No es de extrañar que en Francia los comerciantes de productos no alimentarios -libreros, floristas, peluqueros, joyeros, vendedores de juguetes, electrodomésticos, de arte de la mesa, etc.- se estén hoy manifestando por las calles. En verdad, lo que sorprende es que no manifestaron su descontento durante el primer confinamiento de marzo-abril cuando tuvieron que cerrar sus negocios mientras los supermercados permanecían abiertos y vendiendo productos directamente sin competidores. Pero hoy las cosas han cambiado.
¿Cómo puede uno explicar que las lavanderías, los comercios de equipamiento y reparación de coches, motocicletas y bicicletas, los comercios de material de construcción, pintura y ferreterías (tiendas de bricolaje), y muchos más, permanezcan abiertos mientras otros comerciantes similares deben cerrar su negocio? Los protocolos sanitarios están en vigor tanto en los libreros y vendedores de juguetes como en los talleres, ferreterías y supermercados de bricolaje. Además, los “pequeños” comerciantes son más capaces de hacer respetar el paso de los clientes uno a uno en sus tiendas que los supermercados donde los clientes se cruzan alegremente y donde los carros pasan de mano en mano, muchas veces sin desinfectar.
¿Será suficiente prohibir en los supermercados la venta de productos "no esenciales"?
Como las condiciones sanitarias no habían cambiado, el gobierno francés difícilmente podía dar marcha atrás y permitir que los comerciantes autónomos reabrieran sus puertas. Sin embargo, para preservar la igualdad y la equidad entre los vendedores, el gobierno decidió prohibir en los supermercados la venta de productos "no esenciales". Esto evita la apariencia de favoritismo, pero ¿cómo ayuda esto a los comerciantes que tanto sufren?
Se plantea entonces la cuestión mucho más delicada de saber qué es un producto “esencial”. ¿Es esencial la Coca-Cola? Algunos dirán que sí porque no pueden o no quieren prescindir de ella; otros dirán que no. La misma pregunta se plantea para una miríada de productos alimenticios que se pueden comprar en los supermercados y que los consumidores compran cada que salen de compra: patatas fritas, dulces, salsas preparadas, condimentos, conservas de verduras, bizcochos, chocolates, mermeladas, champán, cacahuetes, etc. La lista es muy extensa cuando se toma el cuidado de prepararla.
No se trata aquí de decir lo que es o no esencial para los ciudadanos, sobre todo durante este período tan complicado en el que cada uno encuentra el consuelo y la fuerza interior precisamente en productos, lugares y circunstancias personales diferentes. Es bueno que así sea para la salvación de cada uno. Tenemos la suerte de vivir libres en un país donde podemos elegir lo que es esencial o no. Dicho esto, la noción de lo esencial varía en función de las circunstancias. Así ocurre en este momento de pandemia y de restricciones. El gobierno decide lo que es esencial o no. Pero cualquier persona que tome las decisiones puede equivocarse. Es bueno que aquellos que sufren las decisiones puedan hacer una llamada al orden. Esa es la democracia.
El concepto de producto esencial permite volver a aquellos productos locales y circuitos cortos que fueron objeto de mucho análisis y discusión en Francia durante el primer confinamiento. No sólo el "local" -por oposición al "global"- ha adquirido toda su importancia al subrayar los riesgos de una dependencia excesiva de productos fabricados en el extranjero, y en particular en China, sino que además esta noción de local adquiere otra dimensión -igualmente importante- focalizando el análisis en lo que en Francia se llama los “comercios de proximidad”.
Las grandes ciudades y los pequeños pueblos -no solo en Francia- sufren día tras día la “muerte” del comercio de proximidad. A veces se podría -a menudo incluso- hablar de desertificación, ya que los centros urbanos de las provincias están tristes y desiertos, y se ven por las calles más carteles "en alquiler" y "en venta" que locales comerciales activos y prósperos. Al perder sus comerciantes, es decir, a todos los que hoy se están manifestando en la calle para sobrevivir, los pueblos pierden su encanto, su esencia y su alma.
Por supuesto, no hay que olvidar que el “reconfinamiento” es necesario porque el coronavirus aún no está controlado, precisamente porque hay demasiada proximidad e intercambio entre las personas. Sin embargo, ¿no se puede regular la proximidad entre los ciudadanos protegiendo al mismo tiempo los comercios de proximidad?