecerla. Pero una cosa es la responsabilidad penal y otra la credibilidad de determinados relatos que terminan convirtiéndose en auténtica chirigota, pura filfa.

La ciudadanía tiene derecho a cuestionar explicaciones que desafían el sentido común cuando una investigación revela indicios de contratos ficticios, trabajos de conveniencia o beneficios económicos obtenidos sin una contraprestación laboral acreditada… todo a costa del robo masivo del vapuleado contribuyente.

La corrupción, en efecto, rara vez es una aventura en solitario. Alrededor del poder suelen gravitar familiares, amigos, socios y personas de máxima confianza; por descontado, testaferros. Algunos acabarán demostrando que no tuvieron participación alguna. Otros no. Precisamente por eso cada caso debe investigarse hasta el final, sin privilegios ni zonas de inmunidad.

Lo que ya resulta difícil de aceptar es la repetición mecánica del mismo guión: el político conocía todo; el intermediario organizaba todo; el asesor gestionaba todo; y quienes se beneficiaban económicamente, casualmente, las Jessicas y Paquis de la vida… no sabían ‘ná de ná’.

La regeneración democrática exige elevar también el nivel de exigencia ética. Quien percibe dinero cuya procedencia o justificación resulta extraordinariamente dudosa no puede refugiarse indefinidamente en la comodidad del ‘yo no pregunté’. La indiferencia voluntaria no debería convertirse en un salvoconducto. Al contrario.

Una democracia madura no puede conformarse con explicaciones inverosímiles de estas -por lo general- ‘felices ignorantes’. Toda persona que haya podido beneficiarse indebidamente debe ver cómo sobre ella cae, implacablemente, todo el peso de la Justicia: sin tregua, sin reservas, sin contemplaciones. Solo así desaparecerá de la faz de las corruptelas ‘el milagro de la ignorancia’, según el cual siempre hay alguien que cobraba a manta… pero nunca sabía nada.

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