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SANCHISMO BAJO LUPA

El poder bajo la mirada de San Agustín

El poder bajo la mirada de San Agustín
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· Por Francisco Trejo Jiménez

jueves 16 de julio de 2026, 09:37h

Hay frases que no necesitan explicación, basta con pronunciarlas para que empiecen a actuar. Eso fue exactamente lo que ocurrió cuando monseñor Argüello recuperó una de las reflexiones más conocidas de san Agustín “suprimida la justicia, ¿qué son los reinos sino grandes bandas de ladrones?”. Lo que siguió fue una intensa controversia pública, con respuestas desde el propio Gobierno de España y, más concretamente, del ministro de la Presidencia, Justicia y Relaciones con las Cortes, abriendo un debate que fue más allá del sentido de una simple cita; porque la cuestión de fondo nunca ha sido una frase escrita hace dieciséis siglos, sino una reflexión sobre la justicia, la ética y el poder capaz, todavía hoy, sigue siendo capaz de provocar semejante reacción en pleno siglo XXI.

Esta reflexión de san Agustín nunca pretendió describir una coyuntura concreta. Su propósito era mucho más ambicioso: recordar que la fuerza de un Estado no descansa únicamente en sus leyes, en sus instituciones o en su capacidad para gobernar, sino también en el fundamento moral que sostiene su autoridad. Cuando la justicia deja de ser el criterio que orienta el poder, la legitimidad comienza a depender exclusivamente de la fuerza de las normas, y esa nunca ha sido una base suficiente para sostener una democracia.

No es una idea aislada. La tradición política de Occidente ha regresado una y otra vez a esa misma convicción. Aristóteles entendía que el fin último de la política era el bien común. Cicerón sostenía que no existe verdadera comunidad política allí donde desaparecen el derecho y la justicia. Montesquieu recordó que el poder necesita límites para no degenerar en arbitrariedad. Pensadores separados por siglos y por concepciones distintas coincidían, sin embargo, en una misma conclusión: la autoridad no nace únicamente de la ley ni del respaldo de las mayorías, sino también de la integridad con la que se ejerce.

Por eso la ética pública nunca ha sido un simple adorno para los discursos institucionales. Es el elemento que sostiene la confianza de los ciudadanos en las instituciones. La ley fija el mínimo exigible; la ética eleva el listón de la ejemplaridad, dado que una democracia puede cumplir escrupulosamente sus procedimientos y, aun así, ver erosionada la confianza de la sociedad si se debilita la percepción de integridad, transparencia y responsabilidad en la vida pública.

Las democracias rara vez se deterioran de forma repentina. España no constituye una excepción. Lo hacen lentamente, casi siempre de manera imperceptible, cuando la distancia entre los principios proclamados y las conductas percibidas empieza a ensancharse. La confianza casi nunca se rompe por un solo episodio, sino por la acumulación de dudas, por la sensación de que la ejemplaridad deja de ser una exigencia y pasa a convertirse en una expectativa cada vez más modesta.

Quizá por eso siga resultando tan incómodo escuchar una frase escrita hace más de dieciséis siglos. No porque haya perdido vigencia, sino precisamente porque la conserva. Su fuerza no consiste en ofrecer respuestas sencillas, sino en obligarnos a formular una pregunta que ninguna democracia debería considerar incómoda: ¿basta con ejercer el poder conforme a la ley o también es necesario hacerlo de una manera que fortalezca la confianza de los ciudadanos y la autoridad moral de las instituciones?

Los clásicos, Pedro, sobreviven precisamente porque hablan menos de personas que de principios. No escribieron para juzgar a una generación concreta, sino para recordar a todas que ninguna comunidad política puede sostenerse únicamente sobre normas, procedimientos o mayorías. La estabilidad de una democracia también depende de la credibilidad de sus instituciones y de la convicción de que el poder, además de ser legal, procura ser digno de la confianza de quienes lo han hecho posible. Porque el poder puede imponerse. La autoridad, en cambio, hay que merecerla.

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