Desde la perspectiva del realismo ofensivo, Estados Unidos busca maximizar su poder relativo ante rivales potenciales y evitar que actores secundarios desafíen su influencia en zonas críticas. La sustitución del liderazgo venezolano por un gobierno alineado y altamente dependiente constituye un ejemplo clásico de este enfoque: se trata de asegurar el control sobre un recurso estratégico (el petróleo) y neutralizar cualquier iniciativa que pueda favorecer la autonomía de actores rivales, en particular China y Rusia.
La operación también puede analizarse bajo la teoría de la hegemonía, que enfatiza la relación entre poder económico, militar y político para garantizar la estabilidad de un orden internacional favorable al líder hegemónico. En este sentido, Venezuela no es únicamente un objetivo local, sino una pieza clave en la defensa del petrodólar, que sustenta la primacía del dólar en el comercio global de hidrocarburos. La pérdida de esta centralidad monetaria representaría una amenaza directa a la capacidad estadounidense de proyectar poder y financiar su aparato militar y económico.
Desde una perspectiva operacional, la intervención habría combinado inteligencia, coerción militar limitada y gestión narrativa. La CIA, en coordinación con la Agencia de Inteligencia de Defensa (DIA), habría reclutado a oficiales de alto rango de las Fuerzas Armadas venezolanas para neutralizar defensas críticas y aislar políticamente al liderazgo, mientras la NSA proporcionaba inteligencia en tiempo real sobre movimientos estratégicos. Posteriormente, fuerzas especiales del Ejército de Estados Unidos ejecutaron la captura del liderazgo, con la participación visible de agencias federales como la DEA y el FBI para dar una proyección legal y política de aplicación de la ley, protegiendo al Ejecutivo estadounidense de consecuencias legales internas.
El éxito de la intervención no depende únicamente de la neutralización del liderazgo, sino de la gestión de la transición política, que constituye el elemento más complejo del proceso. Washington debe asegurar que el liderazgo remanente —por ejemplo, la vicepresidenta Delcy Rodríguez— acepte condiciones de subordinación o salida pactada. El riesgo de resistencia armada por sectores leales al antiguo régimen, con posible apoyo de la inteligencia cubana, introduce la posibilidad de un conflicto prolongado.
A nivel regional, un cambio de liderazgo controlado en Venezuela tendría consecuencias estratégicas directas para Cuba, cuya economía depende del suministro petrolero y de financiamiento venezolano. La restricción del flujo energético y financiero podría inducir un colapso económico acelerado, facilitando una transición política en la isla sin necesidad de intervención militar directa, en línea con los objetivos geopolíticos estadounidenses de largo plazo.
Esta dinámica debe situarse además en un contexto global interconectado. Estados Unidos enfrenta limitaciones crecientes para sostener compromisos estratégicos simultáneos:
En Europa del Este, podría trasladar la carga de la defensa de Ucrania a la Unión Europea, concentrando recursos en prioridades estructurales como el control energético y monetario.
En Asia-Pacífico, el estatus de Taiwán se convierte en un eje central de la competencia con China, y cualquier percepción de dispersión estratégica estadounidense en América Latina o Europa podría incentivar movimientos chinos sobre la isla.
En términos de transición de poder, la intervención en Venezuela refleja la lógica de priorizar la preservación de los pilares estructurales de la hegemonía estadounidense —control energético, monetario y geopolítico— mientras se delegan conflictos periféricos a aliados o actores regionales. Este enfoque permite entender la operación como una manera de proyectar poder indirecto y reducir riesgos estratégicos, más que como un objetivo ideológico o humanitario.
En conclusión, la situación venezolana debe interpretarse como un caso emblemático de la interacción entre realismo ofensivo, hegemonía económica y transición de poder en el sistema internacional contemporáneo. La intervención estratégica dirigida al cambio de liderazgo, el control energético y la presión sobre Cuba forman parte de una misma lógica estructural, cuyo propósito último es preservar la preeminencia estadounidense en un contexto de creciente competencia global, donde el dólar y el acceso a recursos estratégicos constituyen los elementos fundamentales de poder.